LO QUE EL VIENTO NOS TRAJO I
En la sección "Lo que el viento se llevó" paso yo revista a aquellas cosas que han ido desapareciendo con el tiempo. El mismo tiempo que, en su lugar, ha puesto otras, no siempre mejores, ni tampoco peores; siempre distintas (LO QUE EL VIENTO NOS DEJÓ o NOS TRAJO). Ya algunos de esos cambios se reflejaban en esa sección; ahora haré hincapié en los que considero más significativos, sean del signo que sean.
Una de las cosas que los últimos tiempos nos ha traído ha sido la dictadura de un turismo avasallador que está acabando, de forma irremediable, con todas nuestras señas de identidad. No dudo de las ventajas que esta masiva e indiscriminada afluencia de foráneos tiene para la economía de algunos de mis convecinos (por ellos, sinceramente me alegro), pero la devastación que provoca no puede ser ignorada. Ésta de la derecha es una imagen habitual por las calles y callejones del Casco Histórico. Hace cuarenta años se veían en solitario o por parejas y eran un elemento exótico.

Hoy suponen un elemento que ha vuelto incómoda la ciudad, que la ha encarecido y que la ha convertido, sin más, en un destino turístico de moda como tantos otros. Y en ese contexto, quedan justificadas imágenes como la de la izquierda: tenderete tras tenderete, la calle queda absorbida por el negocio monocorde de los recuerdos, el refresco y la comida rápida y precocinada. No es nuevo ni es malo el turismo, pero sí es novedosa esta masificación de foráneos y no son tan positivas las consecuencias demoledoras que provoca, entre ellas la incomodidad para moverse por estos espacios abarrotados de personas y reclamos.
Y nos ha traido, de una manera, paulatina al principio y desbordada en los últimos años, una acumulación de vehículos que ya hacen insostenible el estado de la circulación en toda la ciudad. Sin previsión, nuestros constructores y autoridades, no han sabido solventar el problema de los aparcamientos creando espacios adecuados.
Así, por ejemplo, esta plaza que nos servía de campo de fútbol, hace mucho que cambió la alegría de las voces infantiles por el rugir bronco, estridente y contaminador de los motores y tubos de escape. Estamos hablando de la plaza del beato Diego, en la calle San Juan de Letrán.
Y como una consecuencia lógica, han proliferado los hoteles, las casas de turismo rural, e incluso, los hoteles en pleno campo. Todos de calidad y ofreciendo unos servicios adecuados y modernos, que hacen olvidar las antiguas pensiones de mala muerte y de escasa higiene.
El turismo que usa estos espacios sí que deja riqueza en la ciudad; el de bocadillo y visita fugaz no crea más que malestar e incomodidad.
Este hotel, ubicado en pleno corazón del casco histórico es una auténtica preciosidad; con muy pocas habitaciones, pero con un enorme encanto por su enclave y su decoración.
Y también como consecuencia de la renovación positiva que generan los nuevos vientos,nos encontramos con una gente más moderna y adaptada a los tiempos. Con más universitarios y con más títulos superiores. Con más medios económicos, pero también con más conciencia ecológica. Con una calidad de vida que hace que ni las imaginaciones más activas sean capaces de recordar al personal desarrapado y con alpargates que pateaba esta misma calle no hace tantas décadas. Cosas de la clase media, que ahora es capaz de gozar de lo que antes tan sólo era privilegio de unos pocos insolidiarios, refugiados en su estéril caridad.