Gracias

Con la tranquilidad que deja el deber cumplido; con el relax que proporciona el paso de ese nubarrón que se cernía sobre mi pobre cabeza (el peso de la responsabilidad, el miedo a no cubrir las expectativas, el temor a defraudar a mi gente del TES y a tantos que confían ciegamente en mí), quiero, ahora de forma más pausada y con matices, llevar mi profundo agradecimiento a todos aquellos que han empujado mis dudas a un lado y me han llevado hasta el escenario cargado de seguridad y confianza.

Nunca he pisado uno con más tranquilidad. Había mucho aliento y mucho calor detrás como para fallar. No hubiera sido ético, ni estético. Necesitaba mucha serenidad para salir del trance. El toro era complicado y el peso de la tarea era de los que oprimen y paralizan; de los que inhiben y ciegan, de los que son capaces de destruir seguridades y sembrar inquietudes.

Una vez más, la falsedad de un tópico se disuelve ante la fuerza de los hechos. Desde el primer instante noté el calor y el cariño de la gente; uno siempre tiene la sospecha de si no será verdad aquello de que nadie es profeta en su tierra. Ese impulso de la gente de mi pueblo fue clave para que la famosa magia del escenario se hiciera presente (no ocurre siempre) y me llevara en volandas y en estado de gracia durante todo el transcurso del pregón. Quien es tocado por semejante fortuna no puede más que sentir que jamás podrá olvidar un instante único. Como único quería yo que fuera mi pregón. Único en el sentido de que sólo sirviera para esta ciudad, para esta feria. No me gustan los pregoneros profesionales que van soltando siempre el mismo texto, en el mismo tono y variando tan sólo aquellas características que singularizan a cada lugar. MI pregón tan sólo sirve para Ronda. Quería, además, que fuera único en otro sentido: todo el esfuerzo que me costó aceptar el reto me sirvió para plantearme (como siempre he hecho en mi vida en cualquier tarea) que mi obligación era hacer el mejor pregón de la feria de Ronda. Desde que asumí, con dolor incluso físico, que no había otra salida, me puse a la tarea de bordar un texto irrepetible. Es la obligación de todo el que crea algo. Si no tienes ese objetivo no valdrá nada tu trabajo. No se me entienda mal; no soy ni pretendo aparecer como vanidoso. Mi objetivo estaba claro, otra cosa serían los resultados. Ahí aparecían mis dudas, que venían avaladas por mi natural temperamento vulnerable, por mi tendencia a ser desbordado emotivamente por los acontecimientos delicados.

Pero aquí se obró el milagro. A medida que se acercaba el día me sentía más seguro de la fuerza del texto y del acierto de la compañía escénica que me había buscado. Pablo, Antonio y Rafael eran un clavo ardiendo al que agarrarme en cualquier circunstancia que apareciera. Ellos me daban toda la seguridad, a la vez que me obligaban definitivamente a no defraudarlos. Sólo me faltaba saber si podría tener la claridad mental y la serenidad para poder expresar el texto como yo quería, con toda su riqueza de matices y valores emotivos. Y ahí siguió obrándose el milagro. Pese al enorme respeto que le tengo al escenario, me sentí como en mi casa y, a tener esa preciosa sensación, me ayudó la colaboración del público que, desde la primera nota musical, entró en complicidad con mis humildes palabras.

A todo esto no es ajena Auxiliadora Madrid, esa dama del teatro rondeño, esa amigo entrañable y cercana. Ella creó el clima propicio; ella preparó a los espectadores para que los que veníamos detrás tuviéramos el remate en las condiciones más favorables. Nos puso un centro fenomenal para que marcáramos un gol de antología. Uno no podía fallar con tantas condiciones favorables y propicias.

Gracias por tu cariño,
Auxi, maestra,
tú despiertas los duendes
de la escena;
dama del alba,
frágil, guerrera,
que pisa el escenario

como una reina.

