PREGîN
DELA FERIA Y FIESTAS DE PEDRO ROMERO
1» PARTE
Y uno se
cree
que las mat—
el tiempo y
la ausencia,
pero su
tren
vendi—
boleto de ida y vuelta.
Son
aquellas peque–as cosas
que nos
dej— un tiempo de rosas
en un
rinc—n,
en un papel
o en un
caj—n...
(SIGUE LA MELODêA DE
LA CANCIîN HASTA EL FINAL DE ESTE ELOGIO DE LAS PEQUE„AS COSAS)
Las peque–as
cosas,las que vamos a convocar aqu’ esta noche, las mismas que nos devuelven a
tiempos m’ticos de nuestra prehistoria personal cada vez que reaparecen,
traviesas, indomables, curiosas y obsesivas. Las mismas que nos arrullan y nos
inquietan a diario, que nos afirman y nos hacen temblar. Esas peque–as cosas,
que endulzan la boca y acarician la piel; que huyen de las grandes palabras y
de los pesados conceptos.
Peque–as cosas que evocan y
convocan como enormes aldabones golpeando en la puerta enigm‡tica de la
conciencia: la compa–’a imprevista, la soledad oportuna, la mirada que conduce
ternura, la boca que siembra besos, la palabra que abraza, el silencio que
clama, el esfuerzo abnegado de tanta entrega an—nima...Esas peque–as cosas que,
por mucho que uno lo intente, es imposible dejar de preferir a otras m‡s
grandes y distinguidas:la caricia del azahar en primavera al olor sofisticado
del perfume m‡s sutil; el calor de
la barra al glamour de las mesas abundantes; uno no puede sentirse culpable por
preferir el resplandor de unos ojos al brillo industrial de las farolas; un vaso
de vino a un c—ctel, un aldeano a un ejecutivo...yo siempre voy a preferir el
lunar de tu cara a la pinacoteca nacional.
2» PARTE
- Ilmo. Sr. Alcalde, Sr. Delegado de Fiestas,
Sres. y Sras. Delegados y Delegadas del Excmo Ayuntamiento, Sra. Presidente de
las Damas Goyescas, queridas Damas Goyescas, queridos conciudadanos, Ábuenas
tardes a todos y el deseo por adelantado de una buena feria!
Me vais a permitir que salude de manera
especial a 5 alumnas (Ana, Gema, M» Isabel, Roc’o y Marina), magn’ficas
estudiantes y mejores personas, que desmienten el falso t—pico de la juventud
ap‡tica y desinteresada).
- Gracias a Mar’a Marquez, la conductora de
este acto, esa preciosa voz de la Serran’a.
- Gracias a la
presentadora, que se ha valido de su natural excesivo (en el talento, en el
coraz—n y en la generosidad con los amigos) para acentuar de forma desmedidas
unas cualidades que no tengo, sino que m‡s bien estoy luchando denodada e infructuosamente por
adquirir.
- Gracias a los
tŽcnicos y al personal que han montado y mantienen este magn’fico tinglado de
luz y de sonido.
- Gracias a todos
los que participar‡n en esta velada.
- Gracias al TES de
Ronda por su apoyo insustituible y siempre incondicional, con su director y
alma m‡ter, JosŽ M» Ortega a la cabeza, el Pedro Romero del teatro ronde–o; y a
JosŽ Manuel R’os por su ayuda tŽcnica y a Antonio Becerra, visionario de la
escena y de la vida.
- Gracias a los
maestros, Rafael Garc’a Montes, Pablo JimŽnez y Antonio Garc’a Montes, por su
sabidur’a y talento al teclado, al acorde—n, y a la guitarra. Siempre es un
placer, amigos, compartir escenario con vosotros.
Y gracias al
responsable o a los responsables del decorado, por dise–ar y montar ese tel—n
de fondo incomparable y glorioso, envidia y objeto del deseo imposible de todos
los teatros y auditorios del mundo.
Un aprendiz de juglar
enfrentado a este auditorio
pregonando las grandezas
de este pueblo misterioso.
