EL FIN DE LA EDUCACIÓN

                     El sistema educativo obligatorio es un recipiente en el que caben las veleidades de todos los equipos ministeriales posibles, habidos y por haber. Por él han pasado desde las asignaturas más pintorescas y tendenciosas (recordemos, la famosa Formación del Espíritu Nacional del Antiguo Régimen franquista) hasta las más polémicas y atrevidas( estamos ahora mismo enfrascados en la polémica de la derecha y de los obispos contra la “Educación para la Ciudadanía”, esa materia que pretende inculcar una ética laica en las cabezas de nuestros jóvenes escolares).

                    En dicho sistema siempre han cabido la lengua castellana y las matemáticas, como las dos patas fundamentales de la formación académica. En él siempre han gozado de un estatuto indiscutible; privilegio que no han tenido la música o la filosofía, siempre al albur de los caprichos de los programadores de turno. Y alrededor de ellas, siempre han orbitado una serie de materias de segundo rango que, mal que bien, siempre han encontrado acomodo en los diferentes y múltiples planes de estudio.

                   También cabe en nuestro sistema educativo, aunque en menor grado y de forma anecdótica, la formación moral y la formación como personas (recuérdese que nunca falta la famosa tutoría, de poca o nula relevancia y uso).

                   Pero lo que nunca se han cuestionado las autoridades pedagógicos y lo que es peor, lo que nunca han reclamado los profesionales, los educadores, es una materia o unas horas del currículo o algo, al menos, de atención, a lo que debiera ser el pilar básico de cualquier plan de estudios: la preparación del alumnado para ser personas, el desarrollo de la sensibilidad humana, el aprendizaje de la felicidad, conseguir convertir a los alumnos y a las alumnas en buenas personas. Enseñar a ser felices y aprender a serlo, por encima de toscas ambiciones y reglas basadas en la competitividad. Tal vez así descendería el alarmante nivel del acoso escolar, que tanto agobia a padres y personal docente.

                  Ese debiera ser el fin último de la educación, por encima de las palabras grandilocuentes y pretenciosas: formación integral, educación personalizada, etcétera, etcétera. Ya entreveo las sonrisas socarronas y despectivas de los realistas del sistema (la mayoría del personal), pero, pensadlo bien ¿habría un objetivo más noble y excelso que ése? Aprender a ser feliz, nada más…y nada menos.