|
Epístola tercera |
||
|
|
Es un milagro, querido Hacedor, que hayas convencido a todos tus fieles de que eres responsable no más que de las cosas hermosas y agradables de esta vida; de las que llenan el espíritu y regocijan la carne. Para lo demás, lo feo y desagradable (aquí meto a la mayoría de los políticos y de los periodistas), lo doloroso y despreciable (y aquí, a los vecinos, guardias municipales, etc.), hiciste que inventaran un personaje siniestro, un antidios peligroso y nefasto cuya misión ha sido y es poner en riesgo la maravillosa obra de tu Creación. Pero yo, que te tengo por Todopoderoso, no puedo admitir la existencia de ningún ser poniendo palos en las ruedas de tu obra ni zancadillas a los pasos de tu magno trabajo. Por tanto, tengo que manifestar que te tengo por responsable de lo bueno y de lo malo, porque si no, sería jugar con demasiada ventaja y yo estoy seguro de que Tú no te permites ni una sola trampa con tus queridos seres. Por otra parte, si aceptamos ese ventajismo, habría que admitir que Dios podría serlo cualquiera y eso no es posible por cuanto eres único e insuperable. Lo que rechazo pues, en esta carta, es la dramática ingenuidad que instalaste en el cerebro o en el corazón o dondequiera que radique nuestra racionalidad. Precisamente, por ser quien eres, habría que exigirte mucho más y no perdonar y justificar todas y cada uno de tus lagunas creativas. Es bueno alzar la voz para que escuches y pedirte explicaciones, por lo menos para que veas que nosotros (que constituimos tu obra), aunque seamos seres efímeros, que duramos menos que el Cádiz en primera división, no somos, sin embargo, unos perfectos idiotas de los que no tengas ni el más mínimo motivo para enorgullecerte.
De modo que a paliar esa abnegación
que siempre he visto y veo a mi alrededor es a lo que vienen estas humildes
invectivas que no tienen más que un ánimo estrictamente constructivo (por si
aún estuvieras a tiempo de corregir algunas de estas anomalías). |
|