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LA TERRIBLE PARADOJA
Prisionero de un cuerpo que
se arrastra
aspira el hombre a saciarse de infinito:
vencido por el peso que lo lastra
admite su marchamo de proscrito.
Pero no se conforma y
siempre en guerra
tremenda y desigual gasta su vida
intentando encontrar una salida
que lo levante un palmo de la tierra.
Con sus humildes armas
pertrechado,
hacia la cima con afán se entrega
como Sísifo eterno condenado
a volver a empezar en cuanto llega.
¡Qué cruel paradoja y de
qué modo
nos tiene bajo el peso de su espada!:
ser capaces de presentir el todo
y estar predestinados a la nada.
¡Qué insoportable y negra
soledad!
¡Qué feroz desatino! ¡Qué tormento!:
ser capaz de pensar la eternidad
y poderla vivir sólo un momento.
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