La   lamentable utilización de la muerte

La vida tiene un valor absoluto, es decir, su naturaleza no depende de nada que le sea externo ni está en función de nada. Su valor está en sí misma, como tal vida, al margen del contenido que cada quien le da a la suya. Hay pues un  contenido previo, incondicional, que es donde radica el famoso e ininteligible concepto de la dignidad.

Por el mismo motivo, la muerte también asume tal condición  de necesidad imperiosa, ineludible y absoluta. La muerte significa el final de la vida y, por tanto, de todo lo que ésta supone; cuando alguien muere arrastra con la suya la desaparición de todo aquello que vivía por su mirada, por su actuación, por su conducta. Cada vida implica un mundo que desaparece con ella. Por eso cada vida no es que sea importantes, sino que es única, fundamental y, entiendo yo que cada muerte es la tragedia total, definitiva y por tanto no cabe sumar las muertes, porque cada muerte es la muerte de todas las cosas.

La tragedia de Barajas   nos pone una vez más ante la vil utilización que los intereses económicos hacen de la muerte. No hay unas muertes más dolorosas que otras, por las razones antes apuntadas: cada muerte es la muerte total. La única razón que justifica el interés que despierta este tipo de sucesos es la deseable elucidación de sus causas para evitar futuras tragedias. Nada más. Cualquier otra expectativa, relacionada con el morbo o la ganancia es absolutamente detestable.

Que haya cadenas de televisión que prácticamente estén realizando sus programas desde el lugar de los hechos, muestra bien a las claras la torticera utilización del dolor que hacen la mayoría de los medios  de comunicación, tan sólo empeñados en ofrecer carnaza a quienes están ávidos de ella.

Desde estos mismos medios que impúdicamente utilizan cualquier infierno humano para hacer negocio, se apela a la declaración de días de luto oficiales, a la suspensión de eventos deportivos y al rasgamiento general de vestiduras.

La muerte, cuando se produce de forma masiva, es considerada socialmente como más importante que el simple goteo , aunque éste acabe en los mismos resultados. Los 153 fallecidos en el avión equivalen a los que finalizan su estancia en esta vida cada mes en las carreteras españolas; pero estos no merecen ni homenajes, ni crespones negros, banderas a media hasta, ni visitas de los gobernantes y de la realeza. Tampoco los merecen los mismos que aproximadamente pierden la vida en  su puesto de trabajo cada cuatro meses y así podríamos seguir con muchos más ejemplos.

Desde los medios se nos organiza la vida, se nos jerarquiza la existencia y se nos dice lo que es bueno y lo que es malo, lo que debemos celebrar y lo que hemos de lamentar. Aunque cada muerte sea la muerte, son los medios los que miden el grado de muerte de cada muerte y la medida en que los pobres humanos debemos de sentirnos lastimados por cada una de ellas.

Pero la vida es así; se nace y se muere y se vive, se disfruta, se sufre y, de vez en cuando, hay accidentes; casi todos los días los hay, de muchas clases, aunque parezca que sólo se producen los que reportan beneficios económicos a los medios de comunicación.