PREGîN DELA FERIA Y FIESTAS DE PEDRO ROMERO

1» PARTE                                     

 

Y uno se cree
que las mat—

el tiempo y la ausencia,

pero su tren

vendi— boleto de ida y vuelta.

Son aquellas peque–as cosas

que nos dej— un tiempo de rosas

en un rinc—n,

en un papel

o en un caj—n...

(SIGUE LA MELODêA DE LA CANCIîN HASTA EL FINAL DE ESTE ELOGIO DE LAS PEQUE„AS COSAS)

Las peque–as cosas,las que vamos a convocar aqu’ esta noche, las mismas que nos devuelven a tiempos m’ticos de nuestra prehistoria personal cada vez que reaparecen, traviesas, indomables, curiosas y obsesivas. Las mismas que nos arrullan y nos inquietan a diario, que nos afirman y nos hacen temblar. Esas peque–as cosas, que endulzan la boca y acarician la piel; que huyen de las grandes palabras y de los pesados conceptos.

Peque–as cosas que evocan y convocan como enormes aldabones golpeando en la puerta enigm‡tica de la conciencia: la compa–’a imprevista, la soledad oportuna, la mirada que conduce ternura, la boca que siembra besos, la palabra que abraza, el silencio que clama, el esfuerzo abnegado de tanta entrega an—nima...Esas peque–as cosas que, por mucho que uno lo intente, es imposible dejar de preferir a otras m‡s grandes y distinguidas:la caricia del azahar en primavera al olor sofisticado del perfume m‡s sutil;  el calor de la barra al glamour de las mesas abundantes; uno no puede sentirse culpable por preferir el resplandor de unos ojos al brillo industrial de las farolas; un vaso de vino a un c—ctel, un aldeano a un ejecutivo...yo siempre voy a preferir el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional.

 

2» PARTE

- Ilmo. Sr. Alcalde, Sr. Delegado de Fiestas, Sres. y Sras. Delegados y Delegadas del Excmo Ayuntamiento, Sra. Presidente de las Damas Goyescas, queridas Damas Goyescas, queridos conciudadanos, Ábuenas tardes a todos y el deseo por adelantado de una buena feria!

Me vais a permitir que salude de manera especial a 5 alumnas (Ana, Gema, M» Isabel, Roc’o y Marina), magn’ficas estudiantes y mejores personas, que desmienten el falso t—pico de la juventud ap‡tica y desinteresada).

- Gracias a Mar’a Marquez, la conductora de este acto, esa preciosa voz de la Serran’a.

- Gracias a la presentadora, que se ha valido de su natural excesivo (en el talento, en el coraz—n y en la generosidad con los amigos) para acentuar de forma desmedidas unas cualidades que no tengo, sino que m‡s bien estoy luchando  denodada e infructuosamente por adquirir.

- Gracias a los tŽcnicos y al personal que han montado y mantienen este magn’fico tinglado de luz y de sonido.

- Gracias a todos los que participar‡n en esta velada.

- Gracias al TES de Ronda por su apoyo insustituible y siempre incondicional, con su director y alma m‡ter, JosŽ M» Ortega a la cabeza, el Pedro Romero del teatro ronde–o; y a JosŽ Manuel R’os por su ayuda tŽcnica y a Antonio Becerra, visionario de la escena y de la vida.

- Gracias a los maestros, Rafael Garc’a Montes, Pablo JimŽnez y Antonio Garc’a Montes, por su sabidur’a y talento al teclado, al acorde—n, y a la guitarra. Siempre es un placer, amigos, compartir escenario con vosotros.

Y gracias al responsable o a los responsables del decorado, por dise–ar y montar ese tel—n de fondo incomparable y glorioso, envidia y objeto del deseo imposible de todos los teatros y auditorios del mundo.

 

Un aprendiz de juglar

enfrentado a este auditorio

pregonando las grandezas

de este pueblo misterioso.

ÁQuŽ locura por mi parte!

