La fuente

                   Cuando se ponen dos sensibilidades desbordantes al servicio de una idea, surge una obra como la que vamos a tener la suerte de disfrutar.

                    Pablo Jiménez y Antonio Becerra están detrás de esta aguda crítica y tierna propuesta. Pablo, con sus plenas  y acertadas melodías, capaces de echar a volar versos transparentes y universales; Antonio, dando forma y fondo y rodeando de dramatización  la música de aquél. En medio, el TES de Ronda con su elenco de cómicos y el grupo musical Al-Arriadt con su ramillete de voces  cristalinas.

                   El autor del texto, subtitula su obra como “sátira teatral” y, aunque es cierto, que hay mucho de crítica en la misma, como su alma está más dotada para la ternura que para el dicterio, siempre queda aquélla mitigada por ésta. El objetivo de su diatriba no es otro que el progreso mal entendido y los administradores del mismo, los políticos sin principios y sin escrúpulos.

                 Antonio se ceba contra los efectos devastadores del progreso, contra su lado oscuro (deshumanización, destrucción ecológica, depredación de los bienes comunes), no contra su función liberadora de ancestrales esclavitudes para el ser humano.

                  Arropando unas partituras que encajan como guantes de seda en los poemas  seleccionados por Pablo, Antonio termina tejiendo una obra exquisita y melodiosa, donde no hay ningún elemento neutro, sino que todos adquieren calidad de símbolos para transmitir la visión de la realidad, como esa farola contra la que lanza  una batalla sin cuartel, aunque se trata de una cruzada condenada al fracaso porque será ella la que termine ganando la guerra.

                Y es que resulta utópico pelear contra aparatos tan poderosos y arbitrarios como la globalización, la falta de objetivos nobles, la proliferación de intereses bastardos, el desprecio sistemático del bien común, el maltrato a la inteligencia y tantos otros nubarrones que acechan nuestra frágil condición humana.

                   Música, poesía y teatro, pues, puestos  al servicio de un  claro objetivo: poner en solfa a todos aquellos mecanismos que deshumanizan la vida  y la despojan de ternura y de romanticismo, aunque estemos seguros de que no hay nada que hacer, que aquellos efectos perniciosos terminarán imponiéndose sin remedio...O sí, tal vez podamos hacer algo, siempre que seamos capaces de aplicar   la propuesta que se nos brinda en la obra, la cuál debemos ver con toda la atención para descubrirla. Para encontrar esa “otra fuente” que nos pondrá en condiciones de luchar contra aquellos males.