LA COHERENCIA |
Como dice mi amigo José Manuel Ríos, el gran problema está en la “coherencia”. La coherencia condiciona y configura todos los tipos de relaciones interindividuales, pero es que además, donde parecería que no ejerce influencia, es decir, en el terreno de lo particular, también es determinante. En realidad, el problema no es la coherencia, sino su ausencia, su falta, su escasez. Ser coherente no es más que adecuar los actos a las palabras que se hacen públicas (en lo privado sería conformar las conductas a los pensamientos). ¿Quién puede ser coherente al cien por cien? Nadie. El nivel de la excelencia es inalcanzable. Pero entre ese nivel supremo y el mínimo o inexistente que presentan los políticos o los mentirosos compulsivos, hay un amplio abanico de grados en el que nos colocamos el conjunto de la gente normal. Debe ser tarea ardua y complicada la coherencia, porque la verdad es que los índices de la misma que presentamos los seres humanos suele ser bastante lamentable. ¿Quién puede presumir de cumplir todo lo que promete, de llevar a su conducta todo lo que pregona, defiende o teoriza? Todos tenemos bastante que corregir y mejorar en este terreno. En el ámbito social, ¿cuántos conflictos no se evitaría? ¿Cuántas discusiones no serían innecesarias? ¿Cuántas tensiones no se soslayarían si fuéramos capaces de ser mínimamente coherentes? En el ámbito subjetivo de lo privado, ¿cuántos complejos de culpabilidad? ¿Cuánto sentimiento de inferioridad? ¿Cuánta patología psicológica no estaríamos en condiciones de eludir si fuéramos capaces de actuar exactamente con el mismo nivel de rigor y de probidad con que pensamos? La secuencia pensar – decir – hacer es un auténtico precipicio en el que se hunden las buenas intenciones y el caldo de cultivo donde fermentan una gran cantidad de conflictos evitables. |