LA COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA

                     El diálogo entre políticos de distinta orientación ideológica, más que de sordos es de autistas. Cada uno en su torre de babel, incapaces de articular ni una sola expresión capaz de alterar las posiciones enquistadas del adversario. El diálogo pierde así su condición de tal y exige que lo renombremos; podríamos llamarlo soliloquio con espectador o perorata con testigo.
                   ¿Cuál es la razón que edifica ese muro infranqueable entre los oponentes?  Tal vez proceda del fundamentalismo que eleva a dogmas las propias razones, las propias consignas sería mejor  decir, porque los políticos apenas usan argumentos (instrumentos propios de la razón); Lo que hacen en realidad es estandarizar frases que cobran por el uso indiscriminado, un valor de tópico.
                   Pero yo me temo que este sería un motivo demasiado serio para lo livianos que suelen ser los que fundan las actitudes y comportamientos de tales personajes públicos. Sería   fundarlos en la defensa de unos ideales y eso, estamos más que acostumbrados, a ver cómo los abandonan en función de los más diversos intereses inmediatos. Imagino, por el contrario, que tal incapacidad para dar y aceptar razones se debe más a una cuestión que parece secundaria, pero que en la estrategia general de los partidos suele ser sustantiva. Me refiero al auténtico objetivo que persiguen, el poder, y a la forma más fácil de lograrlo, convencer al electorado de la calidad de sus propuestas.
                    En efecto, ¿a quién le habla el político en realidad cuando tiene delante a su competidor? A éste no, desde luego. Se dirige a los electores; a ellos manda los guiños más sutiles y las posturas más histriónicas o los eslóganes más populistas. Desde el mismo momento en que se encuentra previa cita, por ejemplo, el presidente del gobierno de turno y el jefe de la oposición, todos los gestos, palabras y actitudes están milimétricamente controladas y estudiadas para causar el adecuado impacto en aquéllos que han de mantenerlos en el poder en el primer caso o auparlos hasta el mismo en el segundo. Si no hubiera prensa, especialmente televisión, en tales encuentros, existiría la posibilidad de unas actitudes honestas, pero al convertirse en eventos públicos, televisados, lo que importa es la impresión que cada minucia deje en los receptores, aunque con ello se falte a todos los protocolos de la comunicación.
                 Podría pensarse que al político le faltan las dos condiciones ineludibles e imprescindibles para establecer una verdadera comunicación, constructiva y alentadora: el respeto y la generosidad. El respeto supone, no más, que aceptar al otro y sus posiciones con la misma dignidad que la que se pide para sí y sus posturas. La generosidad es la prueba de nuestra nobleza en el diálogo; sin ella, éste se torna inviable y se atrofia y languidece como pez fuera del agua.
               ¿Pero, le faltan o bien le sobran? En la lógica de la política, esas son dos virtudes que conviene orillar, porque pueden confundirse con la entrega de oxígeno a los terribles enemigos a los que, precisamente, hay que eliminar. Y eso nunca; al enemigo ni agua, por muchas razones que tenga y por muy convincentes que sean sus posturas. De manera que prescindir de tales probidades es una cuestión táctica más que una carencia moral. Estoy convencido de que más de un político estará incómodo ante tal dejación, pero es la servidumbre de su oficio y como tal han de tomárselo.
               De ahí esa impresión tan lamentable del muro que impide la conversación y de los discursos que mueren en el acto al no cumplir con su obligación primera: servir a la comunicación.