ÁQuŽ locura por mi parte!
ÁQuŽ imprudencia don Antonio!
Cuando D. Antonio Palma me propuso esta
tarea, mi primera reacci—n fue la de huir; luego, el calor de mis amigos y el
honor que conllevaba el encargo, me hicieron aceptar resignadamente lo que no
me vi con fuerzas para rechazar.
Dos razones me empujaban a correr:
- La primera es que Ronda no necesita preg—n. Ronda no precisa
pregonero. ÀPara quŽ dibujar con palabras lo que la naturaleza y la mano de nuestros antepasados dejaron
en un estado de insuperable esplendor? ÀPara quŽ embellecer la belleza? Ronda
se basta y se sobra para pregonarse a s’ misma. No. Ronda no necesita pregoneros;
necesita paseantes con los poros del alma abiertos para empaparse del lujo de
sus cadencias, de la magia de sus callejones, del misterio de sus mitos y
leyendas, del vigor de su piedra serrana, de su historia recia y profunda, de
su matriz forjadora de mujeres y hombres sabios y sensibles. Ante Ronda sobran
las palabras. Ante Ronda s—lo caben la emoci—n y el sobrecogimiento.
- La segunda raz—n que justificaba las dudas primeras es que ser’a otra
pretensi—n exagerada tratar de alcanzar, ni siquiera emular, a tantos cuantos
en ocasiones anteriores a Žsta y de forma magistral, ya han cantado las glorias
y encantos de las grandes cosas de esta bendita ciudad, tocada por la varita
m‡gica de los ‡ngeles encargados de repartir la belleza por el mundo. Eso ah’
queda y es inmejorable. DejŽmoslo estar.
3» PARTE
As’ que s—lo vislumbrŽ una salida. La que hemos esbozado en el
pre‡mbulo: recurrir a las peque–as cosas, aquŽllas que Serrat convirti— en
aguijones del alma, en el carburante imprescindible de
nuestra ajetreada y deambulante vida cotidiana.
Esas peque–as cosas con las que alimentamos el coraz—n y que son las
que le dan sentido a la existencia. Las peque–as cosas son las cosas
importantes, las œnicas cosas importantes; lo dem‡s es parafernalia,
literatura, que no cala hasta los huesos, que no inunda cuando pasa...Las
peque–as cosas, en cambio, nos mojan a diario y nos agarran con fuerza a las
ra’ces, a los afectos y a los sentimientos.
No, de Ronda yo no voy a glosar la hondura sublime del Tajo, ni la elegancia y el equilibrio supremos
del Puente Nuevo; ni la corona agreste de ese paisaje sobrio y espectacular que
adorna su majestad de ciudad sublime
e imposible. Tampoco pondrŽ en primer plano a ese c’rculo m‡gico donde la
tauromaquia se convierte en la quintaesencia del arte cada vez que un torero
sue–a la faena de su vida; ni a esa catedral, que traslada a sus visitantes de
la tierra a la gloria, como si tal cosa. Nada diremos de Antonio Ord—–ez, (una
pluma en la muleta; un verso en cada lance), ni de Pedro Romero, (el
padre de la fiesta, el patr—n de estos festejos). No, no diremos nada
tampoco de ese emplazamiento deslumbrante, entre el cielo y el abismo, en el
punto justo de equilibrio en el que, Ronda, sin dejar de ser terrenal, se proyecta
hacia los espacios siderales de una forma natural, sin excesos ni timideces.
