EL PRESTIGIO SOCIAL

Resulta que los seres humanos nos movemos en el ámbito más próximo de nuestro lugar de residencia, de nuestra ciudad y es ahí donde generamos numerosas relaciones y donde nos encontramos asumiendo un rol determinado y nos vemos arrastrando un estatus social concreto. Pero, ese estatuto, ese lugar social que nos corresponde no es algo azaroso o un producto arbitrario de la casualidad, sino que responde a unos criterios bien establecidos, aunque no estén escritos en ninguna parte.

Y bien, ¿quién establece nuestro grado de relevancia social? ¿Quiénes o en función de qué patrones nos colocan en un peldaño u otro de esa escala que fija nuestra importancia dentro de la grey de los conciudadanos? Desde mi punto de vista hay tres razones de peso en el otorgamiento de tal valoración; tres fuentes de prestigio que tienen como característica el estar jerarquizadas, es decir, que no todas aportan el mismo grado de excelencia.

El primer y fundamental otorgador de reputación es el dinero. Se basta y se sobra para tal labor. No necesita de ningún complemento. A quien tiene la fortuna de ser su poseedor se le abren todas las puertas y se le brindan todos los privilegios. Quien se ve favorecido por su dedo, no necesita estudios, ni encantos especiales; ni habilidades varias ni concretos hechizos. Ante su altar todos se rinden y doblan la cerviz. Ni hay que ser bello ni apuesto, ni siquiera educado o comprensivo, si gozas de su presencia en tu bolsillo. Por el contrario, puedes permitirte cualquier vulgaridad; puedes ser un cretino inmisericorde y un gañán sin cerebro. Si lo tienes s a él, lo tienes todo.

El segundo elemento que hace que la gente quede subyugada es el apellido. Un apellido ilustre (y todos los pueblos los tienen) es una llave maestra que da razones y quita impedimentos. Se trata de un mecanismo que es una variante del primer reputador, el dinero. En efecto, la conversión de un apellido en ilustre proviene de su relación en un tiempo pasado con ricas herencias y grandes propiedades. Puede, incluso, ocurrir que los poseedores del mismo ya no tengan relación con ningún tipo de riqueza, pero, aún así, siempre seguirá en el imaginario de la gente, el rescoldo, aunque sea algo desgastado, del resplandor que ayer lució en todo su esplendor. Y por ahí se consigue escaldar más de un peldaño en esa escalera real en la que vamos quedando todos retratados.

Y, por último, el tercer aportador de clase es la profesión. Pero ésta sólo actúa en el caso de que fallen los dos primeros. Únicamente aquéllos que andan sin posibles y que no tienen un apelativo lustroso, tienen que poner encima de la mesa sus prendas académicas o sus ocupaciones profesionales. Y entre éstas, se produce la gran criba que nos coloca en nuestro apropiado lugar, pues la inmensa mayoría de los vecinos, ni somos adinerados ni tenemos pedigrí. De manera que el quehacer profesional se convierte en la gran referencia, en la varita mágica que pone y depone, que quita y regala.

Pensando en cualquier ciudad como la de uno mismo, cabe sospechar que son los médicos y los abogados los que tienen un mejor cartel entre sus convecinos y que, a partir de ahí, se establece todo un tobogán por el que andamos todos haciendo equilibrio para no dar en exceso la nota. También cabe sospechar, si no temer, que los docentes, cualquiera de ellos y, en especial, los maestros, andan en la parte menos decorosa de la consideración social, lo cual no puede extrañar nada si tenemos en cuenta que ni la formación ni la inteligencia tienen ningún papel en la adquisición del más mínimo prestigio social.