Como quiero que este texto sea leído, no voy a extenderme más en este preámbulo. Vayamos, pues ,a los agradecimientos.

Ni en mis mejores sueños, podía yo esperar la respuesta de la gente de mi Ronda: desde el lleno a rebosar hasta el calor permanente, el silencio acogedor, el aplauso respetuoso, la complicidad a flor de piel... Es la fortuna que uno tiene de compartir ciudadanía con estas buenas criaturas.

¿Cómo puedo agradecer a Antonio Palma su confianza ciega, que fue tan grande, que le sirvió para convencerme a mí y para vencer escepticismos de algunos de sus compañeros de corporación? Aquí incluyo al Alcalde, el último responsable, que asumió el riesgo de depositar una tarea delicada en alguien poco conocido y tras un pregón como el del año pasado, que dejó un gran sabor de boca.

¿Y a mi Ortega? José María es una especie de director espiritual para mí; un ejemplo incombustible de valores imprescindibles para quien quiere vivir la vida con una cierta dignidad.

¿Y a mi José Manuel Ríos? ¿Cómo agradecer su sabiduría, su responsabilidad, su rigor y su bonhomía?

¡Cuánto gesto noble y maravilloso! Viajes atrasados, vacaciones desplazadas, desplazamientos largos, abandono de otros esparcimientos, para estar conmigo, sin otra recompensa que el deber al que obliga la amistad, sin otra motivación que el cariño.

¿Y a mi Antoñito Becerra, capaz de despertarte del letargo, de inyectarte entusiasmo, de sacar lo mejor de cada uno?

¿Y a mi familia? Fueron mi primer impulso, el primer empujón. Mi mujer, Nuria, mi Nuria y mi José María (sin ello, todo sería nada); mis hermanas, María Teresa y Pepita; mi hermano, Antonnio; mi cuñada, María; mi suegra, Lina; mi cuñada, Eva, mi cuñado Manolo Giménez y mi sobrino Manolo; mi sobrino Marco Antonio, mis primos de Overa (María Teresa y Juan Antonio), mis sobrinos Pepe y Consuelo. Y mi prima Inma y mi primo German, siempre atentos , inteligentes y distinguidos; siempre en mi corazón.

¿Y a mi primo, Antonio Ángel Tornay? Presidente de mi club de seguidores incondicionales. Gloria a ese bohemio soñador y entrañable, tierno y carismático. ¿Y su esposa, Bárbara y su hija, María?

¿Como agradecer a mi Vicente su apoyo, su ánimo sin par, su ciega confianza en este ser agradecido que desde aquí le devuelve admiración y cariño?

¿Y a todos los miembros del TES? ¿Y si me dejo alguno? Ese José Luis Sánchez, ese “Largo”, que tiene el corazón más grande que su cuerpo y al que yo escuché el mejor pregón de carnaval que ha conocido Ronda; Pepa López, esa seguridad y elegancia en escena; Rafael Becerra y su talento y amor a las tablas. Ese matrimonio unido y comprometido con la vida... Lucy, ciega confianza en este juglar, persona cálida y actriz reconocida. José María Jiménez, el José Mari eterno y cómico versátil. Isabel Martín, eterna sensibilidad, su esposo Bosco; Isabel Hurtado, esa voz delicada y poderosa. Pepe Cabeza, orfebre del espíritu y de la materia. A mis amigas Ada, Charo, Conchi, Paqui, Aurelia... A Isabel y Cristina (la familia de Rafael Gª Montes), a Feli, la señora de su hermano y "mi hermano" Antonio.

¿Y cómo agradecer a mis músicos? Suena bien eso de mis músicos, pero suena aún mejor lo de MIS AMIGOS. “Lo que tú quieras” y “aquí me tienes para lo que haga falta” fueron la expresión constante de su absoluta disposición. ¡Con lo que hemos pasado siempre tocando en ínfimas condiciones por culpa de equipos de sonido pobres y técnicos infernales! Esta vez lo hemos disfrutado. ¡Qué gozada de sonido y profesionalidad técnica! Ellos supieron subrayar con toda perfección mis palabras y le dieron el punto de armonía justo para enriquecerlas.