Yo quiero pasear con vosotros, queridos paisanos y paisanas, por
algunas de sus calles y de sus plazas, por sus jardines y rincones, que recogen
nuestro traj’n diario; Yo quiero pasear con vosotros para que Ronda salga a
nuestro encuentro; para que Ronda se pregone sola. Con vosotros y vosotras, que
sois y somos lo m‡s importante de esta ciudad. Por muy grandes que sean las
ciudades y los pueblos, por mucho arte o historia que atesoren, lo esencial
siempre es la gente. La gente que los ocupa y que pasea por ellos sus zozobras
y sus alegr’as, sus dudas y sus certezas, sus temores y sus vanidades; Esos que
ponemos nuestra meta en sue–os y quimeras (pura condici—n humana), pero que nos
agarramos irremisiblemente al clavo ardiendo de las peque–as cosas donde
encontramos el cobijo necesario, el refugio imprescindible para guarecernos del
temporal de las crisis y las pandemias, de las alarmas interesadas y los miedos
oportunos. Esos que hacemos la historia, aunque no aparezcamos en los libros de
texto; los que tiramos del carro, aunque no seamos protagonistas de nada; los
que configuramos el paisaje humano y diario de nuestros espacios colectivos,
aunque no firmemos en ningœn libro de honor; los que desde el anonimato de
nuestras existencias calladas y prudentes, forjamos con nuestros esfuerzo y
voluntad, contra viento y marea, el presente que nos acoge y el futuro, m‡s o
menos imperfecto, que queremos para nuestros sucesores.
Si Ronda es sublime,alta, egregia, noble, insigne, fiel y fuerte...
ÀquŽ adjetivos tendr’amos que inventar para calificar a sus pobladores, de
ahora y de antes, a los que con su talento, ingenio y sensibilidad fueron
tejiendo, cuidando y mimando esta pieza maestra de orfebrer’a que es nuestra
ciudad y su entorno?
Las ciudades y los pueblos son el resultado de la brega diaria, del
quehacer abnegado y silencioso de los que cada d’a hacemos el supremo esfuerzo
que el despertador nos solicita para enfrentarnos, como piezas disciplinadas y
creativas, al engranaje que mantiene viva a la sociedad y a la historia.
Pero, comencemos; acudamos al encuentro de la Ronda que a s’ misma se
pregona. Busquemos las peque–as y sublimes sensaciones que su encuentro nos
provoca; salgamos en su busca, empapŽmosnos de su fragancia. Nuestro recorrido
podr’a empezar en cualquier parte de esta ciudad embrujada; cada punto de su
anatom’a podr’a abrirnos una puerta hacia el Žxtasis. Nosotros lo haremos por
el centro, porque nos coge m‡s cerca y porque quiero llevaros por los barrios
que atesoran mis peque–as cosas m‡s preciadas. Pero seguro que cada uno de
vosotros tiene su ruta sentimental, su singladura personal segœn la Ronda que
cada cual tiene prendida en sus entra–as. Vayamos, pues, a ese coraz—n urbano, por donde nuestros peque–os afanes
circulan y se cruzan sin apenas descanso; por esa carrera de Espinel, por esa
Bola que debi— ser tan imponente y poderosa, que le rob— la calle al insigne
poeta, al m‡s grande de los poetas ronde–os y maestro de los grandes poetas
espa–oles del Siglo de Oro. Y es que cuando el pueblo rompe a nombrar, se
impone a voluntades pol’ticas y acadŽmicas. Empecemos, pues, por ese...
Consuelo
de estresados corazones
carrusel
de mentiras y verdades,
pasarela
de torpes vanidades
jolgorio
de miradas y mirones.
Torrente de peque–as ambiciones,
potente
difusor de actualidades,
entre
ofertas, rebajas, novedades,
se
afanan tremulosas emociones.
De
encuentros fugitivos y constantes
se
alimenta tu piel, mœsculo inerte;
de
ni–os caprichosos y tunantes,
de
ese sol que se asoma para verte.
De
hombres y mujeres paseantes
que
encuentran su placer en recorrerte.
Mas, seguidme, que
en la orilla de esta calle reina la plaza del Socorro, donde, si busc‡is bien,
tambiŽn encontrarŽis por all’ depositadas, alguna que otra de esas peque–as
cosas que nos remueven las entretelas m‡s escondidas.
Lugar de citas y encuentros
fortuitos y obligados,
voluntarios y sabrosos,
en las tardes de verano.
Por las ma–anas el sol,
que asoma por los tejados
pone una alfombra de luz
a los impacientes pasos.
