EPÍSTOLAS IRREVERENTES

 
 

Prólogo

 
 

Querido y Temido Creador:
                        Llevo mucho tiempo dándole vueltas a un tema que me obsesiona y no me parece honesto guardarlo en mis fronteras sin hacerte llegar a Ti, el máximo responsable, aunque sólo sean unos ecos del desconsuelo que me provoca. Miras el mundo a cierta distancia y todo te parece en orden: desprende belleza, armonía, paz. Te vas acercando y vas comprendiendo que las cosas no son lo que parecen y que, aquel orden supuesto, está lleno de caos y de anarquía; que aquella Creación que parece, en la distancia, tan bien dispuesta, deja muchas cosas que desear.
                        Y lo peor es que el desasosiego aumenta cuando uno recuerda que el autor de este paraíso no es ningún indocumentado, ni ningún arquitecto sin papeles ni un maestro albañil sin experiencia (bueno, lo de la falta de experiencia puede que sea la única eximente que tengas, pues no creo que, antes de éste, hayas andado por ahí haciendo mundos como si fueran churros. Incluso puede que tras la prueba nuestra hayas desistido de nuevos intentos). Por contra, el autor es alguien que no necesita papeles ni títulos, ni acreditaciones, porque los tiene todos. En Tu naturaleza está el no carecer de nada; por tanto, no puedes carecer de títulos. Para semejante obra, seguramente además, actuarías sin permiso de obras, pero eso no es algo que, en principio, vaya en detrimento de la calidad del producto.
                        No me tomes por un loco, ni siquiera por un inconsciente. No tengo ninguna intención de jugármela provocando tu ira, que ya en el Antiguo Testamento dejaste bien patente, pero sí debo correr cierto riesgo, siquiera sea por mantener viva la bandera de la libertad de pensamiento y de expresión que Tú mismo tuviste a bien poner en nuestras cabezas y que, por cierto, tan poco uso se hace de ellas. Y cuando se usa se hace de forma equivocada y arbitraria: ahí tienes a tanto idiota occidental poniéndonos a todos en el disparadero por defender un concepto peregrino de la libertad de expresión. De todas formas, no estaría mal que echaras un rato con tu homónimo y colega Alá para que reduzca un poco el grado de fanatismo de sus seguidores. Ya hablaremos en otro capítulo de esa manía Tuya de presentarte ante la humanidad en múltiples formas y que tanto jaleo trágico ha supuesto a lo largo de la historia.
                       No quiero cuestionar tu grandeza ni discutir tu omnipotencia, pero hay una serie de cuestiones que crean muchas dudas sobre el acierto de tu trabajo creador. ¿Cómo voy a reprocharte la creación de este mundo si gracias a él yo he tenido la oportunidad de pasar por aquí y de conocer tantas y tantas cosas agradables, como la cerveza, los días de fiesta, las manitas de cerdo o las victorias de mi equipo favorito? Pero el agradecimiento por tanto bien no puede alejarme del necesario e ineludible espíritu crítico por tanto mal: ¿si normalmente lo somos con los vecinos que molestan, los coches que no arrancan, los ordenadores que se cuelgan y hasta con nosotros mismos cada vez que no conseguimos acertar el más humilde de nuestros pronósticos, cómo voy a pasar por alto tanto dislate como se observa en tu magna obra, a Ti que hay que exigirte mucho más que a los pobres mortales?
                        Paso a citar muy someramente y sin ánimo exhaustivo, algunos de los temas sobre los que quiero enviarte mi protesta: permitir el politeísmo, la existencia del demonio, el reinado del mal; rodearte de fundamentalistas para Tu mayor gloria en la Tierra; permitir la variedad de razas, la desigual distribución de los bienes de nuestro mundo común, aceptar el dolor de los inocentes, hacer la vista gorda ante tanta injusticia, repartir la belleza y el talento de manera tan arbitraria, haber elegido a un tal Murphy para administrar todas y cada una de las pequeñas cosas de esta vida...no voy a seguir, porque estas listas exhaustivas son tan demoledoras que, puestas así, anulan cuanto de bueno y hermoso hay en Tu creación, que lo hay sin duda..