TÚ SALUDAS A LA GENTE
 

 

Tú saludas a la gente por la calle

vuelves pronto a tu casa,

eres un padre responsable

y un esposo solícito y dispuesto.

Nunca faltas al trabajo

ni tienes malos gestos con la gente,

te comes lo que ganas;

vives como te lo permite

tu modesto sueldo.

Estás alegre aunque te sientas triste,

intentas animar al que padece

y pones buenas caras

a todo el que se cruza en tu camino

Das lo que puedes,

no piensas más en ti que en los demás

y tienes una mano generosa

para quien la necesite.

No hablas jamás de nadie por la espalda,

te dan fatigas los programas rosa

y padeces los nervios de tus jefes

y el rencor de la envidia que no cesa.

Te inventan intenciones y romances

que jamás has soñado,

pero por ellos te juzgan y te tratan,

sin ninguna clemencia,

sin ninguna verdad.

Eres un ciudadano responsable

que paga sus impuestos

y vota cuando toca.

 

 

 

 

 

 

Funcionas con unos principios inviolables

de esos de antes

que mamabas de tus padres

y de la gente honrada que veías a tu alrededor.

Pues bien, no te sientas orgulloso:

no eres absolutamente nada,

ha pasado tu tiempo.

Ninguna televisión se va a interesar por ti,

nadie va a ir a entrevistarte,

ni vas a ser modelo de conducta

porque para nadie vas a ser una referencia.

Nadie te va a admirar tu honestidad,

ni tu competencia ni tu profesionalidad.

Hoy ya no eres nada,

sencillamente la nada;

la ausencia,

no existes.

Reconoce que te han faltado cojones

para ser alguien.

Con lo fácil que era.