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EN
SUS LAURELES ya no siente sus dedos en la espalda, ni ya le aturde el vuelo de su falda ni está su nombre ardiéndole en el pecho.
Pasión varó en la orilla, naufragada; el fuego eterno se quemó en la nieve; lo que fue el todo se tornó en un leve y pálido reflejo de la nada.
Nadie atizó la llama consumida, pensaban que era un cielo permanente aquel tiempo de rosas y claveles
que una vez por azar les dio la vida. Y el amor se hizo sueño eternamente, se durmió para siempre en sus laureles. |