ÁQuŽ imprudencia don Antonio!

Cuando D. Antonio Palma me propuso esta tarea, mi primera reacci—n fue la de huir; luego, el calor de mis amigos y el honor que conllevaba el encargo, me hicieron aceptar resignadamente lo que no me vi con fuerzas para rechazar.

Dos razones me empujaban a correr:

- La primera es que Ronda no necesita preg—n. Ronda no precisa pregonero. ÀPara quŽ dibujar con palabras lo  que la naturaleza y la mano de nuestros antepasados dejaron en un estado de insuperable esplendor? ÀPara quŽ embellecer la belleza? Ronda se basta y se sobra para pregonarse a s’ misma. No. Ronda no necesita pregoneros; necesita paseantes con los poros del alma abiertos para empaparse del lujo de sus cadencias, de la magia de sus callejones, del misterio de sus mitos y leyendas, del vigor de su piedra serrana, de su historia recia y profunda, de su matriz forjadora de mujeres y hombres sabios y sensibles. Ante Ronda sobran las palabras. Ante Ronda s—lo caben la emoci—n y el sobrecogimiento.

- La segunda raz—n que justificaba las dudas primeras es que ser’a otra pretensi—n exagerada tratar de alcanzar, ni siquiera emular, a tantos cuantos en ocasiones anteriores a Žsta y de forma magistral, ya han cantado las glorias y encantos de las grandes cosas de esta bendita ciudad, tocada por la varita m‡gica de los ‡ngeles encargados de repartir la belleza por el mundo. Eso ah’ queda y es inmejorable. DejŽmoslo estar.

3» PARTE

As’ que s—lo vislumbrŽ una salida. La que hemos esbozado en el pre‡mbulo: recurrir a las peque–as cosas, aquŽllas que Serrat convirti— en aguijones del alma, en el carburante imprescindible de nuestra ajetreada y deambulante vida cotidiana.

Esas peque–as cosas con las que alimentamos el coraz—n y que son las que le dan sentido a la existencia. Las peque–as cosas son las cosas importantes, las œnicas cosas importantes; lo dem‡s es parafernalia, literatura, que no cala hasta los huesos, que no inunda cuando pasa...Las peque–as cosas, en cambio, nos mojan a diario y nos agarran con fuerza a las ra’ces, a los afectos y a los sentimientos.

No, de Ronda yo no voy a glosar la hondura sublime del Tajo, ni  la elegancia y el equilibrio supremos del Puente Nuevo; ni la corona agreste de ese paisaje sobrio y espectacular que adorna su majestad de ciudad  sublime e imposible. Tampoco pondrŽ en primer plano a ese c’rculo m‡gico donde la tauromaquia se convierte en la quintaesencia del arte cada vez que un torero sue–a la faena de su vida; ni a esa catedral, que traslada a sus visitantes de la tierra a la gloria, como si tal cosa. Nada diremos de Antonio Ord—–ez, (una pluma en la muleta; un verso en cada lance), ni de Pedro Romero, (el padre de la fiesta, el patr—n de estos festejos). No, no diremos nada tampoco de ese emplazamiento deslumbrante, entre el cielo y el abismo, en el punto justo de equilibrio en el que, Ronda, sin dejar de ser terrenal, se proyecta hacia los espacios siderales de una forma natural, sin excesos ni timideces.

