LO QUE EL VIENTO SE OLVIDÓ I
Me ocupo aquí de lo que estaba y ha seguido estando; invulnerable a la acción erosiva de los años, al trabajo de combustión que las sucesivas generaciones provocan, al paso demoledor de las modas caprichosas. No todo lo que ha quedado ha sido positivo; algunas no hubiera estado mal que desaparecieran. Otras siguen ahí para nuestro solaz y disfrute.
Una de las cosas que el viento se olvidó de traernos fue un sistema moderno y adecuado de comunicaciones. Por supuesto que estas carreteras, comparadas con las de hace cuarenta años, son magníficas, pero no son suficientes. No se ha dado el salto de calidad imprescindible para entrar de lleno en la modernidad, para que dejemos de una vez este maldito aislamiento que ha condicionado, no sólo nuestro desarrollo, sino incluso nuestro carácter.Da la impresión de que en este tema se va parcheando sobre la marcha y nunca se llega a ninguna parte, porque se trabaja sin visión de futuro y las vías de comunicación se van quedando obsoleta antes de que cumplan mínimamente su función.
¡Qué tiendas aquellas! Tejidos Porras, Muebles Gálvez, Librería X Grande y X Chico. Los Madrileños, López, Mérida, Confitería Harillo, Castro, Óptica Baca... En aquel tiempo cumplían de sobra su papel. Lo malo es que seguimos donde estábamos. ¡Qué poco ha evolucionado nuestro comercio. Sigue siendo, en líneas generales, pueblerino y de corto alcance. Y encima, la gente se mueve hoy con más facilidad y busca fuera lo que aquí no encuentra. No hay que lamentarlo, porque eso es señal de bienestar y de libertad de elección. Nuestros comerciantes no deben quejarse por ello, sino mejorar y luchar por competir con todo lo que se le ponga en su camino. Esa es la tarea, no quejarse ni pedir protección oficial.
Y pueblerina y amanerada es también nuestra clase política. El viento también se olvidó de traernos unos políticos brillantes y eficaces. Por contra, siempre hemos padecido a un personal que se empeña en trocar la gestión (que debe ser lo propio de un Ayuntamiento) por la contienda ideológica (más propia de la alta política estatal o autonómica). Claro que, al menos, los vientos democráticos nos trajeron la posibilidad de elegirlos y no tener que soportar al pelota de turno del gobernador civil o al cacique recalcitrante de antaño. No añoro a ninguno de aquellos personajes, de manera que no se entienda que la crítica a los actuales conlleva ningún sentimiento de nostalgia. Pero, desde luego, nuestros ediles han sido, son y, me temo que serán, bastante mejorables.

Y ahí sigue, ajena a los avatares del tiempo y al descuido de sus ¿cuidadores?, generando un chorro de oro por dentro y coronada de jaramagos por fuera. ¡Qué paradoja! No queda nada para su mantenimiento.Y, sin embargo, ahí sigue resistiendo, afortunadamente, testigo de tantos siglos y de tanto mediocre sacralizado. Ella es, sin duda, el paradigma de lo que el viento se olvidó de llevarse.
Sirva su esplendorosa imagen como ejemplo del resto de monumentos religiosos que el viento no se llevó y que siguen jalonando (aunque no son abundantes los de auténtico valor) de arte nuestro patrimonio. Yo, en concreto, me crié y crecí prácticamente a su sombra, por lo que llevo en mí, muy bien archivados, todas y cada uno de sus rincones y recovecos.

Y aunque he querido simbolizar en la catedral al resto de construcciones religiosas, no puedo evitar dedicar una mención especial a la que, sin tanta brillantez arquitectónica y sin tanto pedigrí histórico, fue durante un dilatado tiempo de mi vida, un lugar de visita cotidiana, demasiado cotidiana tal vez. Aquéllas novenas a María Auxiliadora, aquéllas misas, aquéllas bendiciones previas a la película del domingo, ya pertenecen a un pasado que nunca volverá, pero la familiar y querida iglesia de la mayoría de los rondeños, sigue ofreciendo su mismo aspecto, el mismo que contemplaban nuestros infantiles e impresionables ojos. No me importa que el viento, al olvidarla, la haya dejado entre nosotros, pero, méjor hubiera sido que también se hubiera olvidado de las desagradables campanas eléctrónicas.