En el centro de mi centro
he plantado una esperanza;
la alimento con mis sueños
y la riego con mis lágrimas.
Espero que apunte al cielo,
aunque sé que es fruta vana,
que nunca echará raíces,
que no parirá un mañana.
Pero yo voy cultivando
con esmero, con constancia,
su frágil arquitectura,
su pobre verdad amarga.
Arranco las malas hierbas
que la oprimen con sus garras.
Le doy calor en invierno
y la cobijo en mi casa
Pero sé que no es posible
que su sombra sea grata.
Que nI se abrirán sus hojas
ni se extenderán sus ramas.
Que no cantarán los pájaros
en sus precarias entrañas.
Que no besará la luna
sus lívidas flores blancas.
Que se perderá en la noche
como se pierde la nada,
pero yo sigo aquí dentro
cultivando una esperanza. |