Yo quiero pasear con vosotros, queridos paisanos y paisanas, por algunas de sus calles y de sus plazas, por sus jardines y rincones, que recogen nuestro traj’n diario; Yo quiero pasear con vosotros para que Ronda salga a nuestro encuentro; para que Ronda se pregone sola. Con vosotros y vosotras, que sois y somos lo m‡s importante de esta ciudad. Por muy grandes que sean las ciudades y los pueblos, por mucho arte o historia que atesoren, lo esencial siempre es la gente. La gente que los ocupa y que pasea por ellos sus zozobras y sus alegr’as, sus dudas y sus certezas, sus temores y sus vanidades; Esos que ponemos nuestra meta en sue–os y quimeras (pura condici—n humana), pero que nos agarramos irremisiblemente al clavo ardiendo de las peque–as cosas donde encontramos el cobijo necesario, el refugio imprescindible para guarecernos del temporal de las crisis y las pandemias, de las alarmas interesadas y los miedos oportunos. Esos que hacemos la historia, aunque no aparezcamos en los libros de texto; los que tiramos del carro, aunque no seamos protagonistas de nada; los que configuramos el paisaje humano y diario de nuestros espacios colectivos, aunque no firmemos en ningœn libro de honor; los que desde el anonimato de nuestras existencias calladas y prudentes, forjamos con nuestros esfuerzo y voluntad, contra viento y marea, el presente que nos acoge y el futuro, m‡s o menos imperfecto, que queremos para nuestros sucesores.

Si Ronda es sublime,alta, egregia, noble, insigne, fiel y fuerte... ÀquŽ adjetivos tendr’amos que inventar para calificar a sus pobladores, de ahora y de antes, a los que con su talento, ingenio y sensibilidad fueron tejiendo, cuidando y mimando esta pieza maestra de orfebrer’a que es nuestra ciudad y su entorno?

Las ciudades y los pueblos son el resultado de la brega diaria, del quehacer abnegado y silencioso de los que cada d’a hacemos el supremo esfuerzo que el despertador nos solicita para enfrentarnos, como piezas disciplinadas y creativas, al engranaje que mantiene viva a la sociedad y a la historia.

Pero, comencemos; acudamos al encuentro de la Ronda que a s’ misma se pregona. Busquemos las peque–as y sublimes sensaciones que su encuentro nos provoca; salgamos en su busca, empapŽmosnos de su fragancia. Nuestro recorrido podr’a empezar en cualquier parte de esta ciudad embrujada; cada punto de su anatom’a podr’a abrirnos una puerta hacia el Žxtasis. Nosotros lo haremos por el centro, porque nos coge m‡s cerca y porque quiero llevaros por los barrios que atesoran mis peque–as cosas m‡s preciadas. Pero seguro que cada uno de vosotros tiene su ruta sentimental, su singladura personal segœn la Ronda que cada cual tiene prendida en sus entra–as. Vayamos, pues, a ese coraz—n urbano, por donde nuestros peque–os afanes circulan y se cruzan sin apenas descanso; por esa carrera de Espinel, por esa Bola que debi— ser tan imponente y poderosa, que le rob— la calle al insigne poeta, al m‡s grande de los poetas ronde–os y maestro de los grandes poetas espa–oles del Siglo de Oro. Y es que cuando el pueblo rompe a nombrar, se impone a voluntades pol’ticas y acadŽmicas. Empecemos, pues, por ese...

 

Consuelo de estresados corazones

carrusel de mentiras y verdades,

pasarela de torpes vanidades

jolgorio de miradas y mirones.

 

Torrente de peque–as ambiciones,

potente difusor de actualidades,

entre ofertas, rebajas, novedades,

se afanan tremulosas emociones.

 

De encuentros fugitivos y constantes

se alimenta tu piel, mœsculo inerte;

de ni–os caprichosos y tunantes,

 

de ese sol que se asoma para verte.

De hombres y mujeres paseantes

que encuentran su placer en recorrerte.

 

Mas, seguidme, que en la orilla de esta calle reina la plaza del Socorro, donde, si busc‡is bien, tambiŽn encontrarŽis por all’ depositadas, alguna que otra de esas peque–as cosas que nos remueven las entretelas m‡s escondidas.

Lugar de citas y encuentros

fortuitos y obligados,

voluntarios y sabrosos,

en las tardes de verano.

Por las ma–anas el sol,

que asoma por los tejados

pone una alfombra de luz

a los impacientes pasos.

Hay una brisa que besa

 y acaricia sin descanso,

 a todas horas brotando

 de su coraz—n urbano.

