Cuatrocientos Aniversario del Quijote
Relación de poesías en el Quijote.
1 . –
(Volumen I, capítulo II)
Trata de la primera salida que don Quijote hizo de su tierra
y en la que al llegar a venta las doncellas le desvistieron de
su armadura y otros…
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
Doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino.
2 . –
(Volumen I, capítulo V)
Viene a cuento esta poesía, después de la paliza que recibiera
don Quijote de los mercaderes, que le dejaron extenuado y sin
poder moverse. De ahí la queja exclamativa, dedicada a su Dulcinea.
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
O eres falsa y desleal.
3 . –
(Volumen I, capítulo XI)
De los cantos que hiciera el mozo, llamado Antonio,
cuando don Quijote se hallaba en reunión con los cabreros:
Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Más allá, entre los reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza nuestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo
mi fe, que nuca ha podido,
ni menguar por no llamado,
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa de Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
“Tal piensa que adora a un ángel,
y viene a adorar un gimio.
Merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al amor mismo”.
Desmentíla y enojóse;
volvió por ella su primo:
desafióme, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía;
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son de lanzadas de sirgo;
pon tú el cuello en la gamella:
verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro
por el santo más bendito
de no salir destas sierras
sino para capuchino.
4 . –
(Volumen I, capítulo XIII)
Viene a cuento esta estrofa poética, ya repetida con otro
sentido anteriormente, por las razones que don Quijote
dio a los cabreros sobre el Rey Arturo, Lanzarote y
Ginebra en el camino que emprendieron hacia el entierro de Crisóstomo…
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino.
5 . –
(Volumen I, capítulo XIV)
Trata de la canción desesperada de Crisóstomo el
pastor muerto y que lee Vivaldo en este capítulo…
Ya que quieres, cruel que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza
y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable vos irá el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al ruido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tú despecho.
El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sensible arrullar; el triste canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son, de tal manera,
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mí se halla
para contalla pide nuevos modos.
De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas;
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas,
o ya en oscuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o donde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano.
Que, puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos
suenan con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
serán llevados por el ancho mundo.
Mata un desdén, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto! Vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto,
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por esmerarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.
¿Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o en bien hacello
siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de para en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas
¡Oh amarga conversión! Verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
¡Oh en el reino de amor fieros tiranos
celos! Ponedme un hierro en estas manos.
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas ¡ay de mí! que, con cruel victoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
Yo muero, en fin; y porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene
y con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.
Tú, que con tantas sin razones muestras
la razón que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazón profunda llaga,
de cómo alegre a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión funesta
descubre que el fin mío fue tu fiesta.
Mas gran simpleza es avisarte desto,
en que mi vida llegue al fin tan presto.
Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Tício traiga su buitre, y asimismo
con su rueda Egión no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto,
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
(si ya a un desesperado son debidas)
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo, a quien se niegue aún la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstruos,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.
Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues la causa do naciste
con mi desdicha aumenta su ventura,
aun en la sepultura no estés triste.
6 . –
(Volumen I, capítulo XIV)
Recoge el epitafio que Ambrosio dijo iba a grabar
en la piedra que cerraba la sepultura de Crisóstomo…
Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía del amor.
7 . –
(Volumen I, capítulo XXVI)
Que cuentan la tristeza de don Quijote que, al quedar sólo
en Sierra Morena, con un rosario hecho por él mismo de
rezó miles de ave María y escribió versos en los árboles
alusivos a su amada Dulcinea y otros que aquí se recogen…
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea;
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
ya ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa;
y en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
8 . –
(Volumen I, capítulo XXVII)
Se trata aquí del encuentro que tuvieron el Cura y el
Barbero cuando se dirigían a procurar convencer a
don Quijote para que regresara a casa. Habiéndose
disfrazado para lograr engañarlo, se encontraron con
Sancho que regresaba de entregar una carta a Dulcinea,
de la parte de su amado Caballero Andante y en esto
Sancho entró en la cueva donde había dejado a su
señor y el Cura y el Barbero quedaron escondidos
en el bosque esperando la señal de Sancho, cuando
oyeron estos versos cantados…
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo en mi dolencia
ningún remedio se alcanza
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencias.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo.
