LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ IV
Este último tramo de la calle Armiñán es el que más ha sufrido los embates del viento de la historia. Hoy sólo se mantiene la fachada de algunas casas señoriales, pero los negocios fueron cambiando de actividad o, sencillamente, desapareciendo.

Y el viento se llevó también una tienda entrañable que había aquí (la tiendecita). Hoy su lugar es ocupado por las necesidades de la servidumbre de nuestro presente: el turismo. De cualquier rincón sale un pequeño negocio (pequeño en tamaño, no en beneficios). Hoy ha sido sustituida como tienda por otra que se abrió hace algunos años, en la acera de enfrente. La tienda de Isabel (¡cómo habla esta mujer! Justo enfrente, sigue estando el callejón de San Antonio que, además de dar acceso a la viviendas que sigue habiendo en la zona, sirve de entrada a una cochera comunitaria. En la sección LO QUE EL VIENTO NOS DEJÓ volveremos a este lugar.
María se llamaba la señora que regentabla "la tiendecita"; luego, la sustituyó, su hija, también María. Todo el día estábamos de la casa a la tienda. Siempre faltaba algo.

También nos quedamos sin la barbería que había en esta zona; creo que estaba en la puerta color madera que se observa en el centro de la imagen. Se accedía, de eso estoy seguro, a través de algunos escalones. Esta es la zona en la que, durante años, se colocó un semáforo, a uno y o otro lado del estrechamiento. Semáfor en realidad innecesario pues antes de colocarlos, los vehículos se cruzaban perfectamente; bastaba con recuir un poco la velocidad. Luego, con los semáforos, se convirtió en un tapón lamentable en la arteria más transitada de la ciudad. El retanqueo de hace unos años hizo posible la normal circulación al evitar el estrechamiento, pero, lamentable e increiblemente, éste se trasladó cien metros más hacia el barrio de San Francisco.
Y enfrente a la derecha, teníamos el bar de Matías. ¡Cuánta vida había en esta esquina. Tenía un despacho de vino en el zaguán que había detrás y que daba acceso a la vivienda. Con el tiempo, el bar desapareció y colocó un carrillo de chucherías en la zona que ocupaba el despacho de vino. Después de una temporada en la que el local se usó para venta de pieles finas, hoy ha vuelto a ser un bar, pero, por supuesto, sin el saber que tenía aquél mítico de Matías. El retanqueo del edifico ha posibilitado una zona porticada, que se ha convertido en un pequeño paseo comercial, por supuesto enfocado hacia los visitantes nacion ales y extranjeros. En ese pórtico, hacia el centro, se encontraba la casa donde nació don Francisco Giner de los Ríos, un santo laico. Yo invito a conocer, al menos, su vida.
Aquí había una farmacia. Es cursiosa la variedad de comercios que había en esta zona de La Ciudad. Hoy no hay ninguna variedad, sólo monotonía: tinglados para turistas. Justo donde estaba la farmacia, creo que se llamaba Garcés, que fue trasladada a otra zona de Ronda, hoy hay una tienda de recuerdos. La farmacia voló, aunque los arcos siguen como estaban, testigos impasibles del paso de un tiempo al que ellos parecen indiferentes. Al fondo, ya cerca del Puente Nuevo, sigue habiendo un tenderete de antigüedades que también lleva mucho tiempo contemplando la historia desde la altura que le permiten sus escalones. Enfrente de la parte que da a la calle Tenoria estaba la casa de Pedro Pérez Clotet, luego convertida, a lo largo de los años, en una serie de negocios de hostelería
Y enfrente, durante mucho tiempo, completaba el círculo de negocios, el más modesto de todos: un carrillo. De este edicifio salían y en él se encerraban muchas procesiones que, al correr de los tiempos, fueron asentándose en las distintas parroquias. Era la famosa iglesia de Santo Domingo, hoy convertida en sala de exposiciones, congresos, etc. Yo nunca la conocí como Iglesia. La conocí, por la parte de atrás como almacén de tronos y por la parte del Puente Nuevo, como local de una cooperativa de carpinteros, que también fue devorada por el viento (creo que se trasladó al nuevo polígono industrial). Siempre apareció como un edificio desvencijado y abandonado, que se usó mucho pero al que se le dedicó poquísimo mantenimiento. Hoy ha quedado convertido en una auténtica maravilla.