LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ II
Y se ha ido llevando muchas cosas y personas y sentimientos y sensaciones...pero, los que hemos tenido la suerte de crecer en un barrio como éste, monumental y antiguo, hemos visto menos cambios de lo habitual, al menos en el paisaje urbano. Muchas cosas siguen estando ahí (ya lo veremos en la sección LO QUE EL VIENTO SE OLVIDÓ). Eso facilita la tarea de la memoria, pero también hace que los recuerdos siempre esstén a flor de piel, incluso cuando no se solicitan y, a veces, hasta duelen como pequeños aguijones en el alma.
Cuando yo salía de mi casa, por la puerta que ha sido sustituida por ese hueco enladrillado, giraba a la derecha y me encontraba con aquélla puerta negra, que sigue igual que entonces. Es una pequeña puerta, humilde, de hierro, ajena a la grandeza de los demás accesos de la Iglesia Mayor. No es casualidad que por ella entrara y saliera el más insigne de sus rectores: D. Antolio Gamboa. Su figura y su persona casaban bien con esta entrada, pero su trabajo era grande, imponente, ejemplar. Lástima que este tipo de ejemplos no cundan. Muy al contrario, el apostolado ha elegido después otros caminos menos modestos.

Un breve trecho me ponía frente a la entrada principal de mi colegio (nunca dejó de serlo; incluso, durante un largo periodo -del 80 al 92- tuve la maravillosa experiencia de dirigirlo). Creo recordar que los alumnos teníamos el privilegio de entrar por esta puerta. Los días de fiesta lo hacíamos por la trasera, que da al Campillo, para nuestro fútbol de todos los domingos. Yo sólo tenía 10 años y, más que jugar en serio, aprendía viendo cómo lo hacían aquellos magos gigantes del balón. Aquí pasé un curso; luego me incorporé al Castillo. Hace poco leí un libro dedicado a D. Abraham y reviví muchos de aquellos espacios y personajes.

Justo enfrente de la entrada principal del Colegio estaban las puertas de la Casa del Gigante. Siempre cerrada una y tapiada la otra. Dentro crecía un naranjo que hacía rebosar sus frutos por los bordes de las altas paredes. También peleaba por enseñar sus retoños un anciano olivo. A lo largo de los años, creo recordar que, al menos, un par de veces, se habilitó como sala de fiestas, bailes y bar. Nunca duró mucho tal actividad, tal vez por las protestas de los vecinos. Hoy se hay convertido en un coqueto museo y en el centro de la plaza luce el busto de Vicente Espinel, que anteriormente estaba en la plaza Duquesa de Parcent (actual Ayuntamiento).
Avanzando por el callejón que lleva a la Iglesia Mayor, a unos treinta o cuarenta metros de la entrada principal, se encontraba la puerta de entrada a la Capilla del Colegio. Antes del acceso a ésta, te encontrabas con un precioso jardín de altos árboles y plantas siempre muy bien cuidadas. Hoy aquéllos están ya muy descarnados por el tiempo, aunque los jardines siguen estando tan mimados como entonces. La capilla era de visita obligada. La misa era diaria y, a veces, una cerenonia especial en la que se daba por parte del sacerdote de turno, la bendición en plan solemne. Hoy está dedicada al museo Joaquín Peinado.
Había en la capilla dos puertas en la esquinas donde estaba ubicado el altar. Una era practicable y llevaba a la sacristía y por ella entraban y salían los celebrantes y acólitos. La otra, en el otro extremo, era mágica. Estaba pintada (era virtual), imitando a la otra real y hacía posible que nuestra imaginación calenturienta y convenientemente atizada por los curas, inventara mil y una historias sobre los tesoros que escondía.
Volviendo la espalda a esta puerta de entrada al jardín y a la capilla, me encontraba con la imponente mole de la Iglesia Mayor y con el callejón que, después, y durante varios años, me llevaría a mi otro Colegio: El Castillo.