El ojo del C I C E R O N E y la mirada del TROVADOR
nos presentan una RONDA insólita y mágica. Una historia de leyenda. Una leyenda hecha realidad. Una ciudad en verso.
CASA DE LOS HERNÁNDEZ

Justo por encima de la casa de vecinos donde yo naciera, en el número 2 de la calle Santo Domingo, han vivido tradicionalmente los Hernández.
Ya hemos hablado de la Duquesa de Parcent en varias ocasiones y de la importancia que esta señora tuvo con su aportación a las artesanías de Ronda. Ella
, que era una inquieta y que además quería terminar de decorar su casa, trajo de Castilla a un buen número de artesanos; con ellos terminó su casa, hoy conocida como del Rey Moro, aunque la vivienda es muy moderna y nunca vivió en ella ningún Rey Moro, pero esa es una historia que ya hemos contado en su lugar.
Ella, la Duquesa
, trajo ebanistas, carpinteros, tallistas, tejedores, jardineros, bordadores, etc. Entre los  tallistas trajo al padre de los hermanos Hernández, Juan, Manolo

y Antonio. Al padre le encarga la Duquesa la decoración de su casa con artesonados, escaleras, puertas, muebles, etc., que aún hoy se mantienen a pesar de la ruina en la que se encuentra.
La duquesa le buscó hospedaje a esta familia cerca de su casa, en distintas ubicaciones
; casas que ella le alquilaba a ésta familia, hasta que ésta encontró una casa que había al comienzo de la calle, una casa amplia, con un hermoso patio de columnas, habitaciones abajo, que Hernández, padre, convirtió enseguida en taller de carpintería, talla, ebanistería y pintura. La parte alta la reservó para las  habitaciones de su familia. Pasado el tiempo, los hijos la heredaron y en ella han vivido tradicionalmente.

    Principalmente, Manolo y Juan, han sido los dos grandes artistas de la ebanistería y la talla y la pintura; de sus manos han salido tallas maravillosas para familias de Ronda y muebles castellanos para la incipiente Costa del Sol. Muchos pisos y apartamentos de la Costa salieron de las manos de los Hernández. Y también salieron de los pinceles de Juan verdaderas obras de arte.
De sus manos salió, también, el antiguo trono del Cristo de la Sangre y algunos
otros más que ellos realizaron para hermandades de Ronda, de Sevilla y Málaga.
Al final desparecieron los hijos y quedó sólo la hija, Carmela Hernández, que ya muy avanzada de edad se retiró a Málaga a vivir con sus sobrinos, pues Manolo y Juan, como
también Carmela, eran solteros. Yo mantuve una relación de vecindad con Manolo (
él fue el carpintero que me hizo el dormitorio para mi primer matrimonio, un dormitorio castellano envidia de muchos) y mucha con Carmela. Ella me decía “Pepillo” y le gustaba que le recordara mis tiempos de niño, que eran sus tiempos de mozuela. Esta familia, con sus trabajos hizo bastante dinero y cuando se presentó la ocasión, Carmela, compró la casa que su padre le había decorado a la Duquesa de Parcent, a una familia que era la propietaria en los años 50, la familia de D. Juan Girón, director del Banco Español de Crédito en la época. Esta operación la hizo ella por romanticismo, recordando que su padre era el que la

 había decorado y la que había traído a su madre, a ella y a sus hermanos a Ronda  No sólo compró esa casa sino que hizo lo mismo con todas las de enfrente de la  de la Duquesa  y casi todo el Ruedo de Doña Elvira.
Ella se dedicó, a la muerte de sus hermanos a las antigüedades e hizo una expoliación importante de los muebles y objetos de decoración para venderlos como
tales. Descuidó la casa y así ha terminado en la ruina que es actualmente y que ha sido comprada por una compañía alemana para construir un hotel de cinco estrellas. Eso han dicho, al menos.
Recuerdo lo mal que lo pasó cuando tuvo que dejar Ronda por causa de su mala salud y del disgusto que le dieron unos ladronzuelos que asaltaron la casa y la dejaron a ella en muy mal estado. A raíz de esto sus sobrinos se la llevaron con ellos y Antonio restauró la
vivienda y la habita actualmente.

Una casa en ruinas
es un sueño vencido;
una brutal venganza
que se toma el destino.
 


Una casa desierta;
sin risas ni gemidos
es un triste naufragio
donde habita el olvido