Hay una brisa que besa
y acaricia sin descanso,
a todas horas brotando
de su coraz—n urbano.
Y
atravesando a trompicos ese inmenso comedor en que se ha convertido el centro
de la Ciudad, donde los visitantes, en horas intempestivas, reponen las fuerzas
perdidas por tanto paso y por tanta emoci—n derramados en sus aceleradas
visitas, nos vamos por la calle Pedro Romero hasta la calle Virgen de la Paz,
donde...
Siempre nos espera
desbordando las aceras
una fugaz marejada
de festivos caminantes,
de asombrados paseantes,
de curiosos en manada.
Si subimos hacia la Plaza
de la Merced nos encontramos con un sue–o hecho realidad vegetal. Al borde del
abismo que la proyecta hacia espectaculares ocasos, reina un rinc—n celestial, del que el dise–ador del
para’so copi— sus planos.
(VUELVE EL
TEMA MUSICAL DEL PREGîN, MUY SUAVE, HASTA EL FINAL DEL SIGUIENTE POEMA)
Escenario
de suspiros,
de enamorados sedientos,
de ilusiones infantiles
bajo los tejados frescos.
Reposo de almas cansadas
y de doloridos cuerpos.
Testigo de los furores
que llevan dentro los vientos.
M’tica estampa serrana,
celosa de sus secretos.
Nido de besos robados
en procelosos encuentros.
Siempre al borde del abismo
siembre mirando hacia el
cielo,
dulce Alameda del Tajo,
para’so de mis sue–os.
Y mirando hacia el poniente,
desde el balc—n que reclama nuestra curiosidad por su nombre impœdico
(sical’ptico), nos encontramos, en cada atardecer, un poema diferente; un poema
de luz y de color...
Anda buscando el sol
su madriguera
y en Ronda deja un rastro de primores,
un mosaico de pl‡cidos colores,
un brochazo de eterna primavera.
Rompe el velo la clara cordillera
dibujando paisajes
so–adores,
de tardes, de penumbras y de albores
vestidos por la gama arrebolera.
Lanza en su adi—s un luminoso gui–o
al Tajo que descansa bajo el Puente
y lo mismo que duerme y sue–a un ni–o
con pesadez de sue–o se retira.
La noche se presenta de repente
mientras la tarde sin dolor expira. (FIN DEL TEMA MUSICAL)
Y
antes de llegar al puente, amigas y amigos, (MELODêA, EN TONO MENOR, DE ACORDEîN, MIENTRAS DURA
ESTE POEMA) nos recibe la plaza de Espa–a...Es forzoso detenerse. Aqu’ duermen
tantas sensaciones que siguen vivas
dentro de tantos de nosotros...
Plaza del Parador,
plaza de Espa–a,
con sus puertas abiertas
y su farmacia.
Con sus bares cerrados
y su cer‡mica,
con
R’os Rosas pendiente
en su atalaya,
con su plaza de abastos,
pura nostalgia.
Por su cine y su torre
aœn
brotan l‡grimas,
y
por su barber’a
lloran
las barbas.
Plaza del Parador,
Plaza de Espa–a. (FIN DE LA MòSICA)
Y
nos vamos hacia el puente...
siempre atestado de gente
con los pellejos al viento
que no para ni un momento
con sus c‡maras en ristre
y ese espect‡culo triste
de los coches en hilera
parados y en las aceras
otros impidiendo el paso.
Y la gente, por si acaso
por en medio de los coches.
Pero volvamos al puente,
con sus tres esbeltos ojos
y sus grajos y sus rojos
y limpios atardeceres,
sus hombres y sus mujeres,
sus ni–os y sus escuelas
y ese fr’o que se cuela
y te congela hasta el alma.
Pero volvamos al puente
siempre atestado de gente,
trasunto fiel de la vida,
lugar de entrada y salida,
de paso de caminantes,
de caballeros andantes
y damas enamoradas,
de pasiones encontradas,
conjunci—n copulativa:
c—pula de piedra viva
que concilia los contrarios
y que admite en s’ los varios
y curiosos personajes
que conforman su paisaje;
lleno de gentes sencillas
y de sus medias costillas,
esos que tiran del carro,
que no le temen al barro
y que pagan su sustento
a los que viven del cuento...
