Todos en esta vida (complejo laberinto de vulgaridad y de misterio) perseguimos un sueño. A él nos entregamos, aún a sabiendas de que no se trata más que de una quimera cuya única función es aliviarnos de los pesares y de las zancadillas que vamos encontrando a lo largo del camino. Y el sueño nos ayuda a andar, presentándosenos como un horizonte utópico, imposible pero esperanzador. Sólo algunos privilegiados alcanzan su sueño. Son especialmente dignos de admiración aquéllos que, desde la nada, desde el punto cero, construyen un trampolín con su voluntad, su ilusión, su trabajo y su talento y echan a volar de una forma natural (de una forma imposible para los demás) rumbo a la gloria.
Dos de esos elementos dignos de envidia, son mi orgullo; mis primos Manolo y Antonio Tornay. A pulso, han alcanzado su sueño, ese que a la inmensa mayoría sólo nos sirve de faro, como un ideal inalcanzable, pero imprescindible para no hundirnos en la mediocridad.
La revista APLAUSO les dedica esta semana (25 de abril de 2006) un espléndido reportaje en el que se hace justicia a su espectacular ascenso a lo imposible. Yo reproduzco aquí parte del mismo para conocimiento de los que no leen revistas taurinas.