¿DÓNDE ESTÁS CORAZÓN?

                           ¿Dónde estás corazón? En el mes de Junio, exactamente el día 7, se ha celebrado en toda Europa el Día Europeo del Trasplante. Se ha hablado de los trasplantes de órganos, se han tenido Simposios, Jornadas, reuniones en Hospitales y concienciación a los vivos de la necesidad de ser donantes de órganos.
                           Lo más importante de un trasplante es el “donante”; si no se hubiese descubierto que con un órgano de un muerto se podía dar vida a un inmediato difunto, ahora estaríamos hablando de un montón de personas que habríamos pasado el umbral de la muerte sin posibilidad de retorno. El que esto escribe sería uno de estos. Luego entonces, a quién hay que reconocer la solidaridad, la entrega y el desinterés es al “donante”. Porque, ¿Dónde está mi corazón? Aquel corazón del que me dotó mi padre y mi madre y que, parece ser,  debiera haber estado conmigo hasta el fin de nuestros días sin que ninguno de los dos le falláramos al otro.
 Yo recuerdo que cuando, después de despertar del coma en el que estuve diez días, el doctor Vallejo, mi cirujano del trasplante, me dijo:
- José Mª, como tenías el corazón tan dilatado y tan grande, te lo hemos quitado y te hemos puesto uno nuevo.
Yo me eché a llorar – así estuve diez días, llorando por cualquier cosa – y pedí que viniese mi mujer. Me trataban de convencer de que mi mujer no podía entrar en aquel área del hospital (UCP: Unidad de Cuidados Postoperatorios),  porque era un área limpia de virus y  no podía entrar ningún extraño, por el peligro de que portara alguno, que podía ser mortal. Yo insistí hasta la saciedad:
- ¡Yo quiero que venga mi mujer!
Fue tal el berrinche que me tomé, que, al final, el doctor Vallejo transigió:
- Bueno, como una excepción y sin que sirva de precedente, tu mujer va a entrar, pero, por favor cálmate que te estás perjudicando.
Al poco, mi mujer entró, la conocí por la voz, ya que venía totalmente disfrazada de verde y con una mascarilla en la cara. Yo, sin voz casi, y llorando a lágrima viva le dije:
- ¿A tí quién te ha autorizado a que me pongas otro corazón?
Ella no me contestó. Yo nunca me he arrepentido bastante de aquella reacción  mía, por injusta, por falta de amor y sobre todo por falta de comprensión. ¡Jamás he sido más injusto! Y ¡jamás podré perdonarme mi falta de amor!
Ahora lo siento latir, siento latir el corazón de aquella chiquilla de 23 años que hizo que yo ahora pueda hablar con mi mujer, que ha hecho que yo pueda seguir amándola, pueda seguir amando a mis hijos, que yo pueda devolver a la sociedad el bien que me ha hecho. Y todo lo hizo sin pedirme nada a cambio. No me dijo:
-  ¡Cuídalo bien! ¡Disfrútalo!, ya que yo no voy a poder hacerlo. Mi padre ha decidido que viváis algunos por mí. Me hubiese gustado que la decisión hubiese sido mía, pero a esta edad nos creemos eternos.
 No, ella no me dijo nada, no me pidió nada. Ella sólo se murió horas antes que yo, para que yo viviera. Pero ahora la siento dentro de mí, respiro por ella, huelo por ella, acaricio por ella, veo los amaneceres por ella, siento por ella, mis poros traspiran por ella, mis manos escriben por ella, aplauden por ella, río por ella, lloro por ella, ando por ella, vivo por ella y, ¡cuantas veces rezo por ella!
Jamás me he atrevido a escribir de mi trasplante de corazón, ese músculo, que encerrado en nuestro tórax, ha sido inspiración de poetas, guía de sentimientos y motor de tantas expresiones sentimentales: ¡corazón mío! hemos dicho a nuestros hijos, a nuestras novias con pasión, a nuestras mujeres con amor… ¡Corazón loco! ¡Corazón partío! ¡Corazón!!  Pero, ¿Y ahora? ¿Dónde está mi corazón? ¿Dónde van mis sentimientos?
Yo siento que amo, yo siento que siento, yo siento… ¿qué siento? ¿No eres tú, muchacha desconocida, la que sientes? ¿No eres tú, mujer solidaria, la que amas? ¿No eres tú, mujer?
Ese es el milagro de la solidaridad: ¿Para qué serviremos después? ¿Qué ganaremos con que todo vaya a la tierra o al fuego? ¿No es mejor dar vida a otros cuando nosotros ya no la tenemos? ¿No es más símbolo de solidaridad entregar nuestro deshecho para utilidad de la humanidad?
 Yo he visto llorar a enfermos de corazón que querían un corazón. Yo he visto morir a enfermos de corazón que no han tenido mi suerte. Yo he escuchado a enfermos de corazón alegrarse en los puentes festivos. Yo he visto tanta miseria en las áreas de trasplantes de corazón que ahora me avergüenzo de no haber sido solidario en muchas ocasiones.
Ahora quiero pagar, de alguna manera, esa necesidad que tengo de concienciar a mis paisanos rondeños de que se hagan “donantes”; para ello vamos a organizar las “primeras jornadas rondeñas de trasplante de órganos”, esperamos contar con todos ustedes. Estad atentos.  Será una manera de seguir vivos después de haber muerto, os lo digo yo, que ya estuve una vez en ese umbral.
                                                                                                        José Mª Ortega de la Cruz