Y aqu’ abandonamos estas aleluyas
precipitadas y bulliciosas, como el puente al que cantan, porque estamos
llegando a la calle Armi–‡n, la puerta de entrada a los dos barrios m‡s
antiguos de Ronda. La historia aqu’ se vuelve interminable y se remonta a los
albores de nuestro origen como comunidad. Esta calle Armi–‡n que...
Entre recios soportales
va desde el Puente hasta el barrio.
Como una madre rumbosa
en su rastro va dejando
sabor de cal y de rejas,
de balcones olvidados.
ÁCuanta memoria dormida
hay debajo de su asfalto!
las pisadas y sus ecos,
las rodadas de los carros,
el rumor de los murmullos,
los cascos de los caballos
de bandoleros sangrientos,
de se–oritos ufanos;
las l‡grimas y las risas
de los lances cotidianos.
En busca de las Murallas
va desde el puente hasta el Barrio,
desde los cerrados cerros
hasta los abiertos campos.
Y antes de alcanzar esas murallas nos
detendremos en La Ciudad, germen y origen de Ronda, desde donde se ha seguido
proyectando y creciendo en su
viaje eterno hacia el futuro. Aunque m‡s bien parece que por aqu’ no transcurre
el tiempo, que aqu’ se detiene, tal vez distra’do y obnubilado ante tanto
esplendor.
(TEMA DEL PREGîN, CON TODAS LAS
VARIACIONES QUE CONSIDEREN LOS MòSICOS, HASTA EL FINAL DEL POEMA)
Como una noche incendiada
mi barrio tiene la sangre:
azul de mirar al cielo,
dulce de tanto mirarse.
Mi barrio tiene una luz
que derrama por sus calles
como un tesoro infinito
de todos, pero de nadie.
Mi barrio est‡ siempre lleno
de gentes de todas partes
que nunca comprender‡n
sus secretos ancestrales,
esos que s—lo conocen
los que sus sue–os comparten.
Mi barrio tiene la piel
curtida por mil azares
y en sus venas fluyen gotas
de linajudos linajes,
por eso siempre pari—
apellidos respetables:
testigos y testimonio
de indelebles lealtades.
Mi barrio dibuja escudos
coronando los portales,
de muy rancios abolengos
y de oscuras vanidades.
Pero mi barrio tambiŽn
sabe mirar adelante,
quiere encarar el ma–ana
y el presente m‡s vibrante.
y por sus poros se evade,
se proyecta hacia el pasado
y hacia el futuro se esparce.
En sus arterias los piercings
se alinean con los trajes
y las severas beatas
con alegres colegiales.
Mi barrio tiene fronteras
que limitan con el aire,
con murallas infinitas,
con tapices celestiales.
Mi barrio es parte de m’
como yo de mis verdades;
no puedo reconocerme
sin mirarme en su paisaje.
(FIN DE LA
MòSICA)
A mi barrio se entra por la calle, tal vez, m‡s fotografiada del
mundo...
Este Tenorio
no era un don Juan,
ni un burlador
ni un vil truh‡n.
Era un pol’tico
de armas tomar
y un cargo bueno
en la capital.
Y por ella se llega
a otra plaza, otro enclave bautizado popularmente en contra del nombre
oficial...
Pero antes de irnos
a esa plaza, giramos un momento a la izquierda, porque os tengo que ense–ar mi
calle. Es s—lo un momento y enseguida volvemos a este punto...Mi calle, como
tantos rincones de mi barrio, invita al amor...
Un clavel en la maceta,
la maceta en el balc—n
y la mano de la due–a,
m‡s hermosa que la flor.
Balcones de mi calle,
ÀquŽ est‡is mirando?
dejadme que yo siga
sus dulces
pasos.
Que nadie nos vigile,
cerrad las puertas
que quiero estar a solas,
solo con ella.