Y atravesando a trompicos ese inmenso comedor en que se ha convertido el centro de la Ciudad, donde los visitantes, en horas intempestivas, reponen las fuerzas perdidas por tanto paso y por tanta emoci—n derramados en sus aceleradas visitas, nos vamos por la calle Pedro Romero hasta la calle Virgen de la Paz, donde...

Siempre nos espera


desbordando las aceras

una fugaz marejada

de festivos caminantes,

de asombrados paseantes,

de curiosos en manada.

Si subimos hacia la Plaza de la Merced nos encontramos con un sue–o hecho realidad vegetal. Al borde del abismo que la proyecta hacia espectaculares  ocasos, reina un rinc—n celestial, del que el dise–ador del para’so copi— sus planos.

(VUELVE EL TEMA MUSICAL DEL PREGîN, MUY SUAVE, HASTA EL FINAL DEL SIGUIENTE POEMA)

Escenario de suspiros,
 de enamorados sedientos,
 de ilusiones infantiles
 bajo los tejados frescos.
 Reposo de almas cansadas
 y de doloridos cuerpos.
Testigo de los furores
que llevan dentro los vientos.

M’tica estampa serrana,
celosa de sus secretos.
Nido de besos robados
en procelosos encuentros.
Siempre al borde del abismo
siembre mirando hacia el cielo,
dulce Alameda del Tajo,
para’so de mis sue–os.

Y mirando hacia el poniente, desde el balc—n que reclama nuestra curiosidad por su nombre impœdico (sical’ptico), nos encontramos, en cada atardecer, un poema diferente; un poema de luz y de color...

 

Anda buscando el sol su madriguera

y en Ronda deja un rastro de primores,

un mosaico de pl‡cidos colores,

un brochazo de eterna primavera.


Rompe el velo la clara cordillera

dibujando paisajes so–adores,

de tardes, de penumbras y de albores

vestidos por la gama arrebolera.

 

Lanza en su adi—s un luminoso gui–o

al Tajo que descansa bajo el Puente

y lo mismo que duerme y sue–a un ni–o

 

con pesadez de sue–o se retira.

La noche se presenta de repente

mientras la tarde sin dolor expira. (FIN DEL TEMA MUSICAL)

Y antes de llegar al puente, amigas y amigos,   (MELODêA, EN TONO MENOR, DE ACORDEîN, MIENTRAS DURA ESTE POEMA) nos recibe la plaza de Espa–a...Es forzoso detenerse. Aqu’ duermen tantas sensaciones que siguen vivas  dentro de tantos de nosotros...

 

Plaza del Parador,
plaza de Espa–a,
con sus puertas abiertas
y su farmacia.

Con sus bares cerrados
y su cer‡mica,

con R’os Rosas pendiente
en su atalaya,
con su plaza de abastos,
pura nostalgia.

Por su cine y su torre
aœn brotan l‡grimas,
y por su barber’a
lloran las barbas.

Plaza del Parador,
Plaza de Espa–a
. (FIN DE LA MòSICA)

Y nos vamos hacia el puente...

siempre atestado de gente

con los pellejos al viento

que no para ni un momento

con sus c‡maras en ristre

y ese espect‡culo triste

de los coches en hilera

parados y en las aceras

otros impidiendo el paso.

Y la gente, por si acaso

por en medio de los coches.

 

Pero volvamos al puente,

con sus tres esbeltos ojos

y sus grajos y sus rojos

y limpios atardeceres,

sus hombres y sus mujeres,

sus ni–os y sus escuelas

y ese fr’o que se cuela

y te congela hasta el alma.

Pero volvamos al puente

siempre atestado de gente,

trasunto fiel de la vida,

lugar de entrada y salida,

de paso de caminantes,

de caballeros andantes

y damas enamoradas,

de pasiones encontradas,

conjunci—n copulativa:

c—pula de piedra viva

que concilia los contrarios

y que admite en s’ los varios

y curiosos personajes

que conforman su paisaje;

lleno de gentes sencillas

y de sus medias costillas,

esos que tiran del carro,

que no le temen al barro

y que pagan su sustento

a los que viven del cuento...

