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La tarde se ha puesto negra (Para mi amigo Migue Perujo, ausente para siempre). La tarde se ha puesto negra, el cielo se ha vuelto negro: una feroz puñalada me ha calado hasta los huesos y las más tristes palabras se han apropiado del viento. Negros crespones adornan las fuentes y los almendros, las calles de La Ciudad, las ollas y los calderos. Sin ti, Miguel, queda un hueco
más grande que el universo: en el insípido invierno? ¿Quién la salsa más sabrosa en el mustio aburrimiento? Alumbrado por la luna que brilla en el campo abierto, bajo las ramas frondosas de aquella encina, te espero: avisaré a los amigos, tendré preparado el fuego, las copas sobre la mesa y el mejor vino dispuesto, para que cuando tú acudas convertido en polvo eterno, brindemos por la salud celestial de un hombre bueno.
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