LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ VIII
La plaza de España, puerta de entrada a la Ronda más moderna, ha sufrido tantos cambios que se hace complicado reflejarlos en toda su magnitud. Pero a mí lo que me interesa es dar unos cuantos retazos sentimentales, sin que lleguen a ser nostálgicos.
Esta esquina estaba presidida por un bar mítico, el "Bar Gonzalo". Con un sabor decimonónico que supo mantener hasta el final de sus días. Olía a aguardiente y a café cargado y calentito. Lugar de tratos y de reuniones de parroquianos. Preferentemente de hombres. Recuerdo su alto mostrador. Tal vez lo recuerdo más grande de lo que en realidad era, como suele ocurrir con los recuerdos tan lejanos: volvemos a ver las cosas con el tamaño relativo que les confería nuestra pequeña estatura y nuestros ojos limpios. A la derecha se atisba la entrada de la calle Nueva, a la que también le faltan algunas cosas entrañables, como la famosa Droguería y Ferretería.
Aquí, a la derecha y muy cerca del Bar Gonzalo, donde hoy se vende la cerámica de mi amigo José Antonio Jurado, había una pequeña carnicería. Era del padre de mi amigo Torelli, compañero de colegio, allá en los años del bachillerato en El Castillo. Entonces se veían mejor los comercios, tal vez porque eran menos y porque los coches no tapaban sus fachadas. A la derecha arranca la calle Villanueva, donde vivía mi amigo Paco Coines y donde tenía su asiento una legendaria discoteca: "El trabuco". Se accedía a ella bajando unos escalones empinados y sombríos. No sé si un día me meteré por estas calles secundarias para ver los cambios.
Y justo en la esquina siguiente y vecino al mismísimo Puente, nos encontrábamos con un bar también típico y con sabor añejo: el "Bar Oliva". Su característica básica es que era un bar de desayunos. Los clientes compraban los churros en la calle Villanueva, los churros de Juan Alba, como no podía ser de otra manera, a unos veinte o treinta metros y, con el papelón, se acercaba a este bar para mojarlos y acompañarlos en/con el café o el chocolate. En sus últimos años, antes del cierre, puso una terraza, donde ahora está la furgoneta blanca, donde se tostaban al sol los turistas, especialmente ellas, que se levantaban tras la sesión coloradas como tomates o salmonetes.
En la otra parte de la Plaza de España, donde hoy arranca ese magnífico paseo que bordea la cornisa del Tajo, había un cine de verano. Desde fuera se podían oír las voces de Raquel Welch, Rod Hudson, Gregory Peck y demás mosntruos de Hollywood, resolviendo sus cuitas y sembrando sueños en las humildes existencias del personal de la época. Época, por cierto, más dura y exigente que la actual. Luego pasó a estar ocupado este lugar por un "parking" que, creo recordar, regentaba el famoso Hamido (no sé si se escribe así), tras jubilarse como guardia municipal: un personaje muy conocido en el paisaje humano de aquel tiempo.

Donde hoy campea el moderno y glamouroso Parador de Ronda, el viento se llevó, pese a las resistencias, dos instituciones de la ciudad: la Plaza de Abastos y el Ayuntamiento. A la Plaza se accedía por un tunel que había debajo de los pisos del Ayuntamiento, justo al lado de la Farmacia, que aún sigue viva. ¡Qué ambiente más alucinante se vivía allí dentro!, con los vendedores pregonando sus productos y un aluvión de olores, sabores, tenderetes. Había un frutero que siempre me regalaba un plátano cuando iba con mi padre.
En la torre de este edificio estaba el famoso barómetro, tan preciso y eficaz en los pronósticos.

Y dejo para el final, el sitio, cuya desaparición me humedece más los ojos: la famosa, entrañable y nunca bien ponderada Barbería de Pepe Palmero. Lo mejor de este establecimiento (y supongo que de los demás de su categoría) era que por el precio de un pelado, te ibas perfectamente informado de todo lo que se cocía en los bajos fondos y en los altos cielos de Ronda. ¡Quié nivel de información, de gracia y de humor se manejaba por allí! Aparte del dueño, recuerdo, en especial, a Leveque, con su espalda cargado, tal vez viciada por su misma profesión. Había tertulianos (ellos no sabían que lo eran) permanentes y otros ocasionales. ¡Un lujo!