El dinero

Hablar del dinero plantea la misma dificultad que hacerlo de aquellas cosas que son verdaderamente importantes en la vida: no es posible establecer la distancia de criterio suficiente para valorarlas adecuadamente, porque nos afectan tanto que nos implican sin remedio.
Pero he partido de una afirmación tal vez discutible: ¿es realmente el dinero una de las cosas importantes en la vida de las personas? Entiendo que sí lo es, porque es el medio imprescindible para adquirir los bienes materiales necesarios para vivir. Esto no tiene discusión. Por mucho que nuestros objetivos en la vida sean muy divergentes de su posesión, es innegable que para alcanzarlos necesitaremos imprescindiblemente de su mediación. El dinero es un medio que nos lleva a conseguir los fines deseados: desde el sustento diario al automóvil de tus sueños; desde las herramientas para tu trabajo hasta los bienes y servicios para tu ocio Alguien puede objetar que hay bienes espirituales que no requieren de su presencia, pero también es indudable que la pobreza, sobre todo si es extrema, tiende a embrutecer a las criaturas y a alejarlas de los bienes interiores. De modo que un mínimo imprescindible es inevitable, por mucho que queramos desprendernos de su alienante obediencia.
El dinero es pues necesario; es bueno por su carácter instrumental, es decir, por su capacidad para acceder a bienes imperiosos. El problema aparece cuando, como suele ocurrir con otros medios, se pervierte su condición y de medio pasa a convertirse en fin, en algo que tiene valor por sí mismo y no en cuanto herramienta. De esa forma termina adquiriendo tal importancia que se acaba deificando y de ahí a convertirse en el dios supremo no hay más que un paso. Un paso que nuestra civilización ya hace mucho tiempo que dio. De ese modo pasa a convertirse en el gran referente: da y quita prestigio, solvencia, categoría y valor moral: el ladrón con dinero es menos ladrón; el patán adinerado aparece cargado de valores que no posee, el prestamista es el rey y el insolvente puede despedirse de todo aprecio social por muy brillantes que sean sus ideas y por muy bien amueblada que tenga la cabeza.