ESA LUZ DIVINA

  Esa luz divina
que nos ciega la frente,
que brota de abismos y de cielos,
que está en cada rincón,
que inunda los espejos
de una fuente interior
deshabitada,

convierte en páramo el jardín
y riega los desiertos.

Esa mano de Dios
asiendo con sus dedos invisibles
la terrible verdad,
que esparce pertinaz sobre los hombres,
señala por siempre los senderos,
mide sin cesar oscuridades;
capaz de amor inmenso,
inmenso amor,
deja sus predios de la mano de Dios
y atiende lo imposible.

Ese ojo encerrado en un triángulo
que presiente todas las presencias,
que no conoce límites
ni siquiera en su divino ser,
incansable, infinito,
que todo lo vislumbra,
que ve su propio ojo,
oscurece sus céfiros dominios
para alumbrar la nada.

Ese terrible círculo perfecto
que ocupa todo,
que todo lo sabe y lo imagina,
total totalidad,
suma perfecta
de imperfectos sumandos,
brutal capacidad,
suprema dimensión,
cobija vacuidades
y desaira recónditos temblores.

Ese oído de Dios
que escucha lo inaudible,
que interpreta sin luz los corazones,
que dispone sublimes pentagramas,
consonantes acordes,
que goza con grandiosas melodías,
que inventa ritmos puros
y mora en la armonía,
está abierto a truenos y explosiones
y no puede escuchar la voz del hombre.