Gotas de lluvia

Ser es existir.

No hay más esencia que la existencia.

Vivir es irse haciendo en cada instante.

Los momentos felices

Los momentos felices siempre se reconocen como tales después de haber desaparecido. Por una lamentable incapacidad humana para valorar y gozar con plenitud los instantes presentes, mientras duran no son juzgados de la misma manera que cuando la pátina del tiempo los convierte en material abocado a la melancolía.
Se admiten cuando ya no están. Se sueñan cuando ya no es posible disfrutarlos. Se desean, se anhelan y se magnifican hasta llevarlos a dimensiones que sobrepasan con creces las que tuvieron en la realidad estricta en la que existieron, una vez que la ola del presente borra todas las huellas dibujadas en la arena del pasado.
Así es: el mayor disfrute se obtiene en los archivos de la memoria; solo allí adquieren nuestros momentos felices la plenitud que no le reconocimos en su tiempo. Así, esa plenitud del disfrute es imposible: en su presente no se le reconoce todo su valor; desde la distancia se contamina y se mancha de nostalgia.

Dentro

En el territorio infinito del subconsciente se amontonan sin orden aparente los fracasos, las dudas, los desvaríos, los agravios y demás basura, que vamos acumulando con nuestro paso por el tiempo. Allí hay un duendecillo que los baraja y los va posicionando en orden de salida. Poco a poco los va sacando, sin que alcancemos a comprender con qué criterios lo hace, y nos los va colocando en la sala de máquinas que maneja el control de nuestras decisiones, pensamientos y emociones. Una vez allí, toman el mando y nos colocan justo en el lugar que nos corresponde, la de espectadores y víctimas de aquellas entelequias que nos manejan a su antojo.
Creemos que somos dueños de nuestros actos, pero la verdad es que no somos más que marionetas manejadas por los hilos de los demonios que nos habitan.

El lenguaje

He aquí al más elástico de todos los contenedores que cupiera imaginar en el universo humano. Por mucho que lo intentes henchir, siempre le cabe algo más. Es víctima y es verdugo, pero, sobre todo, es capaz de ampliar sus fronteras hasta el infinito. Y todo eso pese a que su naturaleza básica es la simplificación económica.
Sí, es el lenguaje, ese pobre ser, pocas veces acariciado, casi siempre maltratado. En él cabe todo: la verdad y la mentira, las medias verdades y las medias mentiras. Sirve para engañar y para herir; para simular y para disimular, para fingir, para embaucar y timar…
Es una herramienta muy peligrosa el lenguaje. La más peligrosa de todas, porque irradia más que ninguna otra. No se posible dar un martillazo en dos lugares a la vez, pero una palabra, una sola palabra, puede golpear brutalmente a muchas personas al mismo tiempo.

El poder


He aquí al rey de la fiesta, el sumo sacerdote, el dios sin cielo que habita en la Tierra. Os presento al puto amo; no hay otro igual. Hay quienes discuten que tal lugar pudiera corresponder al dinero. No hay tal; éste no es más que un medio, uno más, quizá el más importante, para conseguir el summum, el no va más, el poder.
El poder implica subordinación y nada es más grato al común de los mortales, que sentirse fuerte sobre la obediencia debida de quienes están exigidos a acatamiento, yugo y servidumbre. El sentimiento de que otros están sometidos a tu voluntad es de una voluptuosidad, que ya la quisiera el mismísimo sexo.
Nada engancha más que el poder; es la droga más poderosa, porque es la que crea más dependencia. Eso lo saben muy bien quienes han perdido, aunque solo sea un trocito, del que alguna vez tuvieron.

La memoria


Llama especialmente la atención la capacidad selectiva de esta maravilla de la fisiología y la química neurológica. La memoria olvida con facilidad pasmosa determinados archivos importantes de su estantería, mientras se obstina en recordar, a veces, rayando la obsesión, otros que no merecerían ni siquiera un rinconcito de la biblioteca cerebral. La instancia que maneja qué debe y no debe permanecer almacenado allí, no utiliza criterios razonables, ni productivos, ni éticos ni estéticos, ni de ninguna otra clase registrados y controlados por la ciencia.
Más pareciera que son aleatorias y que vienen guiadas sus decisiones por el mero y simple capricho de un jugador empedernido empeñado en su lúdica tarea de combinar dados y cartas siguiendo las más elementales normas del azar.
El psicoanálisis dice otra cosa, pero, ¿quién sabe?

