LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD 

                            

                           Ya he hablado en este rincón más de una vez escurridiza bribona que se halla en estado de fuga permanente. Cuando crees que la has encontrado o se esfuma, o no era más que un espejismo o se aleja en la misma medida en que nosotros nos acercamos. Es la condición radical de su naturaleza y, por ello, es absurdo pretender que alguien la posee o que alguien suponga que la ha alcanzado. Incluso las verdades científicas, que son las más rigurosas, aquéllas en las que se invierten los esfuerzos más denodados y los controles más exhaustivos, tienen una vigencia limitada. Porque el mundo cambia y con él los instrumentos para estudiarlo y las teorías para acceder a él. La realidad fluye sin parar y por eso es inaprensible y sutil como la niebla.

                             Los totalitarios, los que creen en verdades absolutas e irrebatibles, desconocen o, simplemente, ignoran a conciencia, esa característica de las cosas y de los seres de este mundo. Ya nos podemos conformar con acercarnos a un atisbo, a una explicación aproximada  de todo cuanto nos rodea, pues a eso estamos abocados. El mundo, las cosas, la gente, las ideas, se van construyendo sin parar en la misma medida en que nos vamos construyendo cada uno de nosotros que, al crecer, vamos apuntalando lo demás. Todo está íntimamente imbricado y anda en un permanente devenir, que encuentra su objetivo en el mismo proceso de hacerse.

                            No puede haber pues nadie más peligroso a nivel intelectual que un amigo de la verdad, que un poseedor obsesivo y coleccionista de verdades. Su sistema es la intolerancia y su método la negación de cualquier tipo de heterodoxia. Benditos los que han desconfiado siempre y a lo largo de los siglos de las verdades establecidas, porque ellos son los que han hecho avanzar esta enorme aventura de la vida. No negar por principio, sino dudar como método de trabajo y de reflexión. Si tras la duda se encuentra la negación, será una negación que no podrá ser nunca tachada de arbitraria ni de caprichosa.

La búsqueda de la verdad es una obsesión permanente del ser humano; unos se conforman con la seguridad que les da la religión; otros se arrojan en brazos del rigor científico. Pero siempre la verdad aparece como una ilusión, como una utopía, como uno de los grandes motores de nuestra permanencia en la Tierra.

                           La verdad es compañera inseparable de la duda. A los dogmáticos no les importa en absoluto la verdad. La única sabiduría consiste en dudar absolutamente de todo, porque sólo desde la palanca de esa duda se puede saltar a lo más elevado que nos es dado a los mortales: la búsqueda de la verdad.