La triste escualidez

La moda es la mayor de las tiranas que han conocido los tiempos. Ni los emperadores romanos ni los dictadores modernos de cualquier signo, han conseguido mover las voluntades que es capaz de manejar aquélla. Seguir la moda es la aspiración en la que seguramente estará de acuerdo el mayor porcentaje de personas. Son muy pocos los osados que se atreven a contradecir los dictador de la gran urdidora de la historia.

La moda suele asociarse  al tema de la ropa y el vestir, pero la moda llega mucho más lejos, tan lejos que llega a todas partes y rige todos los territorios del comportamiento social e individual.  Hay modas que determinan la forma de pensar y de hacer y de sentir  y de manifestarse y…de vivir.

En esa dictadura que establece sobre las dóciles conciencias es especialmente dolorosa la que viene implantando en los últimos tiempos el canon de la triste escualidez femenina. Aquellas adorables curvas y potentes caderas, hoy parecen el mayor paradigma de la vulgaridad y la falta de estilo. El ideal es  que la piel no cubra más que un esqueleto enclenque y deprimido.

Al problema de salud real que ello supone, de organismos sin defensas y mentes insatisfechas, hay que valorar el componente estético, tan admirado por los creadores de tendencias.  A la falta de vigor y lozanía hay que añadir una ausencia absoluta de atractivo, porque la precariedad nunca puede ser deseable, porque la belleza siempre está reñida con la ausencia.

Por eso es especialmente gratificante que estrellas con ciertas protuberancias se empiecen a convertir en iconos y referentes  de los que (la inmensa mayoría) estamos del lado de los manipulables. Que Scarlett Johansson  sea una actriz deseable puede ser un indicio de que las cosas estén cambiando. ¡Ojalá!