Uno de los más grandes pintores de Gran Bretaña, vivió durante dos etapas de su vida entre nosotros. En lo que hoy es mi casa residió durante los años 1934-35. Más adelante lo haría en Villa Paz (El Campillo) y en la Virgen de la Cabeza. |
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Desde Merimé a Rilke, la historia de Ronda está llena de nombres de extranjeros ilustres rendidos a sus encantos. Uno de los que no aparecen en nómina es, curiosamente, nuestro personaje, David Bomberg. Hoy, sin embargo, merece los máximos calificativos que le fueron negados en vida. Fue, seguramente, el pintor más grande en lo que al paisaje español se refiere. Ignorado por la sociedad artística británica, comenzó a ser apreciado en su justa medida a los veinte años de su muerte. En España todavía es una figura prácticamente desconocida. |
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Cuando conoce en Palestina la reproducción de una de las pinturas de El Greco, un artista aún poco conocido en Inglaterra, piensa: “Si Toledo puede inspirar una pintura de esa calidad, me voy allí”. Bajo el entorno dramático del entorno español, Bomberg abandonó la tradicional percepción del artista de paisajes como un espacio sólido y tridimensional y empezó a interesarse más por capturar lo que él llamaba “la masa que se expande”. Iguales sensaciones percibirá más tarde en Cuenca y luego en Ronda. Especialmente impresionado queda por el sublime y proporcionado Tajo. |
Los preámbulos de la Guerra Civil lo obligan a dejar España en 1935. Volvería casi 20 años después gracias a la irresistible atracción que en su esposa ejercía nuestra tierra. Sus últimos años en Ronda estuvieron marcados por las frustraciones, la mayor la imposibilidad de exponer en Gran Bretaña. Otra importante, el abandono del proyecto de fundar en Ronda una Escuela de Pintura, tras tener impresos los anuncios y las cartas. |
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Los recuerdos personales de Bomberg en Ronda se remontan a aquellos últimos años. Entre la misma gente del pueblo, se le recuerda como una figura algo ridícula a lomos de un burro en busca de motivos para pintar o para hacer la compra. Otros recuerdan su desconocimiento del español que le hacía cometer divertidos errores como el de llamar al hombre que vendía las verduras, un tal Rafael Pulla, “señor Polla”. Bomberg hablaba poco de sí mismo; su conversación era seria y tan sólo unos pocos conocieron su verdadera personalidad. Gracias al conmovedor testimonio de su alumno y amigo Miles Richmond, conocemos los últimos momentos de Bomberg en Ronda y de su urgente traslado a Gibraltar, enfermo de una cirrosis hepática, causada, no por el alcohol, sino por una anemia. Pasaba las noches trabajando para atenuar su dolorosa enfermedad. Sus últimas palabras, antes de expirar, fueron “la distancia no existe”. |
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Su última casa en Ronda, situada en la Virgen de la Cabeza. Anteriormente residió en la Calle San Juan de Letrán, en una casa situada donde yo ahora resido, y más tarde en Villa Paz, junto a la Plaza del Campillo, donde intentó fundar sin éxito, una escuela de pintura. El propietario lo desalojó antes de que pudiera cuajar su idea educativa. |
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Ha pasado medio siglo desde ese su patético viaje. Ya era hora de que su espíritu y sus obras volvieran con toda dignidad a la ciudad que él conmemoró como única, con una pasión y una originalidad que nadie ha podido igualar. Ronda hizo brotar lo mejor de un artista que, hasta entonces, había gastada sus mejores energías en recuperar su identidad como pintor. Se concentró en pintar y dibujar los paisajes de los alrededores rondeños. La desmoronada casa de la Virgen de la Cabeza, donde él y su esposa, Lilian, establecieron su último hogar, ofrece una vista maravillosa de la ciudad y del terreno que la rodea. Bomberg la aprovechó plenamente, estudiando la desnudez épica de la tierra |
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y la emergente masa de roca con las casas empinadamente balanceadas en su borde. El último paisaje que Bomberg pintó, “El Tajo y la Rocas, Ronda”, describe la incipiente disolución de su implicación con el paisaje andaluz; aquí, toda solidez anterior, da paso a una visión de la naturaleza privada de sustancia, casi derritiéndose en la luz. |