Anda buscando el sol su madriguera
y en Ronda deja un rastro de primores,
un mosaico de plácidos colores,
un brochazo de eterna primavera.
Rompe el velo la clara cordillera
dibujando paisajes soñadores,
de tardes, de penumbras y de albores
vestidos por la gama arrebolera.
Lanza en su adiós un luminoso guiño
al Tajo que descansa bajo el Puente
y lo mismo que duerme y sueña un niño
con pesadez de sueño se retira.
La noche se presenta de repente
mientras la tarde sin dolor expira.