Prologo al libro "Coplas del carnaval antiguo rondeño"de José Luis Sánchez |
El carnaval es una fiesta recuperada, en un momento en que ya no puede tener el sentido que tuvo en su origen y que siguió manteniendo hasta su prohibición en España por la dictadura de Franco. Hoy ya no tiene el carácter subversivo tradicional, por su rebeldía (simbólica nada más) contra el poder establecido (generalmente absolutista y reaccionario). Era también la manera que tenía el pueblo de marcar su autonomía frente a las instituciones, a la hora de organizar su ocio. Y era, sobre todo, un tiempo de libertad y de transgresión, por oposición al rigor y al ascetismo que la Cuaresma reclamaba, en una sociedad fuertemente impregnada de sentimiento religioso. Hoy, la secularización hace ocioso ese paréntesis libertino; apenas es pensable la separación de carnalidad frente a espiritualidad. En nuestros días, el carnaval ha adquirido nuevos significados, más ligados a aspectos mágicos y a un sentido estético y sociológico acorde con los nuevos tiempos. Es una respuesta a la necesidad humana de manejarse entre la fantasía y los sueños, de dar rienda suelta a la imaginación, domesticada habitualmente por un sistema de vida cada vez más metódico y racionalizado. Es una forma de escapar por un rato de la dictadura de la vida cotidiana. Y se puede apuntar un último sentido, que sería un sentido último, pues se orienta al humano intento desesperado de domesticar el tiempo, esa bestia fiera que devora a sus hijos. La consideración del tiempo cíclico y cerrado, implica el continuo recomenzar, la repetición del comienzo, del acto de creación; la abolición del destino ciego. Podríamos distinguir tres características principales que confirman su peculiaridad dentro del conjunto de las fiestas: La primera es el fuerte componente de PARTICIPACIÓN: en el Carnaval, actores y espectadores dejan de estar en planos diferentes; su espacio es abierto y abarca a todos; es vida y no teatro. El carnaval se vive, no se asiste a él. La segunda es la LIBERTAD : al desaparecer las prohibiciones, también lo hacen las barreras sociales o de cualquier otro orden. El disfraz iguala y permite alcanzar la autonomía que normalmente nos niega la realidad diaria. El descaro que presentan las letras de murgas, chirigotas, comparsas, etc. sería inoportuno en otros momentos del año. La tercera es la TRANSGRESIÓN : es el reino en el que caen los valores absolutos y todo se relativiza. Es época de inversión de conceptos y de alteración del orden establecido. Es el territorio de la subversión, aunque, como dijimos antes, ya no tenga el sentido tradicional. Todo ello da lugar a un mundo trastocado, revuelto, en el que reina la ambivalencia y las habituales oposiciones entre contrarios, se confunden y desvanecen. Como la inmensa mayoría de nuestras fiestas, el carnaval hunde sus raíces en tradiciones paganas, como las ceremonias en honor del buey Apis en Egipto, las bacanales griegas en honor del dios Baco, las lupercales en honor del dios Pan y las saturnales, en honor de Saturno, ambas en Roma o las fiestas y rituales en torno al muérdago de los celtas. Pero esos son antecedentes muy lejanos y etéreos; Es en la Edad Media cuando se produce su consolidación, al establecerse normas concretas para su funcionamiento y calar profundamente en las costumbres de la gente, hasta convertirse en una de las fiestas más populares. Por su carácter insubordinado, y por tanto, incómodo para el poder, ha sufrido innumerables prohibiciones a lo largo de los tiempos. En nuestro caso, la última nos afectó hace más de 60 años. Hurgando en aquellos tiempos, ha conseguido José Luis reunir una muestra excelente del pálpito popular de la época. Se trata de un magnífico retrato sociológico que nos presenta las preocupaciones, las inquietudes, los anhelos y las alegrías de tiempos difíciles, tremendamente complicados e incómodos; pero en esto de elegir las épocas donde depositar nuestras vidas no hay más remedio que resignarse a lo que nos viene dado. Este trabajo tiene además un sentido extraordinario, por cuanto viene a recuperar cosas que, de no haberlo acometido, estarían muy pronto irremediablemente perdidas. Se trata, pues, de un trabajo impagable que viene a engrandecer un poco más el recorrido pletórico que su autor ha protagonizado en la historia moderna de los carnavales de Ronda: letrista, componente de dúo, chirigotero, miembro de comparsa, rey momo y pregonero (recuerdo el suyo como un pregón memorable y sencillamente magistral). Ahora, con este libro, con esta excelente recopilación nos deja además, para siempre, un trozo del alma viva del espíritu popular que anida en estas fiestas entrañables y transgresoras. José María Tornay
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