El deseo


Toda acción humana viene determinada por un deseo. Los deseos son movidos por múltiples motivaciones: desde cubrir necesidades fisiológicas hasta cumplir aspiraciones éticas, voluptuosas o, sencillamente, caprichosas. Es decir, los deseos vienen movidos, a su vez, por deseos más profundos. Unos son palmarios; otros, latentes, y otros más, desconocidos e imposibles de descifrar.
La vida se mueve accionada por una cadena interminable de deseos. Unos a otros, los deseos van satisfaciendo su propia y radical naturaleza.
Por cierto, yo deseo escribir estos apuntes, porque deseo poner en orden y por escrito mis desvaríos sobre la perversa realidad. Ese es el que yo percibo, pero, ¿qué otro deseo oculto mueve los hilos que mueven este deseo? ¡Ah! Materia reservada.

El cambio


Heidegger lo vio claro. Hasta entonces, el siglo XX, la filosofía se dedicó infructuosamente durante siglos, abusar el principio radical de todas las cosas como si fuera algo estático, inalterado e inalterable. Ya otros, como Heráclito, más de dos mil años antes, había intuido la realidad cambiante, pero fue el maestro alemán quien comprendió que la realidad de las cosas debe explicarse desde unos principios que contengan su misma naturaleza.
Las cosas cambian, los seres vivos cambiamos, constante, permanentemente. Lo que hay detrás de todo eso no puede ser algo invariable, sino dinámico y móvil, diabólicamente móvil.
Somos hijos del cambio…y no es una consigna política.

Dios


Dios no necesita ni oraciones ni sacrificios. Los humanos han humanizado siempre a Dios, le atribuyen nuestras virtudes y defectos, nuestros deseos, nuestras pasiones y nuestras carencias. Pero Dios es un concepto y quienes lo humanizan desconocen o simulan que ignoran sus atributos. El más totalizador de ellos es la perfección. La perfección es incompatible con cualquier tipo de apremio o de requerimiento. Dios no precisa nada, luego los sacrificios que lo honren son ociosos; no sirven para nada. Tampoco hay que suplicarle ni enviarle pesadas y tediosas oraciones, porque su oído es divino y escucha y sabe sin necesidad de mensajes ni mensajeros.
Menos mal que su paciencia, también divina, es, asimismo, perfecta, porque soportar a tanto melindre dando la vara con tanta rogativa sería insoportable sin esa celestial cualidad.

Un concepto manipulado


Dios es un concepto manipulado. La iglesia, los poderosos lo han usado y lo siguen usando para defender sus particulares intereses. Dios es el argumento más fuerte para que los que mandan puedan vivir tranquilos, protegidos por la mala conciencia de los pobres creyentes. Demasiado potente es semejante ser como para no sentirse absolutamente disminuido ante su amenaza. Los sacerdotes, los potestados tienen en sus manos un arma más poderosa que la más letal de las bombas. Y la usa, la han usado y la usarán sin ningún tipo de vergüenza ni remordimiento, porque les reporta unos dividendos, imposible de soñar sin la colaboración de semejante contribución divina.

Dios y la justicia


Dios es un concepto o un ser, que se define por una serie de atributos, cuya vara de medir es la excelencia. Siendo algunos de ellos la máxima perfección y la máxima bondad, no sería descabellado pensar, que lo que más debe parecerse a tal cúmulo de perfecciones debe ser un estricto sentido de la justicia. No puede ser injusto un ente perfecto. No se entiende, entonces, la extraña providencia que derrama sobre un mundo manifiestamente mejorable. O no se ocupa de sus criaturas, lo que no sería nada extraño dada la condición de la mayoría de ellas o su poder no es omnímodo.
Si Dios fuera providente no tendría la connivencia con ellos, que los poderosos le reconocen.

