LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ I

La nostalgia es una enfermedad de la memoria. Sufrir por el
pasado es tan necio como anhelar el futuro. Nuestra vida no tiene más realidad que el presente, ese que se va diluyendo como un azucarillo y que, sin darnos cuenta, va convirtiendo en pretérito cada futuro que nos vamos encontrando. Lo que quiero presentar en esta sección no es más que un testimonio personal y gráfico de aquellas cosas, sensaciones, personajes y territorios que han ido desapareciendo al paso aniquilador del tiempo y del hombre. Pero sin añoranzas.

Ahí sigue en pie, firme gracias a las vigas de hormigón y a las inyecciones de nuevos materiales, pero mi casa ya no está: aquélla de 1963 ha desaparecido porque ya se fueron las gentes que le daban vida y aliento. Lo que pronto será un hotel era un patio de vecinos: ¿seis, siete? No recuerdo bien. Sí tengo presente a Pepe "el relojero", ¡qué elemento! y a Lozano y sus interminables peroratas por las calles al calor del vino peleón. Cuántos ratos detrás de ese balcón esperando la llegada a la Plaza Duquesa de Parcent, de los dos o tres coches que había en Ronda. Para mí, gente de campo, aquéllos pequeños vehículos eran todo un acontecimiento.. Había un 600 negro que era de uso militar que venía todos los día (hay que tener en cuanta que, donde hoy está el Ayuntamiento, había un edificio del ejército: la Zona de reclutamiento, creo que era). Hoy es imposible hacer una foto sin que aparezcan estos artefactos tan útiles y tan diabólicos.
Y el viento se llevó también el carbón y al carbonero; en esa pequeña puerta, junto al Señor del Perdón, los vecinos adquirían el combustible a paletadas para sus humildes braseros. Tiempo de cisco y de mujeres prendiendo la "copa" en las puertas de las casas. De badila y de sabañones. De olor permanente a quemado en las casas.Aún tengo en la memoria las manos y la cara negra de aquél joven carbonero (aún vive y vende carbón en el Barrio de San Francisco, pero ya en sacos y en plan manufacturado para barbacoas).El gas, la electricidad y demás bienes de progreso acabaron con su penoso trabajo, pero entonces era un elemnento esencial en nuestras modestas vidas cotidianas. Es curioso, la puerta y el interior siguen como estaban; algo inconcebible en estos tiempos en los que antes de desaparecer algo ya tiene asignada una nueva función generadora de recursos económicos.
Y se llevó "el callejón de los muertos" y dejó un moderno patio de vecinos respetuoso con el entorno. (Hoy las cosas son tan respetuosas con el entorno que resultan frías y excesivamente calculadas). Aquél callejón era mágico: ¡cuántas leyendas circulaban sobre él! ¡Qué escalofríos producía su obligado paso!
Su tránsito era un aldabonazo para las conciencias: unos sobre otros se apilaban multidud de féretros (entonces los llamábamos "cajas de muertos"), embalajes para la otra vida, para el otro mundo, que se podían vislumbrar tras la puerta entreabierta. A veces se intuía algún operario, al que considerábamos enviado del infierno. Pocos se atrevían a pasar por allí en solitario. ¡Cuántas bromas no habrá urdido mi amigo Antonio Becerra en este tétrico entorno! Encima, lindaba con la iglesia, donde te recordaban sin cesar que eras polvo y aquí, en este callejón, podías comprobar que la cosa iba en serio.
No ha corrido mejor suerte mi Colegio. Ahora acaba de cerrar definitivamente (año 2004), pero ya hace décadas que desapareció. Lo hizo cuando perdió su identidad y pasó de mano en mano hasta llegar a su estado actual.No hay nostalgia en estas palabras por un determinado tipo de educación que tampoco tenía ya sentido desde hace bastante tiempo, sino pesar por el abandono de unas estupendas instalaciones que serían muy útiles para el presente y el futuro de esta ciudad. Allí hizo uno sus primeros pinitos deportivos, sus primeros ensayos teatrales y sus primeras piruetas musicales. ¿Cómo no tener en el corazón semejante caldo de cultivo? ¡Qué tardes de domingo compartiendo cartel con las más ilustres estrellas de Hollywood! El Gordo y el Flaco me marcaron para siempre. "La barca sin pescador" me inyectó el suficiente veneno como para que aún siga enamorado del teatro. Aquel patio de losetas fue el Bernabéu que aún conserva mis desmarques y mis goles espectaculares. Sueños que siguen vivos, porque los sueños no desaparecen hasta que no lo hace el que los alimenta. Y medallas, en aquellas espléndidas olimpiadas que nos transportaban a escenarios helénicos...
Y mi calle sigue ahí, con el mismo zócalo y los mismos balcones y las mismas ventanas. Pero hay algo que la ha hecho desaparecer y que ahora sea otra: los coches han ocupado el lugar de las personas y los contenedores de basura, el espacio de mi segundo campo de deportes. Aquí, entonces, ponía yo en práctica lo que en "El Castillo" aprendíamos de manejo de la pelota y de estrategia para salir airoso en espacios reducidos. Hoy tengo la suerte de vivir en la misma calle, aunque en distinta casa. El disco parece indicar que los niños ya han perdido el espacio vital que tenían en las calles; ahora andan en otros menesteres menos ecológicos. Lo mismo pasó con el rellano de la "Puerta de Ávila" y con la Plaz de la Paz, auténtico estadio irregular con dos porterías asimétricas que, a veces, eran puertas de sendas cocheras. En lo que era una de ellas, está ahora mi ventana, mirador de bodas y procesiones.