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Entro en un capítulo duro de pelar, que, sin duda, me llevará varias
epístolas, mas estoy convencido de que, igual que las demás, serán bien
recibidas por Tu suprema comprensión e inteligencia.
No te escribo desde el despecho ni desde el odio, sino desde la sincera
preocupación de alguien que conoce el contexto en el que se mueven tus
ministros y que, durante una buena parte de su infancia y juventud, fue
educado por ellos; a la mayoría de los cuales, profeso verdadero aprecio y
agradecimiento. No hay pues acritud en lo que quiero exponerte, pero sí
rabia y mucho desconsuelo por tanta conducta impropia y lamentable, por
tanto testimonio inexistente, por tanta actitud deplorable y desintegradora.
Pero hay un dato más que me obliga a ser aún más indulgente, y no es otro
que la condición humana de tus ministros, tan humana como la del resto de
los mortales y tan liviana condición como la del común de nuestra especie.
No son ángeles tus ministros, ya lo sé y, seguramente, no hubiera sido mala
idea por tu parte, haberlos elegido de esa naturaleza, pero no fue así y hay
que aceptarlo; tal vez lo hiciste de esta manera para que todos nos
sintiéramos más dueños de nuestros propios asuntos, lo cual no podría
ocurrir si nuestro gobierno espiritual estuviera en manos de seres
celestiales.
De manera que te escribo desde la comprensión y desde el elegido clima de
buen humor con el que vengo planteándote estos espinosos temas desde la
primera epístola. Nuestra condición precaria y mortal ya es suficientemente
dramática como para que, encima, nos pongamos trágicos, empleando un tono
lastimero y quejumbroso. Para eso ya están los políticos de la oposición, de
cualquier oposición.
De manera que queda claro de qué te voy a hablar y en qué tono quiero
hacerlo. Soy amigo de unos cuantos sacerdotes, otros cuantos de ellos
condujeron mis primeros pasos intelectuales, morales y también religiosos y
conozco por datos directos el valor encomiable y el trabajo abnegado y
sincero de otros tales, mas el tono general del magisterio no deja por ello
de ser preocupante. Y a ese sacerdote medio es al que dirijo mis reproches,
sabedor, sin duda alguna, de que, por encima y por debajo, también hay en
este ministerio, santos y demonios, que son una constante a lo largo de la
historia y en todos los lugares.
Empezaremos por Tus ministros y, más adelante, dedicaré unas cuantas misivas
a la Iglesia como institución, y ahí, es probable, que, pese a mi firme
voluntad, tenga que perder hasta el sentido del humor, ese que debe ser
siempre el último sentido en perderse. |
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