ÁAy, quiŽn pudiera
recorrer a su lado
las alamedas!
Y ya que estamos aqu’ y puesto que es peque–a y responde a
nuestro prop—sito de evitar en lo posible lo grandioso y trascendente, os
mostrarŽ el...
Santuario
de la Paz,
regocijo de las almas,
virgen pre–ada de amor,
vecina de quien les habla.
Canta un c‡rabo su
canto
en su elegante espada–a
y yo llevo en la cabeza
sus familiares campanas.
Patrona
de los ronde–os,
alcaldesa pura y santa;
a la Virgen de la Paz
los auroreros le cantan.
Pero volvamos a la calle Tenorio y sigamos nuestro itinerario
buscador de la Ronda que a s’ misma se pregona y en cuyos rincones todos
tenemos peque–os tesoros escondidos. Esa Ronda que encierra nuestras peque–as
cosas inefables, que manan a borbotones por todos y cada uno de sus poros.
Pero antes, haremos otra pausa (SUENA ACORDEîN, NOSTçLGICA). Yo no puedo pasar por
esta calle (tampoco pueden hacerlo
multitud de ronde–os) sin entrar en la casa de Don Bosco, en la sede del TES
legendario. All’ est‡n, retozando alrededor de su fuente las peque–as grandes
cosas que llenaron los mejores
a–os de nuestra juventud...
En tus jardines viven
los mejores
instantes de ese tiempo
irreverente,
primera juventud torpe,
imprudente,
escarchada de dudas y temores.
Cupido dispar—
desde tu fuente
hacia m’ la saeta
envenenada
que dej— mi sustancia
enamorada
de unos ojos y un
cuerpo adolescentes.
Una guitarra, un
micro y un piano,
y el ritmo y el calor de
unos amigos
transformaron mi vida
en melod’a.
Aœn llevo
aquellas notas en mi mano
y para siempre vivir‡n
conmigo
porque siguen sonando todav’a.
Y ahora s’ estamos cruzando la Plaza antes
anunciada...la del Campillo.Vecina de esta plaza hay
una calle...
perdidos de
azarosos caminantes,
hoy como ayer,
ahora igual que antes,
su frente apunta al incre’ble
ocaso.
Su brevedad
discurre entre un palacio,
la casa de un
marquŽs y una plazuela
donde toman el
sol gatos y abuelas
y la vida y el tiempo van despacio.
Siento haber pasado de largo
por mi primer Colegio y el de tantos paisanos, Santa Teresa; tambiŽn lo haremos
por el segundo, ÒEl CastilloÓ. Hay en ellos encerradas demasiadas Òpeque–as
cosasÓ y no conviene abandonarse demasiado a la nostalgia. Tiempo habr‡ otro
d’a...Y pasando por delante del Palacio de Mondrag—n,
llegaremos por un laberinto de ruedos y callejones, hasta un lugar de ensue–o. Aqu’,
ante ustedes, la Plaza Duquesa de Parcent (o de Santa Mar’a)...
(TEMA DEL PREGîN, MUY SUAVE,
HASTA EL FINAL DEL POEMA)
Ay, plaza de mi infancia!
ÁAy, rinc—n de mis juegos!
De mis ojos sin nubes,
de mis d’as sin miedo.
De una historia a estrenar,
de un futuro completo.
Duquesa de Parcent,
Ácu‡nto te quiero!
Me diste otro horizonte,
un mundo nuevo,
un mundo diferente,
un mundo viejo,
en tiempos complicados,
en buenos tiempos,
tiempos en que so–aba
que yo era eterno.
Guardada por castillos
y nobles templos,
Duquesa de Parcent,
ÁCu‡nto te
quiero! (CESA LA MòSICA)
Mas sigamos, que ya estamos terminando; si descendemos por Òlas escalerillasÓ,
volvemos a encontrar la Calle de Armi–‡n; ella nos llevar‡ al Barrio. Los
ronde–os no necesitamos decir su nombre para saber hacia donde nos dirigimos...
