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LA ÚLTIMA CENA |
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Se citaron por la noche, oscura como el momento, para colocar un punto y final a sus recuerdos. A media luz, las miradas iban trazando el misterio de las triples volteretas que sufren los sentimientos.
Lo mismo que unió una vez, hoy produce desencuentro; las olas, que ayer bañaban, hoy ocasionan siniestros; la nave ufana no es más que un barco a merced del viento. Las palabras se hacen dardos, que lastiman el silencio y las horas se hacen áridos, interminables desiertos. La claridad se oscurece y lo blanco se hace negro; la frescura se marchita y abril se vuelve febrero.
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La terrible tempestad hizo estallar los veneros, reventó los manantiales, cegó los abrevaderos. Se evaporó la ternura y el desamor se hizo el dueño, y se comió la alegría el voraz aburrimiento.
¡Cómo se alteran los ritmos cuando se cambian los tiempos!
La terrible saciedad se bebe al frágil deseo y la lujuriosa carne se vuelve impasible acero y entre la duda y la nada crece un insondable océano.
Entre velitas doradas brindaron con duros verbos, encendieron los reproches y apagaron los encuentros. Trocaron la común senda por caminos paralelos; y así cerraron un mundo
para abrir un universo.
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