Antonio González Muñoz “El Cuqui”, La complicada sencillez de un artista bohemio no es un libro de memorias, aunque en este género literario es donde el libro tiene acomodo. El autor se define como bohemio y en esa disparada y exquisita incongruencia discurre la obra. Incongruencia que no es renuncia a lo bien estructurado, sino inconsciente abandono a lo que va sucediendo en la vida que nos narra sin apenas fechas de referencia.

En el transcurso de la obra nos lleva de Ronda a Tokio en lo que dura un padre nuestro y de allí a Viena o Hawaii con la misma inconsciente brevedad, pero dejando en todos sitios memoria exacta de su presencia.

Por la obra discurren una abigarrada galería de personajes, desde el músico callejero a la emperatriz de Japón o del  Primer  Ministro Sato a quienes trató siendo un pintor reconocido de aquel país . A todos da el mismo tratamiento de afecto próximo, ajeno a extrañas ceremonias y protocolos… Y todos le aceptaron con la misma naturalidad que él ofrecía.

Antonio es experto en muchos y variados oficios y profesiones que sin cronología aparente van discurriendo por el libro plagados de anécdotas divertidas las más de ellas.

La guitarra y la pintura son las dos actividades que mejor le definen y en las que destacó de un modo singular, como iremos viendo a lo largo de los capítulos que componen el libro.

Antonio González Muñoz, El Cuqui dice lo que piensa sin ningún temor dueño de una virilidad poderosa e inteligente incapaz de someterse a nada que pudiera arrojar la más leve sombra sobre su libertad a la que nunca puso precio, porque el dinero, como buen bohemio, tiene para él muy poco valor, algo de lo que queda suficiente constancia a lo largo del singular relato contenido en el libro.