Y aqu’ abandonamos estas aleluyas precipitadas y bulliciosas, como el puente al que cantan, porque estamos llegando a la calle Armi–‡n, la puerta de entrada a los dos barrios m‡s antiguos de Ronda. La historia aqu’ se vuelve interminable y se remonta a los albores de nuestro origen como comunidad. Esta calle Armi–‡n que...

 

Entre recios soportales

va desde el Puente hasta el barrio.

Como una madre rumbosa

en su rastro va dejando

sabor de cal y de rejas,

de balcones olvidados.

ÁCuanta memoria dormida

hay debajo de su asfalto!

las pisadas y sus ecos,

las rodadas de los carros,

el rumor de los murmullos,

los cascos de los caballos

de bandoleros sangrientos,

de se–oritos ufanos;

las l‡grimas y las risas

de los lances cotidianos.

En busca de las Murallas

va desde el puente hasta el Barrio,

desde los cerrados cerros

hasta los abiertos campos.

Y antes de alcanzar esas murallas nos detendremos en La Ciudad, germen y origen de Ronda, desde donde se ha seguido proyectando  y creciendo en su viaje eterno hacia el futuro. Aunque m‡s bien parece que por aqu’ no transcurre el tiempo, que aqu’ se detiene, tal vez distra’do y obnubilado ante tanto esplendor.

 

(TEMA DEL PREGîN, CON TODAS LAS VARIACIONES QUE CONSIDEREN LOS MòSICOS, HASTA EL FINAL DEL POEMA)

 

Como una noche incendiada

mi barrio tiene la sangre:

azul de mirar al cielo,

dulce de tanto mirarse.

Mi barrio tiene una luz

que derrama por sus calles

como un tesoro infinito

de todos, pero de nadie.

Mi barrio est‡ siempre lleno

de gentes de todas partes

que nunca comprender‡n

sus secretos ancestrales,

esos que s—lo conocen

los que sus sue–os comparten.

 

Mi barrio tiene la piel

curtida por mil azares

y en sus venas fluyen gotas

de linajudos linajes,

por eso siempre pari—

apellidos respetables:

testigos y testimonio

de indelebles lealtades.

 

Mi barrio dibuja escudos

coronando los portales,

de muy rancios abolengos

y de oscuras vanidades.

 

Pero mi barrio tambiŽn

sabe mirar adelante,

quiere encarar el ma–ana

y el presente m‡s vibrante.

Mi barrio vive hacia adentro

y por sus poros se evade,

se proyecta hacia el pasado

y hacia el futuro se esparce.

En sus arterias los piercings

se alinean con los trajes

y las severas beatas

con alegres colegiales.

 

Mi barrio tiene fronteras

que limitan con el aire,

con murallas infinitas,

con tapices celestiales.

 

Mi barrio es parte de m’

como yo de mis verdades;

no puedo reconocerme

sin mirarme en su paisaje.

(FIN DE LA MòSICA)

A mi barrio se entra por la calle, tal vez, m‡s fotografiada del mundo...


Este Tenorio
no era un don Juan,
ni un burlador

ni un vil truh‡n.
Era un pol’tico
de armas tomar
y  un cargo bueno
en la capital.

Y por ella se llega a otra plaza, otro enclave bautizado popularmente en contra del nombre oficial...

Pero antes de irnos a esa plaza, giramos un momento a la izquierda, porque os tengo que ense–ar mi calle. Es s—lo un momento y enseguida volvemos a este punto...Mi calle, como tantos rincones de mi barrio, invita al amor...

 

Un clavel en la maceta,

la maceta en el balc—n

y la mano de la due–a,

m‡s hermosa que la flor.

Balcones de mi calle,

ÀquŽ est‡is mirando?

dejadme que yo siga

sus dulces pasos.

Que nadie nos vigile,

cerrad las puertas

que quiero estar a solas,

solo con ella.

