LAS ANTENAS Y LA SALUD (19 DE ENERO DE 2001
Desde hace un tiempo se viene acentuando la preocupación por los posibles perjuicios que pueden causar las radiaciones de las antenas de telefonía móvil en la salud de los ciudadanos. Desde la misma aparición de los exitosos móviles se alzaron voces que intentaban llamar la atención sobre los posibles efectos perniciosos para las personas que podría tener el uso de dichos aparatos. Tratándose de una tecnología tan reciente, es lógico que no existan estudios científicos debidamente contrastados; no es posible establecer una relación directa entra radiación y enfermedades degenerativas. Tampoco es posible decir taxativamente que no la hay. Tan sólo hay conjeturas y sospechas.
Últimamente el tema se ha desbordado, al incidir en un espacio social especialmente delicado y sensible: los niños y jóvenes que, desde sus puestos de estudio, en algunos institutos y centros docentes, pueden estar siendo sometidos a los posibles efectos de las temibles radiaciones.
Numerosas voces, autorizadas unas, presuntamente documentadas otras, expertos, políticos, juristas; voces, desinteresadas muchas, interesadas unas pocas, que legítimamente están participando en el debate, desgraciadamente de moda. Nunca serán pocas. Siempre vendrán a arrojar luz en un tema tan necesitado de ella. Pero la situación ha alcanzado un punto en el que tal vez urgen más las posturas firmes y las decisiones decididas y valientes, sin perjuicio de seguir buscando matices y consideraciones de todo tipo.
En el mundo actual hay cosas con las que no se puede jugar, hay valores que tienen que estar por encima de cualquier discusión y de cualquier interés comercial o económico. Si no es así, poco habremos avanzado en la pretendida búsqueda del mayor bienestar para el mayor número de personas, de la que tanto alardean los gobiernos de los países desarrollados, entre los que, al parecer, nos encontramos. Uno de esos valores, quizá el más importante, es la salud de la gente. La cuestión se complica si pensamos que no se trata de gente cualquiera; se trata de jóvenes sobre los que los padres aún tenemos plena responsabilidad e ineludible obligación de cuidar y proteger. Ante la duda, ante la más mínima duda, sospecha, indicio o probabilidad de que algún agente externo pueda ser nocivo para la salud de un colectivo escolar, no hay más que dos posibilidades: eliminar el agente externo o retirar a un lugar seguro al colectivo.
En el tema de las antenas y los institutos sólo hay una solución satisfactoria para los padres y educadores: retirarlas, situarlas inmediatamente donde no generen ningún tipo de miedo ni preocupación. No podemos dejar que los alumnos se conviertan en cobayas que dentro de unos años confirmen la razón de unos o de otros. Ya sabemos que la tecnología y el desarrollo ofrecen espacios de mayor bienestar para las personas; también tenemos que conocer que el progreso tiene estas servidumbres, pero no podemos conformarnos y esperar. Los riesgos hay que minimizarlos y los problemas resolverlos, aunque en esta caso se puedan perjudicar determinadas empresas; perjuicios que, en ningún caso, serían comparables al que potencialmente pueden estar expuestos nuestros hijos.
José Mª Tornay Ruiz.