EN SUS LAURELES

Ya no tiene quien siembre su barbecho,

ya no siente sus dedos en la espalda,

ni ya le aturde el vuelo de su falda

ni está su nombre ardiéndole en el pecho.

 

 Pasión varó en la orilla, naufragada;

el fuego eterno se quemó en la nieve;

lo que fue el todo se tornó en un leve

y pálido reflejo de la nada.

 

 Nadie atizó la llama consumida,

pensaban que era un cielo permanente

aquel tiempo de rosas y claveles

 

 que una vez  por azar les dio la vida.

Y el amor se hizo sueño eternamente,

se durmió para siempre en sus laureles.