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La octava real es una estrofa clásica. Está formada por ocho versos endecasílabos que riman en consonante, los seis primeros de forma alterna y los dos últimos entre sí. Es tan rígida en su métrica que no admite variantes. Pero tiene la hermosura de lo eterno. Ya no están de moda, pero son hermosas.

VII
Los parias de la vida están unidos
por la espada que clava indiferente
el filo en sus costados doloridos
de una forma brutal y permanente.
No hay dolor más agudo. Perseguidos,
llevan la cruz del prófugo en la frente.
Y habitan en perpetua somnolencia
en el patio de atrás de la existencia.

VIII
En el prado que atiendo con mimo
pastoreo mi rebaño de sueños
más de uno y de dos, un racimo
los robé s sus legítimos dueños
y con furia infantil hoy me arrimo
a sus mansos sopores beleños.
Son caricias que nunca limito,
un exceso sin más que me permito.

V
A veces me hago uno con el mundo,
con las alas abiertas bato el cielo,
y apenas rozo con los pies el suelo,
de repente, sin ton ni son me hundo
en la atmósfera gris del desconsuelo,
camino del infierno más profundo.
El fracaso, la lucha y la victoria
son juegos nada más de la memoria.

VI
La memoria, el olvido, poca cosa,
apenas nada son en esta guerra,
no más que un grano anémico de tierra
o el pétalo insensible de una rosa.
No valen más que lo que dentro encierra
el vuelo de una grácil mariposa.
El recuerdo, el olvido, mansamente
se los lleva a la nada la corriente.

I
Me siento como un náufrago en la orilla,
a salvo, pero roto, sin aliento ,
una voz, una sombra y un lamento,
que no abate ante nada la rodilla ,
y que goza la digna maravilla
de no plegarse a lo que quiera el viento.
No es fácil derribar la fortaleza
que nutre sus cimientos de grandeza.

II
Me siento como un fénix malherido,
un Quijote luchando contra el mundo,
un andrajoso y pobre vagabundo,
desgarrado, tal vez, mas no perdido.
Aún brota de mi pozo más profundo
la savia que alimenta mi apellido.
Sólo muere quien pierde su derecho
a defender la vida con su pecho.

III
Con paciencia de orfebre reconstruyo
los restos del naufragio lentamente,
me aparto sin dolor de la corriente
mientras me bebo a jarros el orgullo.
De aquella tempestad queda un murmullo
que se va consumiendo mansamente.
Poco a poco se sueldan los pedazos
con el fuego que brota de mis brazos.