De ese modo yo recelo
morir de este mal extraño,
pues se aúnan en mi daño
amor, fortuna y cielo
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y tus males ¿quién los cura?
Locura
De ese modo, no es cordura
Querer curar la pasión,
Cuando los remedios son
Muerte, mudanza y locura.
9 . –
(Volumen I, capítulo XXVII)
Es continuación del anterior, ya que el pastor siguió
cantando el soneto que sigue…
Santa amistad, que con ligeras alas,
Tu apariencia quedándose en el suelo,
Entre benditas almas, en el cielo,
Subiste alegre a las impíreas salas,
Desde allá, cuando quieres, nos señalas
La justa paz cubierta con un velo,
Por quien a veces se trasluce el celo
De buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, ¡Oh amistad! O no permitas
Que el engaño se vista tu librea,
Con que destruye a la intención sincera;
Que si tus apariencias no le quitas,
Presto ha de verse el mundo en la pelea
De la discorde confusión primera.
10 . –
(Volumen I, capítulo XXXIII)
Que trata de los consejos que un viejo daba a un padre
que tenía una hija doncella, al fin de que la guardase,
encerrase y entre otras razones, les dijo estas…
Es de vidrio la mujer,
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo;
que si hay Dánaes en el mundo,
hay lluvias de oro también.
11 . –
(Volumen I, capítulo XXXIII)
Tratan estos versos de los consejos que Lotario da
a Anselmo que pretende lo imposible…
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aún no me den.
12 – 13 . –
(Volumen I, capítulo XXXIV)
Estos sonetos se incluyen en la novela del curioso impertinente…
1º - De lo que Lotario compuso a su amada Clori:
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por la rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y todos los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori sin oídos.
2º - A tenor del ruego de Anselmo, Lotario dice este
otro soneto dedicado a Clori, que en realidad es Camila,
de la que está enamorando:
Yo sé que me muero; y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies ¡oh, bella ingrata! Muerto,
antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto,
como tu hermoso rostro está esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.
¡Ay de aquel que navega, al cielo oscuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
a donde norte o puerto no se ofrece!
14 – 15 . -
(Volumen i, capítulo XL)
Trata de los dos sonetos, que según el cautivo,
escribiera Pedro de Aguilar y que aquí están en boca de su hermano…
1º -
Almas dichosas que del mortal velo
libres y exentas, por el bien que obraste,
desde la baja tierra os levantaste,
a lo más alto y a lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitaste,
que en propia y sangre ajena coloraste
el mar vecino y el arenoso suelo;
primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la victoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída,
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
2º -
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y este es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables llenos
en los pasados siglos y presentes
mas no más justas de su duro seno
habrán al cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
16 . –
(Volumen I, capítulo XLIII)
El mozo de mulas de la venta despertó a los durmientes
de la misma, al alba, mientras don Quijote hacía la guardia
de la venta, con esta canción:
Marinero soy de amor
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro,
más bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro.
Yo no sé a donde me guía,
y así, navego confuso,
el alma a mirarla atenta,
cuidadosa y con descuido.
Recato impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando más verla procuro.
¡Oh clara y luciente estrella
en cuya lumbre me apuro!
Al punto que te me encubras
será de mi muerte el punto.
17 . –
(Volumen I, capítulo XLIII)
De cómo el mozo de mulas, que no lo era tal, sino el hijo
de un caballero del reino de Aragón, sigue cantando para
deleitar a Clara y a doña Dorotea que lo escuchan en secreto,
mientras don Quijote vigila la venta…
Dulce esperanza mía
que, rompiendo imposibles malezas,
sigues firme la vía
que tú mesma te finges y aderezas,
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.
No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni victoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna,
entregan desvalidos
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda
caras, es gran razón y es trato justo;
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto,
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta.
Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y así, aunque con la mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
20 . –
(Volumen II, capítulo XII)
De el suceso que pasó a don Quijote y Sancho Panza
en el bosque donde escucharon cantar a un caballero este soneto…
Dadme, señora, un término que siga,
conforme ha vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
entallad o imprimid lo que os dé gusto;
que de guardarlo eternamente juro.