El pensamiento Simple

El pensamiento sin matices, la argumentación de todo o nada conduce al pensamiento simple. Los devotos de esta forma de pensar tienen claro que todo problema tiene una solución y que cualquier inconveniente se soluciona aplicando una simple acción. Como norma general, suelen apelar a la fuerza como terapia para cualquier achaque social o político. O mandan el ejército o disparan sencillamente contra todo discrepante. ¡Que se enteren de una vez quién manda y cuál es el orden establecido! No hay gama ni tonalidad en sus opiniones, y como suelen pontificar desde sus estupendos trajes coronados por sus espléndidas corbatas, poco puede discutírseles. Lo mejor es dejarlos ladrar; nadie va a convencerlos de que la vida no es así ni nada puede solucionarse de esas simples maneras.

Facebook

Las redes sociales son el reino de la trivialidad, de la intrascendencia, de la vulgaridad. La densidad de un mensaje es inversamente proporcional al grado de aceptación. Toda complejidad es obviada, despreciada; toda simpleza es premiada, distinguida con una ristra de entusiastas “Me gusta”, que producen grima. Cualquier texto es relegado ante la simple exposición de una imagen explícita.
Es el triunfo de lo simple y lo directo frente a lo complejo y sofisticado. Es el éxito de lo vulgar frente a lo elegante, de lo mostrenco y zafio ante lo excelente y encomiable.
Es el signo de estos tiempos. Pero no hay que rendirse: más vale soñar en minoría, que recibir aquiescencias vergonzantes de la masa acéfala y embrutecida.

La masa adocenada

LA MASA ADOCENADA
Hablar de la masa desde la asepsia de una actitud descomprometida es una postura tan ventajista, que hay que descartarla de antemano. Así que, puestos a implicarse, hay que asumir que uno es también masa y que corre los riesgos que se suelen correr por pertenecer a tal entidad acéfala. Somos todos masa, pero solo unos pocos sabemos y reconocemos que lo somos. Es decir, sujetos a manipulación y perseguidos sistemáticamente para ser convenientemente entontecidos.
El primer paso para huir de la masa es reconocer que se forma parte de ella. Solo a partir de ese esfuerzo de identificación es posible intentar apartarse de esa terrible condición. Empezar a tener ideas propias es solo el principio. Pero un principio que casi nadie es capaz de principiar.

TU VIDA
Dice mi interlocutor: “Tu vida será lo que tú decidas que sea”. Ese tú soy yo y ¿a qué parte de mi yo se refiere? Como es natural, a mi yo consciente, que es el que conoce mi preceptor. Él desconoce que mis actos, en buena medida, vienen condicionados por una instancia que no controlo, mi subconsciente, y que en buena parte, también proceden de mi estado de ánimo cambiante, que hace que mis comportamientos estén marcados por las paradojas y las contradicciones, que hacen que yo sea a la vez muchas personas..
Así que habrá que discernir qué porcentaje real es responsabilidad absoluta de mi voluntad, que es a la que cabe pedir cuenta de lo que le ocurra a mi existencia. Mi interlocutor es un simple.

LOS AÑOS
Te llenan de sabiduría y de achaques; te invaden de recuerdos y melodías, te asaltan con el arma secreta del día a día como quien no quiere la cosa. Te siembran el alma de surcos y la cara de arrugas. No saben nada de ti, pero juegan contigo como el futbolista con la pelota. Se van instalando dentro de ti, acumulando sueños, decepciones, esperanzas y frustraciones y, sin embargo, pese a formar una parte tan íntima de tu propia naturaleza, sin la menor compasión, algún día, dejarán de sentirte y de vivirte y pasarán de ti sin ninguna compasión ni misericordia.
Los años pasan por ti y de ti con indiferencia y, a la vez, se van quedando dentro, cobijados en tu pobre osamenta humana, mientras como una terrible carcoma, la can consumiendo hasta acabar con ella por completo .

EL PASADO
La memoria es tan compleja y tan global, que el pasado también forma parte del presente. No hay presente sin pasado. El presente se construye sobre los cimientos de aquel. No hay alternativas. El presente no es, como ingenuamente podríamos entender, el instante de ahora, este mismo momento, no. El presente es el tiempo que nos va tocando vivir; la realidad que nos acoge y encoge dentro de unos márgenes más o menos difusos y que llamamos con ese mismo nombre, “el presente”. Para unos será unos días, para otros unos meses y puede que, para algunos sea unos años. Una realidad circunstaciada por unas características homogéneas; lo que podríamos denominar, desde un punto de vista más científico, una época.