ÁAy, quiŽn pudiera

recorrer a su lado

las alamedas!

Y ya que estamos aqu’ y puesto que es peque–a y responde a nuestro prop—sito de evitar en lo posible lo grandioso y trascendente, os mostrarŽ el...

Santuario de la Paz,
re
gocijo de las almas,
v
irgen pre–ada de amor,
v
ecina de quien les habla.

Canta un c‡rabo su canto
 en su elegante espada–a
 y yo llevo en la cabeza
 sus familiares campanas.

Patrona de los ronde–os,
alcaldesa pura y santa;
a la Virgen de la Paz
los auroreros le cantan.
Pero volvamos a la calle Tenorio y sigamos nuestro itinerario buscador de la Ronda que a s’ misma se pregona y en cuyos rincones todos tenemos peque–os tesoros escondidos. Esa Ronda que encierra nuestras peque–as cosas inefables, que manan a borbotones por todos y cada uno de sus poros.
Pero antes, haremos otra pausa (SUENA ACORDEîN, NOSTçLGICA). Yo no puedo pasar por esta calle  (tampoco pueden hacerlo multitud de ronde–os) sin entrar en la casa de Don Bosco, en la sede del TES legendario. All’ est‡n, retozando alrededor de su fuente las peque–as grandes cosas  que llenaron los mejores a–os de nuestra juventud...
En tus jardines viven los mejores
instantes
de ese tiempo irreverente,
primera juventud torpe, imprudente,
escarchada de dudas y temores.

Cupido dispar— desde tu fuente
hacia m’ la saeta envenenada
que dej— mi sustancia enamorada
de unos ojos y un cuerpo adolescentes.

Una guitarra, un micro y un piano,
y el ritmo
y el calor de unos amigos
transformaron mi vida en melod’a.

Aœn llevo aquellas  notas en mi mano
y para siempre vivir‡n conmigo
porque siguen sonando todav’a.

Y ahora s’ estamos cruzando la Plaza antes anunciada...la del Campillo.Vecina de esta plaza hay una calle...

Adornada de piedras y de pasos

perdidos de azarosos caminantes,

hoy como ayer, ahora igual que antes,

su frente apunta al incre’ble ocaso.

Su brevedad discurre entre un palacio,

la casa de un marquŽs y una plazuela

donde toman el sol gatos y abuelas

y la vida y el tiempo van despacio.

Siento haber pasado de largo por mi primer Colegio y el de tantos paisanos, Santa Teresa; tambiŽn lo haremos por el segundo, ÒEl CastilloÓ. Hay en ellos encerradas demasiadas Òpeque–as cosasÓ y no conviene abandonarse demasiado a la nostalgia. Tiempo habr‡ otro d’a...Y pasando por delante del Palacio de Mondrag—n, llegaremos por un laberinto de ruedos y callejones, hasta un lugar de ensue–o. Aqu’, ante ustedes, la Plaza Duquesa de Parcent (o de Santa Mar’a)...

(TEMA DEL PREGîN, MUY SUAVE, HASTA EL FINAL DEL POEMA)

Ay, plaza de mi infancia!

ÁAy, rinc—n de mis juegos!

De mis ojos sin nubes,

de mis d’as sin miedo.

De una historia a estrenar,

de un futuro completo.

Duquesa de Parcent,

Ácu‡nto te quiero!

Me diste otro horizonte,

un mundo nuevo,

un mundo diferente,

un mundo viejo,

en tiempos complicados,

en buenos tiempos,

tiempos en que so–aba

que yo era eterno.

Guardada por castillos

y nobles templos,

Duquesa de Parcent,

ÁCu‡nto te quiero! (CESA LA MòSICA)

Mas sigamos, que ya estamos terminando; si descendemos por Òlas escalerillasÓ, volvemos a encontrar la Calle de Armi–‡n; ella nos llevar‡ al Barrio. Los ronde–os no necesitamos decir su nombre para saber hacia donde nos dirigimos...

