LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ III
La verdad es que si tuviera fotos de la calle Armiñán de hace cuarenta años no habría muchas diferencias apreciables con las que aquí pongo, recién salidas del horno. El paisaje es parecido (ahí está el minarete para atestiguarlo), pero la gente ha cambiado: a los que han ido desapareciendo para siempre se han unido los que cambiaron su residencia por razones diversas.

Y una cosa que no aparecería en una imagen de aquellos tiempos sería esa reata de coches, permanente, insistente, a cualquier hora del día y de la noche.
A la izquierda y junto al Juzgado, sigue estando "La Jaulita". Más allá, desapareció el famoso cartel de la CLÍNICA VETERINARIA DE JOSÉ MEJÍAS CLAZADO". El letrero debió sobrevivir durante mucho tiempo a la clínica pues yo no llegué a conocer este local como tal, sino como almacén de aceitunas. En la acera de enfrente había un estanco, regentado por Pepe Vázquez. Allí se criaron y crecieron sus hijos, mis amigos Miguel Ángel, Tere, Mari...
Siguiendo hacia arriba, en la dirección del Puente Nuevo, nos encontramos en la esquina del minarete con una tienda que, en aquéllos tiempos, fue una churrería. ¡Qué sabor le daba a la calle entera! ¡Qué ambiente por las mañanas! ¡Esas mujeres volviendo a sus casas con el papelón aceitoso y los que quedaban en ellas, anhelantes ante la inminente presencia del rico manjar! Aquello no duró mucho; pronto se convirtió en la típica tienda de barrio que vende de todo y así sigue, con Cristóbal a la cabeza.
Y más allá, el minarete, como paradigma de la presencia de lo antiguo de verdad, como rastro de ancestrales vecinos que fueron forjando esta calle entrañable y hoy absolutamente congestionada. La última reforma no remedió nada. Tal vez el bolsillo de algunos.
Y enfrenre, en la misma plaza, tenemos la panadería. Hoy no es más que un despacho de pan convencional, un despacho de pan más. Pero entonces tenía su horno interior y allí se amasaba y se cocía y se vendía. Luego incorporó más productos a la venta y se fue convirtiendo en una tienda como otra cualquiera y así fue perdiendo todo el sabor que tuvo y que yo aún llevo encima.
Hoy, esta calle como el resto del barrio de La Ciudad, se ha convertido en un enorme bazar de antigüedades y de tenderetes de souvenirs y garitos de bebidas y comidas rápidas para turistas. Están completamente desnaturalizados.
En este portal ribeteado de rojo o en la siguiente puerta, no recuerdo bien, había una pequeña escalinata que conducía a un comercio, para mí, mágico. Sin duda el que más me gustaba visitar. Era una papelería (¡Cuántas pesetas en folios gasté allí!). Mi afición favorita era machacar folios con la máquina Olivetti que me había dejado mi hermano.¡Con qué poco se conformaba uno entonces! Ya no ha vuelto a haber en mi barrio una librería, ni una papelería siquiera. Yo estuve más de una vez tentado de embarcarme en el negocio, pero nunca llegó a cuajar. Además, los locales de esta zona están más que adjudicados aun antes de ser construidos. Los que no estamos en el meollo del negocio, lo tenemos prácticamente imposible. Al menos, esta papelería, mi papelería, aún sigue proporcionándome hermosas sensaciones.

En esta imagen no hay ni un coche:¡milagro! ¿Cómo han podico convertir esta artera esencial en un auténtico cuello de bottea insufrible?Los políticos, en general, actúan sin ninguna responsabilidad. A ver quién arregla esto ahora. Tal vez para compensar, ahora quieren eliminar la circulación del resto del barrio. Pero no ofrecen alternativas para los aparcamientos actuales. Son unos irresponsables, repito. Al final, se marchan y nadie les pide cuentas.
En el actual bar Luciano (que, por ciero, también ha sucumbido a la moda turística), yo he conocido alguna que otra taberna típica (Narváez, Mosquera). Ya no quedan bares.

En la próxima entrega seguiré desde aquí hasta el Puente Nuevo, recordando lo que el viento se llevó de esta magnífica calle Armiñán (no me gusta decir de Armiñán, porque las calles son, deben ser de todos). Pero antes quiero revivir los recuerdos que se renuevan al mirar esa magnífica portada de piedra que hoy da la entrada a un bloque de apartamentos. En su día fue un acceso mucho más modesto, a un patio típico de vecinos, con el patio en el centro y las casas a los lados. Recuerdo que en la pared de la entrada se anunciaba una peluquería. Curiosamente, hoy que hay más cabezas que arreglar y más dinero en los bolsillos, no ha quedado ni una en todo el barrio. En aquel tiempo, además, había otra, justo en mi calle, San Juan de Letrán, en la esquina que da a la plaza de Ávila.