LA CASA POR EL TEJADO

                       Sostenía Platón, cuando se refería a una posible escuela para la formación de los políticos, que dicha institución debía ordenar sus objetivos y programas de acuerdo a una secuencia ineludible, pues era la única que podía garantizar el éxito en la formación de los gobernantes, entendido el éxito como la consecución de unos ciudadanos honrados, laboriosos y entregados al servicio a la comunidad. Dicha secuencia tenía que seguir este orden: primero la ESTÉTICA, después la ÉTICA y por fin, la POLÍTICA.

                     Los primeros estudios del aspirante a regidor de los asuntos públicos tenían que ser los relacionados con la ESTÉTICA, es decir, con el arte en todas sus manifestaciones y el perfeccionamiento de la cualidad personal que sirve para apreciarlo: la sensibilidad. Sólo aquella persona que tenía suficientemente cultivada dicha capacidad y entrenado de forma conveniente en la apreciación y el goce estético, podía estar capacitado para emprender una segunda fase en su aprendizaje: la formación MORAL. Para Platón sólo tras esa primera fase era posible acceder al conocimiento e interiorización de los valores éticos; esos valores que convierten a los hombres en personas, en seres humanos autónomos, es decir, capaces de tomar sus propias decisiones, guiados siempre por compromisos con los demás y nunca por principios egoístas.

                        A partir de esta base, ya estaban los aspirantes preparados para pasar a la última fase de su preparación: la formación POLÍTICA, el estudio del poder y sus circunstancias, la estructura social, la administración de los bienes comunes. Y a partir de esa educación, los griegos podían estar seguros de que su democracia iba a estar dirigida por unos ciudadanos responsables, limpios, honrados e intachables. (Ëchese un vistazo a la trayectoria de los políticos actuales, de cualquier país, y compruébese que su formación ha debido saltarse, al menos, los dos primeros pasos platónicos). ¡Fuera horteras! ¡Fuera inmorales! y quedan unos políticos de escaparate. En este eslogan podríamos comprimir la  filosofía de la educación que defendía el sabio helénico.

                        En nuestro tiempo, tan dado a las grandes palabras, a los grandes principios, -tan grandes que suelen estar vacíos de contenido-,a los responsables de la educación, se les llena la boca haciendo unos magníficos preámbulos a sus leyes y estableciendo una cantidad de fines, objetivos, metas y finalidades, todo ello envuelto en unos magníficos horizontes utópicos, que la gran mayoría de las personas, incluso los que nos dedicamos como profesionales a este mundo, nos encontramos desorientados y confusos, perdidos entre tanto tecnicismo y tanto vocablo huero. Con lo fácil que sería, siguiendo el ejemplo de Platón, establecer una secuencia que, por una parte nos libraría de tanto pedante pedagogo y por otro, nos pondría en el camino correcto.

                      Para empezar desde el principio, éste sería el orden: primero, formar a los alumnos como PERSONAS. luego como CIUDADANOS y por último como PROFESIONALES. Es imposible conseguir buenos profesionales, en cualquier campo, tanto en el mundo intelectual como en el manual, si previamente a su adecuada formación técnica y específica para la capacitación en el desarrollo de su actividad, no establecemos como prioridad su educación personal y su formación como ciudadanos rectos y responsables. Este sería un estupendo tema a desarrollar pero no es el momento ni es imprescindible para la tesis que aquí se defiende.

                        ¿Responde nuestro currículo (plan de estudios) actual a esos grandes objetivos? Mucho me temo que no; que no están primadas las materias que nos llevarían a la formación personal, que apenas existen las que nos conducirían a la preparación de buenos ciudadanos; que nos conformamos con transmitir conocimientos y más conocimientos, que no hay tiempo en un horario sobrecargado para la formación en valores, en actitudes positivas e integradoras. El buen profesional debe surgir de la buena persona y del buen ciudadano. Todo lo que no sea esto es empezar la casa por el tejado. Y así nos va.

                         Toda reforma educativa, venga del lado que venga, que dé un solo paso -adelante, claro- en ese camino, será bienvenida. Mucho me temo, sin embargo, que las reválidas y demás zarandajas tan de moda, tienen unas intenciones bien distintas de las que humildemente hemos defendido aquí.