Con sus calles empedradas

y su dilatada historia,

con ÒEl SucioÓ en la memoria

y sus tremendas heladas.


Su Llanete y sus pendientes,

con sus bares y sus due–os

y Paquillo Òel Pujarre–oÓ,

paradigma de sus gentes.

 

Con su santa cofrad’a:

Hermandad del Santo Entierro,

sus balcones y sus cierros,

su tristeza y su alegr’a.

Con su pilar centenario,

con su Iglesia y sus conventos,

su falta de aparcamientos

y con su traj’n diario.

 

Con sus viejos y sus ni–os,

con su alameda y su feria,

su sabor a periferia,

sus monjas y sus pesti–os.

 

Con sus osados empe–os,

con su propia idiosincrasia,

Žl es por antonomasia

el barrio de los ronde–os.

Y por un camino viejo (ACORDEîN A LO LEJOS), pero remozado, que va bordeando las centenarias Murallas, alcanzaremos dos peque–os puentes casi superpuestos...

Testigos de los afanes

que deja  el hombre en el viento,

en esa red impalpable

que van tejiendo los tiempos.

Pasillo entre dos historias,

dos almas de un mismo pueblo.

Tr‡nsito de soledades,

de bœsquedas sin encuentro,

de verdades sin memoria,

de mentiras sin recuerdo.

Sagrado paso que a–ora

el insondable silencio. (CESA EL ACORDEîN)

Y, como llevamos prisa y Ronda no casa bien con esta enfermedad contagiosa del presente, dejaremos a un lado esos

Ocho volcanes abiertos,
 
 ocho caricias sagradas,
 
 ocho frescos regocijos,
 
 ocho verdades de agua.

8 ca–os cargados de evocaciones y leyendas...

Y atacaremos la cuesta que arranca con ese monumental...

Arco de Felipe V

donde los enamorados

ponen a salvo del mundo

sus misterios m‡s arcanos.

Lugar  de amores furtivos,

pasiones al cielo raso.

ÒSill—n del moroÓ que oculta

los besos y los abrazos.

Y nos disponemos a escalar esa pendiente de Santo Domingo...

met‡fora de la vida:

siempre subir y bajar,

cuesta abajo y cuesta arriba,

por un camino de piedras

que lacera y que lastima.

Cuesta de Santo Domingo,

met‡fora de la vida.

Subir a tientas, subir,

bajar rodando, de prisa,

para volver a subir,

 a empezar otra salida.

Y as’ volvemos al puente, donde acabaremos nuestra peculiar singladura, Pero ya sin la vor‡gine alborotada que, hace unos momentos, agitaba su piel de piedra milenaria. Con m‡s reposo y sosiego... (TEMA DEL PREGîN) sorprendido en uno de esos momentos inexistentes en que funde su esencia con la ciudad con la que mantiene un idilio apasionado...

Como dos eternidades
ah’ siguen Ronda y su Tajo,
condenados a entenderse,
como dos enamorados.

Su Tajo parte su alma,
su alma vive en su Tajo,
entregados a su suerte,
al abismo encadenados.

Ronda y su Tajo embebidos,
un mismo sino en sus manos.
condenados a entenderse,
como dos enamorados.

Tras tama–a caminata sentimental, es un consejo innecesario decir que...

Tendremos que extremar la vigilancia,
hay un peligro en Ronda de perderse,
de alienarse, rendirse, someterse,
de quedar  atrapado  en su sustancia.

Hay un riesgo muy fuerte de estar fuera,
de alejarse del tiempo y sus urgencias,
fuera de la raz—n y la conciencia,
m‡s all‡ del espacio y sus fronteras.


Puede perderte el Tajo con su puente,
puede asirte su  cielo y su paisaje
puede perderte el genio de su gente

o la luz de sus recios personajes;
puede atraparte el sol en el poniente
o su misterio ind—mito y salvaje. (CESA LA MòSICA).

