|
Epístola VI |
||
|
Si ya era gordo que en el campo de los bienes materiales, unos pocos naden en la más opípara de las abundancias y que la mayoría estén más tiesos que la varilla de un cohete, no queda mejor parada tu dejadez constructiva en el tema del reparto de las neuronas y los bulbos raquídeos. Que u nos sean capaces de emocionarse con Brahms y otros sólo sean capaces de hacerlo con Julio Iglesias es una prueba del nefasto nivel del personaje o del equipo en quien confiaste para semejante empresa.
No es de recibo, no, que unos hayan sido premiados con el tesoro de una
sensibilidad fina y enriquecedora, que sólo se conforma con los grandes
menús estéticos y que otros se conformen con un grado tal de vulgaridad que
podría ser compartido perfectamente por el más ingenuo de los primates. Esto
de la tosquedad y la ordinariez es algo bien grave, pues para una vez que se
vive, no es lo mismo pasar por este precioso (por breve y efímero) trance
vital apreciando lo que nos ennoblece que berreando por lo que nos convierte
en auténticos energúmenos. ¿Y la razón? ¡Qué tema más peliagudo! Teóricamente, su uso es lo que nos diferencia del resto de los animales y, sin embargo, ¿en qué queda cuando nos enfrentamos a diario con el duro ejercicio de vivir? ¿Cuántas decisiones tomamos los animales racionales guiados por nuestra más señera y diferenciadora condición racional? Demos un pequeño repaso a lo que habitualmente hacemos y nos bastará para comprobar que, la gran mayoría de las veces, nuestros consejeros primordiales son la sinrazón, el sentimiento, la costumbre, la nostalgia, la envidia, la ira, el desprecio, la venganza, el amor, la pasión...virtudes, como es natural, muy alejadas de las que cabría esperar de un uso razonable de la razón. Pero así somos los seres humanos diseñados por Ti o por aquél a quien encargaste semejante y dura tarea. Somos así y así nos aceptamos e, incluso, nos queremos, pero, tal vez, no sería demasiado atrevido reprocharte que no nos hayas enfocado de otra manera menos paradójica y complicada. En fin, aquí seguiré planteándote dudas y reproches desde este rincón de mis epístolas que, espero, te sirvan para mejorar futuras creaciones. Que hasta a Dios, y sobre todo a Él, hay que decirles las cosas claras. Con educación, pero con valentía. |
||