Con
sus calles empedradas
y
su dilatada historia,
con
ÒEl SucioÓ en la memoria
y
sus tremendas heladas.
Su Llanete y sus
pendientes,
con
sus bares y sus due–os
y
Paquillo Òel Pujarre–oÓ,
paradigma
de sus gentes.
Con
su santa cofrad’a:
Hermandad
del Santo Entierro,
sus
balcones y sus cierros,
su
tristeza y su alegr’a.
Con
su pilar centenario,
con
su Iglesia y sus conventos,
su
falta de aparcamientos
y
con su traj’n diario.
Con
sus viejos y sus ni–os,
con
su alameda y su feria,
su
sabor a periferia,
sus
monjas y sus pesti–os.
Con sus osados empe–os,
con su propia idiosincrasia,
Žl es por antonomasia
el barrio de los ronde–os.
Y por un camino viejo (ACORDEîN A LO LEJOS), pero remozado, que va
bordeando las centenarias Murallas, alcanzaremos dos peque–os puentes casi
superpuestos...
Testigos de los
afanes
que deja el
hombre en el viento,
en esa red
impalpable
que van tejiendo los
tiempos.
Pasillo entre dos
historias,
dos almas de un
mismo pueblo.
Tr‡nsito de
soledades,
de bœsquedas sin
encuentro,
de verdades sin
memoria,
de mentiras sin
recuerdo.
Sagrado paso que
a–ora
el insondable
silencio. (CESA EL ACORDEîN)
Y, como llevamos prisa y Ronda
no casa bien con esta enfermedad contagiosa del presente, dejaremos
a un lado esos
Ocho volcanes
abiertos,
ocho caricias sagradas,
ocho frescos regocijos,
ocho verdades de agua.
8 ca–os
cargados de evocaciones y leyendas...
Y atacaremos
la cuesta que arranca con ese monumental...
Arco de
Felipe V
donde
los enamorados
ponen a
salvo del mundo
sus
misterios m‡s arcanos.
Lugar
de amores furtivos,
pasiones
al cielo raso.
ÒSill—n
del moroÓ que oculta
los
besos y los abrazos.
Y nos
disponemos a escalar esa pendiente de Santo Domingo...
met‡fora de la vida:
siempre subir y
bajar,
cuesta abajo y
cuesta arriba,
por un camino de
piedras
que lacera y que
lastima.
Cuesta de Santo Domingo,
met‡fora de la vida.
Subir a tientas,
subir,
bajar rodando, de prisa,
para volver a subir,
a empezar otra salida.
Y as’ volvemos al puente,
donde acabaremos nuestra peculiar singladura, Pero ya sin la vor‡gine
alborotada que, hace unos momentos, agitaba su piel de piedra milenaria. Con
m‡s reposo y sosiego... (TEMA DEL PREGîN) sorprendido en uno de esos momentos
inexistentes en que funde su esencia con la ciudad con la que mantiene un
idilio apasionado...
Como
dos eternidades
ah’ siguen Ronda y su Tajo,
condenados a entenderse,
como dos enamorados.
Su Tajo parte su alma,
su alma vive en su Tajo,
entregados a su suerte,
al abismo encadenados.
Ronda y su Tajo
embebidos,
un mismo sino en sus manos.
condenados a entenderse,
como dos enamorados.
Tras tama–a
caminata sentimental, es un consejo innecesario decir que...
Tendremos
que extremar la vigilancia,
hay un peligro en Ronda de perderse,
de alienarse, rendirse, someterse,
de quedar atrapado en su sustancia.
Hay un riesgo muy fuerte de estar fuera,
de alejarse del tiempo y sus urgencias,
fuera de la raz—n y la conciencia,
m‡s all‡ del espacio y sus fronteras.
Puede perderte el Tajo con su puente,
puede asirte su cielo y su paisaje
puede perderte el genio de su gente
o la
luz de sus recios personajes;
puede atraparte el sol en el poniente
o su misterio ind—mito y salvaje. (CESA LA MòSICA).
