Epístola cuarta

                               Una de las cosas que me aturden sobremanera es esa condición que pusiste en nosotros que hace que nos sintamos siempre en permanente insatisfacción.. Ese sentimiento que lleva a tantos a la nefasta y perniciosa envidia. Ya puedes tener el mejor coche, que el que más te gusta es el del vecino, ese imbécil que se pone las corbatas más horteras. Ya puedes haber hecho un esfuerzo extraordinario por comprarte el mejor GPS, que inmediatamente de tenerlo empezarás a desear el próximo que salga. Ya puedes tener el marido más maravilloso, que le verás más faltas que al más indecente de tus vecinos de apartamento de Marina Dors. Ya puedes disfrutar de la mujer más espléndida, cariñosa y divertida, guapa por fuera y por dentro, elegante y sexy, que tú estarás siempre más pendiente de las salidas y entradas del “yogur” del 5º.

                             Y es que este asunto no tiene solución. El placer por las cosas tarda el tiempo que se invierte en conseguirlas y somos mucho más aficionados de lo que no tenemos y de lo que perdimos que de valorar, conservar y disfrutar lo que poseemos. Y eso, perdóname, me parece un error de diseño, porque produce malestar y genera desasosiego, esa íntima tribulación  que produce el no estar de acuerdo con las propias motivaciones y el no creerte ni tú mismo las propias justificaciones de los propios actos. Y de desasosiego ya tenemos bastante con el que nos provocan los hijos, los camareros y la circulación.

                            De manera que, como el que no quiere la cosa, siempre estamos en permanente estado de desear aquello que no necesitamos o que no tenemos o que está fuera de nuestras posibilidades. Es decir, estamos en permanente estado de comportarnos como unos auténticos bobos, persiguiendo quimeras. Claro que, y tal vez este fuera tu objetivo, esto haya servido como el auténtico motor de la vida y de la historia. Esa permanente insatisfacción que anida en el alma de los hombres bien pudiera ser la raíz de sus posibilidades de transformación y de progreso. ¿Qué sería de nosotros si nos mostráramos conformes con lo primero que encontráramos? La sociedad de consumo se iría al carajo, las empresas empezarían a tambalearse y el sistema económico que sustenta a la sociedad del bienestar comenzaría a desmoronarse. Andaríamos sin ilusiones y mustios, como Acebes desde que ETA declaró la tregua.

                            Por ello, y aún admitiendo que pudiera tratarse de un asunto que tiene también sus consecuencias positivas, quiero dejarte palmaria mi protesta por habernos colocado en esta tesitura de la búsqueda infructuosa de lo que jamás nos proporciona más que una inmediata y superficial satisfacción.

                            Deseando que no te molesten en exceso mis escritos y esperando que sirvan para algo, me despido hasta la próxima, que tardará poco.