  PARTE

Y, de la misma forma que hemos querido orillar lo trascendente de esta ciudad, en beneficio de lo sencillo, de lo que, equivocadamente, asumimos como secundario, aunque sabemos que es esencial, tampoco vamos a fijarnos en lo fastuoso de estos festejos de Pedro Romero, donde como cabe vislumbrar por el patr—n laico que los nombra, el toreo es clave y capital y la Real Maestranza, escenario inigualable de los hitos principales del programa. No, eso ya se ha glosado muy bien y muchas veces. Tampoco nos vamos a detener en el resto de esos otros grandes jalones que se suceder‡n a lo largo de la semana festiva y que se ver‡n engrandecidos y magnificados con la inteligencia, la simpat’a, la dulzura y la belleza de estas damas goyescas incomparables, encabezadas por nuestra querida Presidenta. No, de eso nada diremos porque no nos quedar’a espacio para proclamar nuestro m‡s caluroso llamamiento a participar tambiŽn de las cosas normales, habituales y sencillas de la feria, de las peque–as grandes cosas de nuestra fiesta principal.

Disfrutemos de la feria del Centro, esa novedad inevitable y oportuna que han tra’do los nuevos tiempos, pero que en ningœn caso, debe sustituir a la feria del Real, sino que debe ser un a–adido, un complemento de la feria de toda la vida, la que recuerda aquellos encuentros comerciales que arrancaron en la Žpoca medieval. Esta feria es la que tiene nuestros recuerdos repletos de (MELODêA) aquellas peque–as cosas que nos han venido acompa–ando desde que la visitamos por primera vez, de la mano de quienes nos incorporaron a esta bendita tradici—n festiva. Esas peque–as cosas que aœn nos sigue poniendo la carne del alma de gallina.

El roce inevitable de los cuerpos y el perfume a churros, los ojos anhelantes  del ni–o esperando cabalgar su caballo de madera, la tensa espera en la estaci—n del tren m‡gico, capaz de trasladarnos por los paisajes m‡s ex—ticos que la imaginaci—n sea capaz de tejer, las manos hœmedas abriendo los boletos de la t—mbola, los bocadillos rebosantes por fuera del jam—n que se escatimaba por dentro, los tiernos alardes de dos adolescentes paseando su primer amor, la mano protectora de la madre conduciendo a su reto–o al mundo de los sue–os imposibles, a ese ni–o que todos llevamos dentro y que vuelve a alborozarse con el ruido y el fragor de sirenas, engranajes, chirridos, voces emocionadas y semblantes esperanzados. (PARA LA MòSICA)

 

ÁSe–oras y se–ores, ni–as y ni–os, j—venes de todas las edades!: este pregonero os convoca al reino de la ilusi—n, al espacio de la alegr’a, al territorio m‡gico del mundo al revŽs, para que, con ojos sin tinieblas, os introduzc‡is en una dimensi—n diferente, la que procura la visi—n desinteresada y generosa, la actitud complacida y complaciente, la entrega ilimitada al placer de sentirnos peque–os porque nos sabemos importantes, al gozo de sabernos por un tiempo, a salvo de los naufragios cotidianos. Os reclamo para que invirt‡is en el negocio de huir por unos d’as de las preocupaciones... Y sobre todo, os invito a que no volv‡is la espalda a ninguna de esas peque–as cosas (VUELVE LA MELODêA) que nos cercan y nos empapan, sin que seamos capaces de disfrutarlas por estar demasiado adheridas a nuestro ser.

Son las peque–as cosas que esperamos encontrar en esta feria, que a la vuelta de la esquina nos espera. Son aquellas peque–as cosas que... cualquier d’a, en cualquier momento...

 

 

Como un ladr—n

te acechan detr‡s de la puerta.

Te tienen tan a su merced

como hojas muertas

que el viento arrastra

all‡ o aqu’.

Que te sonr’en tristes y

nos hacen que

lloremos cuando

nadie nos ve.

BUENAS NOCHES Y HASTA SIEMPRE.