4» PARTE
Y, de la misma forma que hemos querido
orillar lo trascendente de esta ciudad, en beneficio
de lo sencillo, de lo que, equivocadamente, asumimos como secundario, aunque
sabemos que es esencial, tampoco vamos a fijarnos en lo fastuoso de estos
festejos de Pedro Romero, donde como cabe vislumbrar por el patr—n laico que los
nombra, el toreo es clave y capital y la Real Maestranza, escenario inigualable
de los hitos principales del programa. No, eso ya se ha glosado muy bien y
muchas veces. Tampoco nos vamos a detener en el resto de esos otros grandes
jalones que se suceder‡n a lo largo de la semana festiva y que se ver‡n
engrandecidos y magnificados con la inteligencia, la simpat’a, la dulzura y la
belleza de estas damas goyescas incomparables, encabezadas por nuestra querida
Presidenta. No, de eso nada diremos porque no nos quedar’a espacio para
proclamar nuestro m‡s caluroso llamamiento a participar tambiŽn de las cosas
normales, habituales y sencillas de la feria, de las peque–as grandes cosas de
nuestra fiesta principal.
Disfrutemos de la feria del Centro, esa
novedad inevitable y oportuna que han tra’do los nuevos tiempos, pero que en
ningœn caso, debe sustituir a la feria del Real, sino que debe ser un a–adido,
un complemento de la feria de toda la vida, la que recuerda aquellos encuentros
comerciales que arrancaron en la Žpoca medieval. Esta feria es la que tiene nuestros recuerdos repletos de (MELODêA) aquellas peque–as cosas que nos han venido acompa–ando
desde que la visitamos por primera vez, de la mano de quienes nos incorporaron
a esta bendita tradici—n festiva. Esas peque–as cosas que aœn nos sigue
poniendo la carne del alma de gallina.
El roce inevitable de
los cuerpos y el perfume a churros, los ojos anhelantes del ni–o esperando cabalgar su caballo
de madera, la tensa espera en la estaci—n del tren m‡gico, capaz de
trasladarnos por los paisajes m‡s ex—ticos que la imaginaci—n sea capaz de
tejer, las manos hœmedas abriendo los boletos de la t—mbola, los bocadillos
rebosantes por fuera del jam—n que se escatimaba por dentro, los tiernos
alardes de dos adolescentes paseando su primer amor, la mano protectora de la
madre conduciendo a su reto–o al mundo de los sue–os imposibles, a ese ni–o que
todos llevamos dentro y que vuelve a alborozarse con el ruido y el fragor de
sirenas, engranajes, chirridos, voces emocionadas y semblantes esperanzados. (PARA LA MòSICA)
ÁSe–oras y se–ores, ni–as y ni–os, j—venes de
todas las edades!: este pregonero os convoca al reino de la ilusi—n, al espacio
de la alegr’a, al territorio m‡gico del mundo al revŽs, para que, con ojos sin
tinieblas, os introduzc‡is en una dimensi—n diferente, la que procura la visi—n
desinteresada y generosa, la actitud complacida y complaciente, la entrega
ilimitada al placer de sentirnos peque–os porque nos sabemos importantes, al
gozo de sabernos por un tiempo, a salvo de los naufragios cotidianos. Os
reclamo para que invirt‡is en el negocio de huir por unos d’as de las
preocupaciones... Y sobre todo, os invito a que no volv‡is la espalda a ninguna
de esas peque–as cosas (VUELVE LA MELODêA)
que nos cercan y nos empapan, sin que seamos capaces de disfrutarlas por estar
demasiado adheridas a nuestro ser.
Son las peque–as cosas que esperamos
encontrar en esta feria, que a la vuelta de la esquina nos espera. Son aquellas
peque–as cosas que... cualquier d’a, en cualquier momento...
Como
un ladr—n
te
acechan detr‡s de la puerta.
como
hojas muertas
que
el viento arrastra
all‡
o aqu’.
Que
te sonr’en tristes y
nos
hacen que
lloremos
cuando
nadie
nos ve.
BUENAS NOCHES Y HASTA SIEMPRE.