Aunque yo titulé el pregón “Aquellas pequeñas cosas”, porque creo sinceramente que ellas son las que conforman nuestra existencia de la manera más esencial, ahora tengo que aclarar, que siendo eso cierto, al tratarse de Ronda, la verdad que es que busques entre su gente, entre su anatomía o su paisaje, sólo encontramos grandeza y esplendor. No, Ronda no tiene ninguna pequeña cosa.
Mi pretensión de renunciar a los tópicos y a los lugares y personajes más universales, me llevó, eso sí, a calibrar mis pequeñas sensaciones ante las cosas menos conocidas de Ronda, que no menos grandiosas.
Por eso, con la intención de no abandonar ese material sobrante y como agradecimiento a la espectacular acogida que tuvieron los versos recogidos en el pregón, emprendo la tarea de montar esta obra, que estará en su integridad y en toda la intención de su autor, dedicada a vosotros y vosotras, rondeños y rondeñas, que sois y somos lo más importante de esta ciudad. Por muy grandes que sean éstas, por mucho arte o historia que atesoren los pueblos y las ciudades, lo esencial siempre es la gente.
La gente que los ocupa y que pasea por ellos sus zozobras y sus alegrías, sus dudas y sus certezas, sus temores y sus vanidades; Esos que ponemos nuestra meta en sueños y quimeras (pura condición humana), pero que nos agarramos irremisiblemente al clavo ardiendo de las pequeñas cosas donde encontramos el cobijo necesario, el refugio imprescindible para guarecernos del temporal de las crisis y las pandemias, de las alarmas interesadas y los miedos oportunos.
Esos que hacemos la historia, aunque no aparezcamos en los libros de texto; los que tiramos del carro, aunque no seamos protagonistas de nada; los que configuramos el paisaje humano y diario de nuestros espacios colectivos, aunque no firmemos en ningún libro de honor; los que desde el anonimato de nuestras existencias calladas y prudentes, forjamos con nuestros esfuerzo y voluntad, contra viento y marea, el presente que nos acoge y el futuro, más o menos imperfecto, que queremos para nuestros sucesores.
Así que, sólo me queda repetirlo en verso:
Preparando el pregón
nacieron tantos versos
que sólo pude daros
una parte de ellos.
Una parte de mí,
el alma de mi pueblo,
de sus pequeñas cosas,
de nuestros grandes sueños.