Epístola séptima

 

                     Entro en un capítulo duro de pelar, que, sin duda, me llevará varias epístolas, mas estoy convencido de  que, igual que las demás, serán bien recibidas por Tu suprema comprensión e inteligencia.
                      No te escribo desde el despecho ni desde el odio, sino desde la sincera preocupación de alguien que conoce el contexto en el que se mueven tus ministros y que, durante una buena parte de su infancia y juventud, fue educado por ellos; a la mayoría de los cuales, profeso verdadero aprecio y agradecimiento. No hay pues acritud en lo que quiero exponerte, pero sí rabia y mucho desconsuelo por tanta conducta impropia y lamentable, por tanto testimonio inexistente, por tanta actitud deplorable y desintegradora.
                       Pero hay un dato más que me obliga a ser aún más indulgente, y no es otro que la condición humana de tus ministros, tan humana como la del resto de los mortales y tan liviana condición como la del común de nuestra especie. No son ángeles tus ministros, ya lo sé y, seguramente, no hubiera sido mala idea por tu parte, haberlos elegido de esa naturaleza, pero no fue así y hay que aceptarlo; tal vez lo hiciste de esta manera para que todos nos sintiéramos más dueños de nuestros propios asuntos, lo cual no podría ocurrir si nuestro gobierno espiritual estuviera en manos de seres celestiales.
                      De manera que te escribo desde la comprensión y desde el elegido clima de buen humor con el que vengo planteándote estos espinosos temas desde la primera epístola. Nuestra condición precaria y mortal ya es suficientemente dramática como para que, encima, nos pongamos trágicos, empleando un tono lastimero y quejumbroso. Para eso ya están los políticos de la oposición, de cualquier oposición.
                      De manera que queda claro de qué te voy a hablar y en qué tono quiero hacerlo. Soy amigo de unos cuantos sacerdotes, otros cuantos de ellos condujeron mis primeros pasos intelectuales,  morales y también religiosos y conozco por datos directos el valor encomiable y el trabajo abnegado y sincero de otros tales, mas el tono general del magisterio no deja por ello de ser preocupante. Y a ese sacerdote medio es al que dirijo mis reproches, sabedor, sin duda alguna, de que, por encima y por debajo, también hay en este ministerio, santos y demonios, que son una constante a lo largo de la historia y en todos los lugares.
                     Empezaremos por Tus ministros y, más adelante, dedicaré unas cuantas misivas a la Iglesia como institución, y ahí, es probable, que, pese a mi firme voluntad, tenga que perder hasta el sentido del humor, ese que debe ser siempre el último sentido en perderse.