LA SEMANA SANTA
Con vocación de catequesis para divulgar la doctrina que cada vez ganaba más adeptos, nacieron las procesiones, patrocinadas por las Hermandades gremiales de la Edad Media. Hoy, unos quinientos años después, aquel objetivo básico ha desaparecido y el desfile de desfiles que colapsan las calles de las ciudades andaluces responden a otros fines menos académicos. La tradición y la costumbre andan detrás de la mayoría de los entregados a su causa, a los que son ajenas cualesquieras motivaciones de índole religioso.
Los patrocinadores del nuevo dios, al que todos adoramos, el consumismo, encuentran en tal parafernalia de espectáculos gratuitos para la gente, un motivo único y extraordinario, para convertirlo en reclamo turístico y comercial. La lógica del capital es llana y simple: el máximo provecho con el mínimo de esfuerzo. Es la ley del mercado.

EL FIN DE LA INOCENCIA
No es cuestión de izquierdas o derechas, centros o radicalismos. No es eso. Es un tema de conciencia, de saber el sitio que ocupamos en el mundo, de saber de donde venimos y de entender la lógica del funcionamiento de las cosas.
Si alguna vez la hubo, no es el caso de que permanezca entre nosotros. La inocencia ya no nos acompaña. Todo tiene un por qué en la lógica de quienes mueven los hilos. Pensar que las cosas ocurren porque sí es inconsciente, infantil y lamentable. Detrás de lo que vemos, vivimos, pensamos hay manos negras interesadas en que veamos, pensemos o vivamos de una determinada manera; justo la que le interesa a los dedos de esas siniestras manos.
Hay que abandonar la inocencia; esa que ellos nunca han tenido entre sus virtudes. Entender eso es fundamental para ser un ciudadano responsable. De borregos están los mataderos llenos.

LA MÚSICA PEGAJOSA
Nada hay con más propensión a engancharse en los clavos de las meninges que las frases, los compases y los fragmentos musicales. Allí se grapan y se trasladan a la boca para tenernos esclavos de sus voracidad por definirse en un cuerpo humano
Mientras más chabacana es más difícil será desprenderse de esa melodía que te atosiga y, como una lapa, se adhiere a ti, sin que haya posibilidad de deshacerse de ella. Mientras más luchas pro echarla de ti, más firmemente se agarra con sus ventosas invisibles.
Hasta que, de pronto, notas que ha salido por su propio pie, sin que tus intentos valieran para nada. Se va porque sí y cuando quiera. Se hace su voluntad y no la tuya.

TU LUGAR EN EL MUNDO
Escasos son los seres humanos consciente de su lugar en el universo. Ciegos para ver más allá de sus pequeños mundos y cargados de la irracionalidad que proporcionan los prejuicios y las supersticiones, casi nadie es capaz de comprender dónde estamos. La ciencia tiene las respuestas: de dónde venimos, adónde vamos, qué nos cabe esperar aquí. No hay muchas sorpresas; sí realidades incómodas, para algunos insufribles, de ahí la apelación a mitos, fantasías y a “otros mundos”. Cada cual se puede consolar como quiera, pero sería más humano buscar explicaciones. Y esas existen, están por ahí y, si las buscas y las persigues, se dejan atrapar. Pero es mucho más cómodo suponer y esperar que alguien va a venir a salvarte.

EL REINO DE LA NADA
Entre los filósofos podrían hacerse dos grupos según su posición con respecto al sentido: los que entienden que la vida carece de él y que el absurdo es el que preside nuestra existencia y aquellos que ven un orden superior llenando de significado los actos humanos.
Entre estos alienta la suposición esperanzada de que la vida, nuestra historia humana, está enfrascada desde su origen en una suerte de camino de perfeccionamiento con rumbo a un final de plenitud.
Nada de lo que ocurre en este nuestro tiempo de comienzos de 2018 hace presumir que estén en lo cierto. Más bien parece que nos estemos despeñando por un tobogán en el que, en la caída, vamos dejando el escaso bagaje que en otros tiempos habíamos ido adquiriendo. No hay más que escuchar a la gente o ver la televisión para corroborar la peor de las sospechas: El vacío se ha apoderado de nosotros y es muy probable que aquella anhelada plenitud hacia la que se orientaban nuestros destinos no sea más que el reino de la nada.