Yo conocí por techo el firmamento
en las noches ardientes del verano,
cuando estaba al alcance de la mano
viajar en la rosa de los vientos.

Mi infancia fue alumbrada con candiles,
calentada con cisco y con carbón;
cumplí sin darme cuenta diez abriles
soñando con anuncios de neón.

 Y fui creciendo a mi modo
en una casa encantada,
donde faltando de todo
nunca nos faltó de nada.

Yo vine al mundo en una gris España,
odio y sangre aún brotaban de su tierra,
heridas como estaban sus entrañas
por los cristales rotos de la guerra.

Pero yo con los míos tuve suerte
y, aunque hubo miembros en las dos partidas
siempre apostaron por vivir la vida
y rechazar el reino de la muerte.

En el campo entre amapolas,
entre rastrojos y espinos,
el alma vislumbra sola
los recodos del camino.

Las raíces
Yo nací entre espigas y entre cabras,
polvo en verano y barro en el invierno;
el pan más duro siempre estaba tierno,
calor de leña y aroma de las cuadras.

Y fui de la campiña hasta la sierra
aprendiendo a esconder las emociones,
a sacar los tesoros de la tierra,
a romper con la yunta los terrones.

En el campo, entre la gente
que pisa la dulce tierra,
uno se vuelve simiente
y a las raíces se aferra.


Yo bebía del agua de una fuente
alegre, juguetona y cristalina;
agua que rebotaba saltarina:
polvo de lluvia, puro y transparente.

Vine al mundo enganchado a un pentagrama
chabacano, entrañable y sensiblero,
eché a andar con Juanito Valderrama,
fui en mi jaca con los cuatro muleros.

Entre espinos y rastrojos,
entre chaparros y rocas:
se aprende a hablar con los ojos
y se mira con la boca.