21 . –
(Volumen II, capítulo XVIII)
Esta glosa se la dijo a don Quijote el hijo del Caballero
del Verde Gabán, don Diego de Miranda, después de
una comida en casa de los mismos. El hijo del tal noble
se llamaba Lorenzo y era aficionado a la poesía y a modo
de velada recito esta glosa…
Al fin como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
fortuna, un tiempo no escasa,
y nuca me lo volvió;
ni abundante ni por tasa.
Siglos ha ya que me ves,
fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso:
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra victoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que tanto se haya extendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o viniese el tiempo ya.
Vivir en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo,
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.
22 . –
(Volumen II, capítulo XVIII)
Tras las alabanzas que don Quijote lanzó a don Lorenzo
después de la Glosa, este se vio adulado y, no pudiendo
resistir su ego, aún sabiendo que don Quijote estaba medio
loco, le recito este soneto que sigue dedicado a Píramo y Tisbe…
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
Que á entrambos en un punto ¡oh extraño caso!
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
23 . –
(Volumen II, capítulo XX)
Se trata de la llegada de don Quijote y Sancho a las bodas
de Camacho a las que fueron invitados s comer y a disfrutar
de las algaradas que se hacían, entre ellas una muy particular
que consistía en que personajes alegóricos a Cupido el primero,
al interés el segundo, a la poesía el tercero y a la liberalidad el
cuarto; y cada uno de ellos declamaba una décima dirigida a una
dama, y son estas:
Cupido:
Yo soy el Dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo,
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Interés:
Soy quien puede más que amor,
y es amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Poesía:
En dulcísimos conceptos,
la dulcísimo poesía,
altos graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna
de otras muchas envidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Liberalidad:
Llaman liberalidad
al dar que el extremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más pródiga he de ser;
que aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
24 . –
(Volumen II, capítulo XLIV)
Que trata de los versos que desde el jardín del Palacio
del Duque, que haría gobernador a Sancho, le dirigió la
enamorada de don Quijote, Altisidora, creyendo que don
Quijote dormía plácidamente, cuando él había escuchado
toda la trama de este amor, al no poder quedarse dormido
y haber abierto el balcón de la estancia que daba al jardín…
¡Oh tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana.
Caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia,
o en las montañas de Jaca;
si sierpes te dieron leche;
si á dicha fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de la montañas.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto será famosa
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Trocárame yo por ella,
y diera encima una saya
de las más gayadas mías,
que de oro la adornan franjas.
¡Oh quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y matándote la caspa.
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte;
que a una humilde esto le basta.
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de holanda!
¡Qué de finísimas perlas,
cada cual como una agalla,
que a no tener compañeras,
las solas fueron llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña.
Niña soy, pulcela tierna;
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses,
te juro en Dios y en mi ánima.
No soy renca, ni soy coja,
no tengo nada de manca;
los cabellos como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y aunque es mi boca aguileña
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo, ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala,
y soy de disposición
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias mías
Son despojos de tu aljaba;
Desta casa soy doncella
Y Altisidora me llaman.
25 . –
(Volumen II, capítulo LVII)
De la despedida de don Quijote del Castillo del Duque
y como cuando él y Sancho se encontraban en el centro
del patio del mismo la discreta y desenvuelta Altisidora,
en son lastimero dijo:
Escucha, mal caballero,
detén un poco la riendas;
no fatigues la ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyes
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tu has burlado, monstruo horrendo,
la más hermosa doncella
que Diana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Tú llevas ¡llevar impío!
en la garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llevaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en blancas, lisas y negras.
Llevaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho tu escudero
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos,
en olvidos tus firmeza.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Seas tenido por falso
Desde Sevilla a Marchena,
Desde Granada hasta Loja,
De Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
Los cientos, ó la primera,
Los reyes huyan de ti;
Ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
Sangre las heridas viertan,
Y quédente los raigones
Si te sacaren las muelas
Cruel Vireno, fugitivo Aneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.