Querido Salvador, Srta. Delegada de Cultura, queridos amigos:
Los responsables de este acto han presentado un programa tan denso y extenso, que sería una grave imprudencia intentar acaparar un tiempo que hay que compartir solidariamente con los compañeros que han acudido aquí esta tarde para mostraros una obra especial y un autor importante. Por eso hay que ir al grano y a lo sustancial.
Con la desnudez del alma no es un título baladí, ni retórico ni falto de contenido. Por el contrario, responde con enorme certeza a lo que hay dentro de sus páginas. Decía Borges que la poesía no es nada si no es biografía. La dirección del poema debe ser de dentro a fuera y aunque hable de los montes y los ríos, de una flor o de la luna, en cada uno de esos espacios y elementos ha de haber un corazón latiendo y un alma aleteando; un espíritu aventando sus zozobras interiores, sus anhelos más profundos, sus dolores más íntimos.
Por eso, cuando uno entra en este territorio sagrado del alma de Salvador, encuentra a un poeta de verdad, porque en sus páginas no hay nada que sea externo, lejano, extraño a él. Salvador se desnuda desde el prólogo de la forma más radical que puede hacerse, a base de poner el mundo interior al descubierto. Los trapos que cubren el alma desaparecen en el fluir de su verbo florido y trascendente, para enseñarnos, sin ninguna reserva, sus verdades más recónditas, los motivos de sus desvelos, los motores de su existencia.
Salvador nos regala, pues, su palabra para que, al blandirla como arma enamorada, sintamos sus precariedades como propias y hagamos nuestras sus plenitudes; para que gocemos con sus alegrías y lloremos con sus desamparos (congojas).
El universo poético de Salvador es un reino donde
mandan las alondras / y presiden los luceros, /donde calienta la escarcha /y refresca el rojo fuego, /donde ni suben ni cansan/las montañas y los cerros.
Ese es el mundo que nos propone el poeta como una de las maneras, tal vez la única, de enfrentarnos a las angustias de vivir, de trascender la mediocridad de las vulgaridades cotidianas, de brincar por encima de convenciones y prejuicios, de dogmas y valores consagrados por quienes, desde siempre, y casi siempre con éxito, pretender construir nuestra vida desde fuera, sin delicadeza ni miramientos.
Con la desnudez del alma se articula alrededor de 6 ejes temáticos, 6 colecciones de suspiros y anhelos esperanzados… Sus títulos ya anuncian lo que encierran: RASTRO DE CAMINANTE, CONFESIONES DEL ALMA, REALIDAD SIN TAPUJOS, VAIVENES DEL CORAZÓN, EVOCACIÓN AL SENTIMIENTO, A MI TIERRA HONDA.
En ellos anida su verdad, la verdad, su retrato, los sueños, sus razones. Sólo vive quien sueña y quien está dispuesto a seguir luchando, a esperar aunque no haya esperanza, a no darse jamás por vencido. Sólo quien duda puede esperar que alguna vez le roce alguna leve certeza, aunque sea provisional (las únicas certezas posibles).
Sólo quien pone en lucha el corazón y la cabeza puede empezar a vislumbrar su ser. La vida es una batalla permanente entre las razones y los sentimientos. Hacer que aquéllas sientan y que éstos piensen es la guerra en la que anda enfrascado Salvador.
Su espíritu bohemio es un incansable buscador de la utopía. Su poesía es un permanente canto a la libertad. Hay un enfrentamiento sin matices contra todas las trabas y pequeñeces que nos castran, contra cualquier mordaza o censura, contra todos los equipajes que nos lastran,.
Amor con mayúsculas, pasión que arde, plenitud, perdón, olvido, entrega sin reservas, éxtasis y abandono…
La amistad, la vida, desde el sencillo placer de estar vivo, de retozar por su Llano de la Cruz (lo más parecido al paraíso, tal vez el paraíso) hasta el sentido y profundo homenaje al poeta, a su poeta, Miguel.
Sus compañeros, sus alumnos y su infancia siempre presente. Su Cristo a desenclavar, su nazareno.
Y por si fuera poco este desfile de arpegios incandescentes, el pincel mágico de Isabel, su hija, es capaz de construir una sinfonía de colores y formas, de trazos que hablan y expresan a la par que la palabra poética. Isabel se identifica de manera admirable con el fondo vertiginoso del poeta y traduce su desnudez con brillantes imágenes y relucientes metáforas aladas.
Y para finalizar, quiero detenerme en un elemento formal que Salvador domina como un maestro: el SONETO.
Uno ya lo presumía y en ello me ratificó mi amigo Frutos Barbero, ese erudito sin límites, ese lector insaciable. Los sonetos de Salvador son técnicamente insuperables. Por eso, humildemente, quiero cerrar mi intervención dedicándole uno al maestro, aunque sólo sea para agradecerle el honor que me ha hecho por contar conmigo en este acto. Dice así:
¿Qué les das a las musas, Salvador?
¿Qué les das, que las tienes de tu parte?
¿Cómo llevas su peso sin cansarte?
¿Sin que te ciegue tanto resplandor?
Contigo siempre sale perdedor
el que quiera, sin luces, olvidarte,
cuando elevas con mimo el estandarte
de tu verbo de ardiente trovador.
Tu luz brilla más fuerte que ninguna
y burlando las sombras del poniente
se cuela entre los labios de la luna
para mostrar caminos diferentes.
Cuánto envidio, charrán, tanta fortuna
entregada al servicio de la gente.
MUCHAS GRACIAS Y BUENAS NOCHES.
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