Desde tu luz jerezana
a tu tajo bandolero,
bordaste luz de mañanas
con tu verbo compañero.
Donde el polo y la serrana
cantan a dioses toreros,
de par en par tu ventana
iba aventando luceros.
Como un trueno de armonía
tu voz entraba en la estancia
e inundabas de alegría
los pasillos de mi infancia.
Del jugo de dulces parras,
de encinas recias, bravías,
del temblor de las guitarras,
del sol de la serranía,
fuiste llenando tu armario
a lo largo de tu vida,
que hoy notamos, solitarios,
que no fue causa perdida.
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