EPÍSTOLA SEGUNDA

 
 

                              
                                 Sé bien que Tú eres amigo del misterio, que todo lo que te rodea y Tú mismo, a él pertenecéis. Al menos, para nosotros los humanos, todos tus movimientos, naturalezas y demás, nos resulta arcano, imposible de apresar con nuestras limitadas luces, preparadas, en la mayoría de los casos,  no mucho más que para descifrar las letras de las canciones de David Bisbal..
                              ¿Cómo podríamos aspirar con tan limitado bagaje a intentar acercarnos a Ti? Vana ilusión, proyecto descabellado. Tan descabellado como pretender que los políticos utilicen un lenguaje inteligible o como convencer a Aznar de que su figura no es precisamente la de un adonis griego, por mucho que él se empeñe en moverse como tal. Y, repito, aunque sé que tu mundo es el misterio y que sólo en él puede habitar tu ambigua y descomunal existencia, no puedo comprender, otra vez, esa manía tuya por complicar los temas más inocentes. Porque, mira si te hubiera sido fácil, sobre todo a Ti que todo lo puedes, presentarte como el Gran Jefe de los indios humanos, planteando tu unicidad y tu liderazgo incuestionables. Pues nada, a complicar: en cada cultura te muestras con un nombre, en cada época con una apariencia; incluso, con un carácter diferente (hay que ver la mala leche que mostraste en todo el Antiguo Testamento; después te arreglaste un poco. Ya hablaremos de eso). Tienes que entenderme: si ya es complicado Tu concepto, aceptar Tu existencia, asumir Tu omnipotencia, encima, nos lo pones imposible presentándote  de mil maneras, escondiéndote tras mil máscaras, ocultándote tras miles de nombres.
                            Esta es una tarea, compréndeme, que sería casi imposible, incluso para Ti, imagínate para un pobre humano, contingente y pecador. Y además, con el agravante de que esa pléyade de alteridades ha generado, genera y generará conflictos harto dolorosos para los humanos que, en nombre de tus nombres han empapado, empapan y empaparán la tierra con su mismísima sangre.
                            Bastante complicado me lo pone mi equipo cada fin de semana (sin duda es un milagro que te debo a Ti el que siga siendo del Real Madrid), bastante difícil   me lo deja la insufrible tendencia de todas las cosas a ponerse en mi contra (otro día hablaremos de esa tu famosa ley de Murphy –no te atreviste a darle Tu nombre-), como para que, encima, tenga uno que andar descifrando dónde, cuándo, cómo y en qué apariencia estás en cada sitio; es decir, para intentar vislumbrar no más, tu verdadera realidad, tu verdadero rostro.
                           ¿Tan complicado te era haber creado un Ministerio de asuntos (exteriores a Ti)? A no ser que no haya nada ajeno a Ti y que todo y todos no seamos más una parte, aunque sea residual, de Tu divina sustancia. Puro panteísmo, vaya. ¡Con lo que nos hubiera facilitado la imposible tarea dicho gabinete! Pero, nada, a tener a la gente con el alma en vilo, con...en fin, con todo lo que supone de agobio y acojone.