¿Y cómo agradecer a esos cuantos compañeros de trabajo, que saben hacer posible lo imposible: convertir el compañerismo en amistad? Jose, Víctor, Lola, Miguel Ángel, Juan Carlos, Mari, Lina, Víctor, Elena, Loli Rivero (¡Qué manojo de flores me tiró al corazón en su precioso poema improvisado); Manu Dorado, Ana; siempre os deberé el apoyo incondicional y la presencia motivadora. Sin vosotros no merecerían la pena estas aventuras comprometidas y peliagudas. Aquí incluyo a mis compañeros y, sin embargo, amigos de Juan de la Rosa, Paco Ruiz, su director, Ana Cano y mi Pepe Gutiérrez, amigo del alma, maestro de escarceos literarios y vitales.

A mis amigos y antiguos compañero, de trabajo, de fatigas y de alegrías, Rafael González (Rafalito); ayer vino a verme y me dio una de las grandes alegrías del verano. A Enrique Pulpillo (la elegancia) y su esposa Mari (la finura).

A mis vecinos, Ángeles y Jesús, Andrés y María del Mar y su hija María (¡mira que es difícl tener el respeto y el cariños de los vecinos). A Auxi Marín, mi apoyo por email. A María Luisa Zambrano. A Ana Albarracín, la primera que me apoyó para que echara a volar este pregón. A Pepe Mena y Encarnita Guerrero...

¡Cómo compensar, aunque sólo fuera de forma mínima, ese apoyo sin condiciones y permanente de mi amigo Juan Alba, maestro en las tablas de la vida, persona refinada, educada y con una sensibilidad que va dejando un reguero de poesía por donde pasa? ¿Y cómo hacerlo con José Manuel Montes, maestro de poetas y de bohemios, agudo pensador y alma delicada? Futuro pregonero, que ya debió serlo desde hace mucho tiempo.

Gracias a Pedro Díaz y a Rosario, tierna pareja, a Enrique, que tiene en su cabeza, una pluma en vez de un grifo y una llave. A Juan Tornay, ejemplo singulart de caballero (te debo un libro).

Y termino agradeciendo la infinidad de mensajes telefónicos y electrónicos. De muchos no he conseguido descifrar los autores; de algunos, si: Antonio Rivero y Pepita Guerrero, Teresa, la dueña de “El Sucio”, agradeciendo la referencia a su mítico establecimiento que había en el pregón...

Y los innumerables menos conocidos y gente que, sin conocerme, de forma sincera, me expresó su entusiasmo y aprobación el mismo día del pregón y los que, a diario, y desde aquel día, no me dejan andar por ninguna de las calles de Ronda.

Y gracias a María Márquez, por la entrevista cariñosa que me hizo a mitad de verano; ella me dio el aldabonazo de salida y me hizo ver que esto del pregón iba en serio. También le agradezco sus palabras admirativas en la magnífica presentación que hizo del acto.

Y gracias a todos los miembros de la prensa rondeña y corresponsales de medios nacionales, por su trato y reconocimiento.

Un apunte final: esta no era la primera vez que yo me subía a un escenario; lo he hecho muchas veces para cantar; algunas, para actuar, pero os juro que ésta era la primera vez que yo hacía un pregón y puedo aseguraros con casi absoluta seguridad, que esta será también la última. Creo, sinceramente, que un acto que ha conseguido que yo me ponga una corbata, no debe repetirse. Por otra parte, lo que convierte a los acontecimientos en únicos y mágicos es su excepcionalidad. No toquemos otra vez la suerte. Quedémonos con esta ocasión en que la cosa, para mi gusto (¡y soy bastante delicado y exigente!) salió a pedir de boca.

Un abrazo a todos y, si me he saltado a algunos de mis amigos, lo rectificaré de inmediato.