LO QUE EL VIENTO NOS TRAJO IV
Y el viento nos ha traído un nuevo concepto de hostelería, adaptado a los tiempos y, sobre todo, a nuestra condcición de ciudad receptora de turismo a granel. Las barras han sido sustituidas por las terrazas y las rubias espectaculares (la imagen es de la terraza del Bar de David, en la Plaza Duquesa de Parcent) a los parroquianos corrientes y molientes. Por este lado el cambio ha ido a mejor; no ha sido así por lo que respecta a la tradición del tapeo, que se está perdiendo en la misma medida en que está ganando terreno la comida rápida y adaptada a los gustos foráneos. Lástima, así los extranjeros nunca llegarán a conocer y gustar una de nuestras costumbres más y ricas y sabrosas.
Sólo en los barrios periféricos están quedando bares de copa y tapa. En el centro ya son un recuerdo del pasado.
Los vientos vienen enganchando una fiesta con otra, de forma que ya lo extraordinario son los pocos días libres que quedan entre ellas.
En esa dinámica, la feria de septiembre pasó a tener una duración de 7 días, dejando en el olvido los míticos tres días de hace algunas décadas. Recuerdo que esta feria siempre se celebraba de forma fija durante los días 8, 9 y 10 de septiembre, sin importar en los días de la semana que cayeran. Sin duda, era un vestigio del origen que, con toda seguridad, estaría en los tres dçias típicos dedicados a la feria del ganado que se celebraba de forma itinerante en distintos pueblos importantes de Andalucí y, supongo que también, en el resto de España.
Más días, más diversión, más gastos...y la famosa y polémica feria del centro.

Y aquélla feria de mayo, que era un anticipio de la de septiembre, paralela también a la del ganado, prácticamente desapareció.
Afortunadamente, desde hace unos años se ha recuperado como feria de muestras y de maquinaria. En un estupendo ambiente y durante tres días, se nos ofrece la ocasión de probar tapas y embutidos, diversos platos, vinos, tractores, máquinas de jardí y obesrvar lo último en muebles, depuración de piscines, etcétera, etcétera.
Pero aquella feria de hace treinta años también tenía su encanto. Los colegios, por una vez, dejaban libre una de las tardes y era como una explosión de libertad sentirse liberado de una obligación escolar que nos ataba prácticamente los siete días de la semana.

Y, los vientos trajeron también una corrida Goyesca, tradicional seña de identidad de esta ciudad, progresivamente decadente. Desde que el maestero, Antonio Ordóñez, dejó de vestirse de torero, la corrida goyescxa fue perdiendo caché. Tras su desparición física, ya como empresario, paso a manos de indocuimentados que has conseguido descafeinarla por completo y convertirla en un coto privado de la familia.
Con el Maestro, esta fiesta era el colofón de la temporada taurina española y a ella acudía aquellos diestros que habían mostrado a lo largo de la misma las mejores condiciones artísiticas. Sólo venían los números uno. Hoy, vienen los números que hagan falta, con tal de que no falte el pequeño empresario, al que se le puede aplicar, como torero, cualquier calificativo menos el de artista, que era el que justificaba la presencia aquí.
Y poco a poco, el viento fue sembrando nuestras calles y rincones con motivos esculturales, más o menos acertados, tanto en su ejecución estética como en la elección del tema o del lugar. Soy partidario de estos monumentos porque que hacen ciudad, le dan categoría y sirve para honrar, la mayoría de las veces, la memoria de ilustres personajes. Soy partidario, además, de la escultura civil, que se dedica a figuras poco conflictivas y que generan consenso alrededor de ellas. En la medida de lo posible, se debe evitar el homenaje político y religioso, porque suelen crear disputas y desacuerdos, poco aconsejables en espacios como las calles, que son de todos. Pero de calidad, y ésta no siempre se consigue: no hay más que darse una vuelta por la Plaza del Socorro, donde el grupo escultórico de la fuente, invita a pedir ¡socorro!