| PRÓLOGO A LA OBRA DE TEATRO DE JOSÉ MARÍA ORTEGA "LA VIDA SIGUE" |
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Esta que tienes en tus manos, querida lectora, querido lector, es la obra de un hombre comprometido. Mas no se trata del compromiso que cada uno tiene con su propia existencia y que, últimamente, se está convirtiendo en único y exclusivo, abocándonos a ese hombre actual que anda prisionero de su propio egoísmo, sin sentidos para palpar lo que está fuera y más allá de su propia sombra. José Mª Ortega es un hombre comprometido con la vida, esa vida que está llena de amigos, de pasiones, de caminos que recorrer en común, de metas que disfrutar juntos. Él siempre ha tenido claro que su propia vida sólo cobraba verdadero sentido, en la medida en que la iba entregando gota a gota a los demás. Conozco a José Mª desde hace más de 30 años: jamás he visto en él una señal de debilidad, un signo de impotencia, una muestra de aburrimiento o un indicio de tristeza. Su bandera es el entusiasmo y su himno es la alegría. Inasequible al desaliento, ha ido transitando por la vida, convirtiendo sus heridas en un bálsamo para las de los demás. Conocedor, como todos los sabios, de que el esfuerzo, la entrega y el talento son las únicas armas que tenemos los seres humanos para trascender nuestra pobre condición intrascendente. José Mª siempre es un libro abierto del que, todos los que tenemos la suerte de conocerlo (es decir, de quererlo) hemos podido aprovechar alguna enseñanza, un cofre expuesto de par en par para que todo el que quiera participe de sus tesoros. No se guarda nada para sí; todo está a disposición del que lo encuentra. Y en esa actitud desprendida, aparece aquello que justifica estas líneas: el teatro, uno de esos regalos que él disfruta entregándolo a la gente. Pero, que nadie piense que José Mª Ortega, en este mundo de la escena, no lleva más equipaje que el entusiasmo o la pasión desbordada; no. José Mª es un experto conocedor de la técnica teatral, una autoridad en el universo de la dirección escénica, mezcla de arte y oficio, de creatividad y de técnica. Quien lo ha visto y disfrutado dirigiendo, sabe que tiene en su cabeza un escenario y, por eso, para cada situación, tiene siempre, de forma invariable, la respuesta técnica y artística adecuadas. Pero, esta vez, ha echado mano de su sabiduría y de su experiencia para ofrecernos una obra de teatro; se ha bajado de las tablas y ha cogido la pluma y el papel. De su trayectoria y de su entusiasmo vital, habríamos esperado encontrarnos con una comedia; pero, no. Ha escrito un drama. Pero, que nadie se asuste, el resultado es como su propia vida: un canto a la capacidad de superación, un triunfo de la vida sobre la muerte, una oda enternecedora a la amistad. José Mª Ortega ha sido capaz de poner un trozo de su propia vida encima del escenario, un episodio de esos en los que se ha ido dejando a jirones el alma; y lo ha hecho de la única forma que él sabe hacerlo, de la misma manera que vive: sin eufemismos, sin rodeos; de forma directa, clara y descarnada; dolorosa, pero consoladora. Los que no tenemos su espíritu ni su vigor envidiable, hallamos en esta obra suya, de igual forma que en su ejemplo diario, un asidero al que agarrarnos cuando vienen mal dadas, cuando la tarde se pone negra y pesa más el desánimo que el propio cuerpo. José Mª ha escrito algunas cosas más, pero no se conservan; esta es la primera de sus obras que vemos publicada y que tenemos la suerte de disfrutar. La vida sigue y su propia vida son el resultado de una ecuación infalible: alegría, generosidad y...talento. José María Tornay Ruiz
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