Como una noche incendiada

mi barrio tiene la sangre:

azul de mirar al cielo,

dulce de tanto mirarse.

Mi barrio tiene una luz

que derrama por sus calles

como un tesoro infinito

de todos, pero de nadie.

Mi barrio está siempre lleno

de gentes de todas partes

que nunca comprenderán

sus secretos ancestrales,

esos que sólo conocen

los que sus sueños comparten.

 

Mi barrio tiene la piel

curtida por mil azares

y en sus venas fluyen gotas

de linajudos linajes,

por eso siempre parió

apellidos respetables:

testigos y testimonio

de indelebles lealtades.

En mi barrio hay cofradías

con aromas medievales,

amigas de las cadenas

y de dogmas seculares.

 

 

 

 

Mi barrio dibuja escudos

coronando los portales,

de muy rancios abolengos

y de oscuras vanidades.

Pero mi barrio también

sabe mirar adelante,

quiere encarar el mañana

y el presente más vibrante.

Mi barrio vive hacia dentro

y por sus poros se evade,

se proyecta hacia el pasado

y hacia el futuro se esparce.

En sus arterias los piercings

se alinean con los trajes

y las severas beatas

con alegres colegiales.

 

Mi barrio aún se estremece

mirando al sol de la tarde

cómo dibuja en el cielo

arreboles impensables.

Mi barrio tiene fronteras

que limitan con el aire,

con murallas infinitas,

con tapices celestiales.

Mi barrio es parte de mí

como yo de mis verdades;

no puedo reconocerme

sin mirarme en su paisaje.